LA NAVIDAD

LA NAVIDAD

Si alguien quisiera tener una imagen del cambio social ocurrido en nuestro país, y seguramente en los demás países latinoamericanos, en los últimos 30 o 40 años, en toda su dimensión, sólo le bastaría recordar cómo era la Navidad en aquellas épocas y compararla con la que celebramos en la actualidad. Recordar, por ejemplo, aquellos hermosos pesebres que se hacían en nuestras casas, con encerados y cajones, con musgos traídos de los campos, con sus casitas de cartón, sus lagos de espejos, sus ríos y sus cascadas hechas en papel de estaño, sus nevados de algodón, sus animales y sus gentes de celuloide y su gran estrella también de estaño y de cartón. Y sobre todo, aquellos sonoros villancicos, cantados por coros de niños y de adolescentes, bajo las noches claras y luminosas de diciembre y las luces de bengala que no han dejado de chisporrotear en el recuerdo, como vivas luciérnagas perforando las noches de alegría. En cuanto a ciertas costumbres vernáculas, recordamos también los trad

10 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

El Niño Dios bajaba del coro, por la cuerda tensa, como un cable sobre el pequeño firmamento de la iglesia, ante el asombro de todos, y terminaba por caer como un milagro de la medianoche, sobre el mullido lecho que había esperado su presencia durante nueve días y nueve noches de ansiedad religiosa. Era el instante en que la estrella plateada también bajaba del coro, para posarse con su luz de estaño sobre el techo pajizo del pequeño establo recostado en las serranías de los rugosos encerados que todavía conservan, en el recuerdo, su olor de Navidad.

Porque es un hecho que todos los momentos de la infancia tienen un olor que el espíritu del hombre suele conservar en el recuerdo. Así, por ejemplo, la Navidad tiene la fragancia del musgo húmedo, de los pinos frescos, del celuloide de aquellas figuritas inmóviles, del encerado que configuraba toda la geografía y la topografía del pesebre. Pero, además de esto, también tiene la fragancia de los trajes que se han conservado en el baúl de los recuerdos, olorosos a naftalina, y el aroma peculiar de los buñuelos y de la natilla, los dos platos típicos de esta gran festividad del mundo cristiano.

Pero aparte de todas estas cosas puramente formales, de este ambiente ingenuamente festivo, había algo que no podemos pasar por alto: la inmensa fe que no sólo los niños y los adolescentes tenían, sino también los hombres maduros, depositada sobre el pesebre navideño, donde debía repetirse todos los años el milagro de la Natividad. Porque esta festividad no era propiamente una celebración profana sino una ceremonia religiosa íntima, familiar, entrañable. Era la festividad de todos los niños del mundo. La confirmación de la fe sobre los corazones de hombres y mujeres de buena voluntad. Se realizaba momentáneamente el más bello milagro: el de volver a ser niños de verdad y gozar con los globos de papel que se elevaban al cielo entre la noche oscura y con las luces de bengala y, sobre todo, con los pequeños regalos que el Niño Dios nos depositaba misteriosamente debajo de la almohada.

Pero los tiempos han cambiado. Ahora el Niño Dios ha sido reemplazado por el Papá Noel que nos trajeron los gringos con sus barbas nevadas y su vestigo rojo. El pesebre navideño, pequeño mundo de ilusión y fantasía, ha sido también reemplazado por el árbol de Navidad con su tronco, sus ramas y sus hojas de un plástico verdoso. El ingenuo y sano regocijo de las gentes, por el estrépito de los pitos y las sirenas y la música estridente de los clubes y de los bares. Los villancicos y aquella música de cuerdas con que se amenizaban las discretas reuniones familiares, por estas frecuentes bacanales que tienen más de carnaval desenfrenado y grotesco que de ceremonia religiosa. El pequeño regalito, comprado con esfuerzo y entregado discretamente con amor, también ha sido reemplazado por las exigencias interesadas y por lo fachendoso y espectacular. El interés económico, el halago materialista, ha reemplazado al amor. La Navidad hace mucho dejó de ser la fiesta de los niños, la consagración litúrgica de la familia, para convertirse en carnaval profano y en apoteosis del comercio fenicio y especulador. Y en cuanto al ambiente general del mundo, en estas épocas navideñas, en que debería recordarse a Cristo y procurar seguir su ejemplo de bondad y de amor, las noticias de la prensa nos dicen el resto: el mundo ardiendo en las hogueras de la muerte, envuelto entre las llamas del odio, crucificado por la guerra, envilecido por las drogas.

Estamos pintando, acaso, un cuadro demasiado pesimista? De ninguna manera: apenas un cuadro real. Nuestro optimismo está en creer que este mundo caótico y deshumanizado en que vivimos, muy pronto tendrá que volver a sentir el milagro de la fe, de la estrella plateada brillando en el corazón de las gentes, si no queremos ser testigos y víctimas de la desintegración total de todos los valores del espíritu. Por eso, lo mejor que podemos hacer en estos días navideños de estrépito y desenfreno, es meditar hondamente sobre el destino del hombre y pensar que todavía hay en Cristo un camino de salvación.

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