EL REVOLCÓN DE LAS MEMORIAS

EL REVOLCÓN DE LAS MEMORIAS

Todo libro genera un diálogo con el lector, y Memorias secretas del revolcón, de Mauricio Vargas, no es una excepción. Eso es saludable, porque en un país desacostumbrado a dialogar (debatir, analizar, ventilar), incluso sobres sus temas más vitales, se requieren testimonios para abrir la discusión. Que el diálogo sea acalorado no le resta validez. En cambio, en este caso, que la polémica se haya centrado en torno de los individuos y no los temas mencionados, es una lástima, porque el libro proporciona una buena oportunidad para debatir a fondo asuntos de interés nacional. En efecto, en estas memorias, hay varios temas que vale la pena examinar. Por ejemplo: la decisión de Juan Manuel Galán de entregarle a Gaviria las banderas de su padre recién asesinado. Ese caso, sin duda, ilustra uno de nuestros peores defectos: la manera como se deciden las cosas en este país. Por lo general, la gente piensa o, al menos, espera, que las grandes decisiones se tomen por expertos tras un proceso d

09 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Otro ejemplo: la desilusión de Galán al ver que nadie había protestado por un atentado contra su vida en Medellín. Lo triste es que eso sigue pasando, y quienes lo hemos vivido en carne propia y en mayor o menor escala, sabemos que es una experiencia amarga. Quienes denuncian la guerrilla, el narcotráfico o los paramilitares, sienten, con frecuencia, que sus palabras carecen de eco; sorprende la falta de citas, de apoyo, de respaldo, incluso cuando se han asumido posiciones valientes y solitarias. Pero quizá lo más amargo (y eso fue lo que les sucedió a Galán, a Guillermo Cano, y a tantos otros), es que, si nadie apoya a la persona cuando escribe sobre esos temas, y la dejan sola para que se queme en la hoguera, apenas la matan, ahí sí, los mismos que guardaron un silencio infame asisten conmovidos a la marcha fúnebre.

En verdad, estas memorias tocan puntos que ameritan discusión. El libro recuerda el curso de la Asamblea Constituyente, la fuga de Escobar, el paro de Telecom y el proceso de apertura. Sin duda, cada lector tendrá su lista de temas con los cuales estará de acuerdo o no con el autor, y eso es válido por tratarse de un libro de memorias, pues cada persona defiende su versión de los hechos. Lo grave es que si esa versión no se confronta con otras (y de ahí la importancia, la urgencia del diálogo, el debate, la polémica), todas quedarán sepultadas por el olvido, y eso sólo contribuirá a aumentar la ignorancia que nos rodea.

En mi caso personal, discrepo del autor en varios puntos. El primero se refiere a la reforma constitucional. De un lado, me parece que el libro no le otorga al consejero presidencial para dicha reforma, Manuel José Cepeda, el lugar exacto que le corresponde en ese proceso. Parecería que fuera un consejero más, cuando su papel fue definitivo, pues fue una de las mentes más decisivas del proyecto del gobierno y del proceso de reforma. El mismo Presidente, cuando lo condecoró con la Orden de Boyacá, resaltó el papel de Cepeda, y subrayó sus dos aportes más valiosos que quedaron plasmados en la Carta: la tutela, y la consagración de los derechos individuales.

No obstante, en el libro, su importancia no se percibe en su justa dimensión. De otro lado, en la descripción de la reforma, Vargas no menciona el espinazo de la Constitución: la democracia participativa. A pesar de ser su piedra cardinal, no se comenta, y en ese sentido, el análisis sufre una caída seria. Por último, Vargas afirma que la presidencia colegiada de la Asamblea se puso de acuerdo para dejar de lado el proyecto gubernamental . Eso es falso. La verdad es que, por suerte, el proyecto del gobierno quedó consagrado, según lo han demostrado estudios recientes, en más de un 80 por ciento en la Carta de 1991.

En segundo lugar, me parece que el perfil que traza Vargas de Ernesto Samper, tampoco es justo. Es un balance negativo, y es claro que el candidato presidencial merece un trato más equilibrado, pues su gestión como ministro de Desarrollo fue oportuna, y sus años de ejercicio político han sido exitosos y productivos.

En tercer lugar, también discrepo del autor en su concepción del Gobierno Barco. La imagen creada es la de una administración débil y desenfocada, y pienso que, por el contrario, visto en retrospectiva, los alcances y los logros de ese gobierno cada día más ameritan una evaluación benévola y positiva.

En conclusión, estas memorias plantean una pregunta clave: es conveniente este tipo de libro? Uno podrá estar en desacuerdo con su momento de publicación (algunos dicen que es indelicado sacar un libro así durante el mandato del Presidente y que sería más elegante esperar hasta el final del mismo), pero, aún así, pienso que hacen falta más libros como éste. En cada uno de los últimos gobiernos ha sucedido un hecho mayúsculo que ha quedado enterrado bajo la oscuridad, y este tipo de textos aportan luces para aclarar los hechos: el paro de López; la toma de la embajada dominicana de Turbay; el Palacio de Justicia de Belisario; los supuestos narcodiálogos de Barco; la Catedral de Gaviria. La historia no conoce la intimidad de esos eventos, pero debería. Y no por amor al chisme, sino porque mientras más versiones tengamos a nuestro alcance, nos podremos formular una imagen más informada de los acontecimientos. Es decir, una versión propia, más exacta y detallada.

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