OJO CON VENEZUELA

OJO CON VENEZUELA

Qué fenómeno político este de Rafael Caldera, que a los 77 años conquista por segunda vez la presidencia de su país. Qué vitalidad la de este candidato, que terminaba sus discursos cantando a pulmón limpio el himno nacional. Pero sobre todo, qué persistencia y tenacidad la de este hombre público, que ha aspirado en siete ocasiones a la jefatura del Estado. En el 48 contra Rómulo Gallegos; en el 52 contra Jovito Villalba; en el 58 contra Rómulo Betancourt; en el 63 contra Raúl Leoni; en el 68 contra Gonzalo Barrios, (cuando ganó por un uno por ciento de ventaja); contra Jaime Lusinchi en el 83 y, diez años más tarde, vuelve a insistir y... gana.

09 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Querer es poder, podría decirse del caso Caldera, que además demuestra que en política persistir es lo que vale. Pero si bien su vitalidad y vocación presidencial son admirables, su ascenso a la presidencia plantea no pocas inquietudes. No tanto por él aunque también como por la difícil situación política y económica de su país. Y por todas las posibles repercusiones de la crisis venezolana sobre Colombia.

Se ha dicho que, con Caldera, Venezuela votó por el pasado. Pero más que eso, más incluso que un voto por un Presidente, fue un voto en contra de todo un estado de cosas. La corrupción, la partidocracia, los cogollos , los negociados públicos y privados; la carestía, los impuestos, las amantes de los presidentes o de los ex presidentes...

Ante un presente de malestar y crisis y un futuro nada promisorio, imagino que la venerable figura patriarcal de Caldera, con su populismo social cristiano; su rechazo a los partidos tradicionales, su promesa de desmontar impuestos y extirpar la corrupción, representaba algo así como al abuelo impoluto, benigno y evocador de un pasado mejor.

Pero ese pasado de petrolizada prosperidad no va a regresar por arte de magia. Ni se ve cómo un presidente con poco más del 30 por ciento de la votación; una desordenada coalición de 18 minipartidos y un discurso económico obsoleto, pueda sacarse de la manga una fórmula para resolver a corto plazo la difícil situación venezolana.

En el plano político, la gobernabilidad promete ser complicada. Su base política es tan débil, que Caldera podría verse obligado a gobernar con un programa y una coalición distintos de la que lo llevó al poder. Por lo pronto, su propuesta de reformar la Constitución para poder derogar el mandato de funcionarios elegidos y disolver el Congreso, ya ha creado tremendo remezón político.

Por otro lado, el presidente electo no tiene buenas relaciones con la cúpula militar, que no olvida su simpatía por la insurrección de febrero del 92, ni tampoco con la clase empresarial, que desconfía de su populismo económico. Una alianza anticalderista de estos dos sectores, en el marco de una agudización del conflicto social y político, podría revivir tentaciones golpistas.

En el terreno económico, Caldera hereda un panorama desolador. Una inflación que va por el 40 por ciento y un crecimiento económico por debajo de cero, se unen a un profundo malestar social poco dispuesto a las medidas de austeridad que reclama la economía venezolana. Entre otras, porque Caldera las ha criticado. Y tampoco se ve cómo puede salir del atolladero con propuestas como la de desmontar el IVA en un país con un déficit fiscal que ya pasa de los tres mil millones de dólares. Y que aumenta cada día con la progresiva caída de los precios del petróleo. Su populismo resultó útil para atacar electoralmente la política de austeridad de Carlos Andrés Pérez, pero no le servirá para reactivar la deprimida economía venezolana.

En lo que a Colombia se refiere, las veleidades proteccionistas del programa de Caldera no son el mejor augurio para el proceso de integración económica binacional, ni para el G-3. Aunque protegerá al sector agrario, no es probable que su Gobierno pueda desmontar la apertura, ni echar para atrás en la integración. Hay que tener en cuenta que Colombia ya se convirtió en el segundo mercado para las exportaciones no tradicionales de Venezuela.

En lo del Golfo, Caldera habla duro, pero parece una postura más retórica que real. El conoce como pocos el problema del diferendo y bajo su gobierno fue cuando se iniciaron las negociaciones bilaterales. Tiene una ventaja: no lo ven como un colombianista a lo Carlos Andrés Pérez, lo cual le otorga una mayor capacidad de maniobra para negociar. Lo más probable es que bajo Caldera el diferendo del Golfo continúe congelado.

El problema de Venezuela, el que más podría afectar a Colombia, es el político interno. Si el nuevo presidente no logra un proyecto de gobierno coherente y viable; que ataque la raíz de la grave crisis económica y edifique un mínimo consenso político en la desgarrada sociedad venezolana, cualquier cosa puede pasar. Pueden resurgir las tentativas golpistas y puede aparecer un nacionalismo agresivo que utilice el Golfo como elemento de cohesión interna. En la medida en que se agrave la crisis, con sus previsibles secuelas de inseguridad, secuestros, narcotráfico e inclusive guerrilla fenómenos que ya comienza a padecer Venzuela también existe el peligro de que se busque culpar a Colombia de exportarles estos problemas.

Ya el canciller Ochoa Antich ha ensayado esta táctica de convertir a Colombia en chivo expiatorio de males ligados más que todo a una problemática social interna. Cabe esperar que no prospere. En final de cuentas, lo que más le conviene a Colombia es que a Venezuela le vaya bien. Y que en los cinco años que vienen, un veterano jinete de 77 años logre domar el brioso potro que le ha tocado montar.

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