VIRAJE EN VENEZUELA

VIRAJE EN VENEZUELA

La elección como presidente de Venezuela del doctor Rafael Caldera, quien uniera a su larga trayectoria política el hecho de haberse erigido en aguerrido jefe de la oposición, y el vertiginoso ascenso de la rebeldía de Andrés Velásquez, el joven líder sindicalista, eclipsan el predominio de los dos partidos en cuyas filas había solido encuadrarse y expresarse la democracia de ese hermano país. Como en Italia, la inconformidad se manifiesta y agrupa en torno de otras fuerzas. Paradójicamente la diversidad de la principal de ellas alrededor de una figura a la cual se creía ya en el nicho de la historia, más allá del bien y del mal. No obstante su extracción de izquierda revolucionaria, habría de encontrar su símbolo en esta mentalidad de avanzado pensamiento cristiano, próxima a un conservatismo democrático y en abierto choque con cuanto oliera a marxismo o a populismo revolucionario.

07 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Erigido en ácido contra-hombre del presidente Carlos Andrés Pérez e inclinado a derribarlo, Caldera acabó encarnando su antítesis política e intelectual y recogiendo los clamores populares del descontento. Años atrás se habría juzgado inverosímil la inversión de papeles entre el social-demócrata de viejo cuño y el demo-cristiano de sobrias disciplinas académicas. El inesperado fenómeno quizá se comprenda mejor a la luz del distanciamiento de ambos de sus respectivos partidos.

Carlos Andrés optó por una resuelta vía neo-liberal, pactada en rígidos acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, mientras Caldera enarbolaba la moral pública y la responsabilidad del Estado en el equilibrio social, en la protección de las clases más débiles y la batalla contra la miseria. Los resultados ejercerían influencia incontrastable en el duelo entre las dos concepciones. Poca importancia se daría a la hipótesis de que la política oficial se inspirara en exigencias internacionales relacionadas con el arreglo de la pesada deuda externa.

Para desgracia del presidente Pérez, se desplomó la economía venezolana, se estancó su progreso, se aclimató una elevada inflación y los ricos fueron más ricos mientras los pobres se tornaban más pobres, como ocurriera en Estados Unidos durante las administraciones Reagan y Bush. Desde el comienzo de su gobierno, sus amigos en el exterior registramos con preocupación y alarma el estallido de las protestas populares. Algo de mucha sustancia iba mal. El planteamiento parecía equivocado. Peor su aplicación.

Menester era desmontar el complicado régimen de subsidios, la multiplicidad de tipos de cambio, las estructuras construidas al favor de la opulencia petrolera. Diversificar e internacionalizar la economía. Constituir un moderno engranaje tributario.

Pero el Estado no podía soltar intempestivamente las riendas. No podía dejar todo al azar del mercado. No podía atenerse a la presunta bondad de una ortodoxia que necesariamente agravaría tensiones y conflictos sociales. Ni pensar que la sola integración bolivariana, andina y latinoamericana, tan necesaria y fecunda, compensara los protuberantes errores de óptica y manejo.

En vano su partido Acción Democrática, de rancia estirpe popular, disintió de sus orientaciones. Compromisos inflexibles, más que hondas convicciones, daban trazas de amarrar a Carlos Andrés. Porfiando en el modelo neo-liberal y por su causa se precipitó al desastre. Como es usual en derroteros de su género, floreció la corrupción. Y debilitó sus bases políticas, tanto más habiendo salpicado su cabeza las acusaciones despiadadas.

Con denuedo y arrojo sacrificó su continuidad en el poder a la altiva defensa de los criterios neo-liberales y, hasta cierto punto, la del partido de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. A buen seguro obró de buena fe en su afán de servir a Venezuela. En su contra trabajaron la carestía, la caída del salario real, la ineludibilidad de los impuestos, la decadencia económica, el deterioro social, los escándalos administrativos.

Resistió con impavidez las intentonas de golpe militar. No atropelló ni dejó atropellar las libertades públicas. Veló por los derechos humanos y, en particular, por los de los inmigrantes. No abdicó de sus fueros. Quiso mantener a toda costa las instituciones democráticas. De esta suerte, al deponérsele de su cargo, facilitó la transmisión de poderes al presidente interino, Ramón Velásquez, quien ha cumplido con alto decoro y sagaz inteligencia la tarea de presidir una limpia consulta electoral.

Pese a suspicacias y rumores sobre un supuesto recelo del presidente Caldera en cuanto hace a Colombia, recelo que él ha disipado en repetidas declaraciones, no se ve posible la reversión del proceso de acercamiento entre los dos países.

La integración hunde sus raíces en el pensamiento bolivariano y en la conveniencia recíproca de nuestras patrias hermanas. Pilares suyos son las empresas binacionales y las inversiones que a uno y otro lado de la frontera se efectúan. Bajo ningún gobierno es presumible que Venezuela pretenda aislarse. Otra cosa es la delimitación de las áreas marinas y submarinas, a propósito de la cual cabe perseverar en hallar una solución negociada.

Hay riesgos, sin embargo, para el funcionamiento de la integración. Los hay en todos los procesos de su clase, cualquiera sea su ubicación. En la tendencia devaluacionista de Venezuela se concretan, y, especialmente, en su perspectiva de desarrollos traumáticos, coincidentes con la revaluación colombiana.

De ocurrir el previsto fortalecimiento de dicha tendencia, los movimientos comerciales sufrirían explicables trastornos. No por cierto episódicos sino como consecuencia obligada de un desajuste monetario, susceptible de repetirse y de causar estragos en economías integradas y complementarias, cuando no existen en ellas políticas cambiarias armónicas.

Por eso el Acuerdo de Bretton Woods prohibió las devaluaciones competitivas y la Comunidad Europea tuvo el cuidado de procurar que fueran compatibles sus sistemas monetarios. No debería jugarse alternativamente a abaratar las exportaciones de un país y a encarecer las del otro.

Habrá que esperar a conocer el programa definitivo y detallado del presidente Caldera para emitir juicio sobre sus rasgos finales. Naturalmente, los subsidios a la producción, si no fueran conjuntos o convenidos, también serían elementos perturbadores de competencia. Respecto del Impuesto de Valor Agregado, no parece probable que, a pesar de su repugnancia, pueda Venezuela negarse a tragar esa pócima.

En lo que sí no cabe duda es en que allá concluyó el experimento neo-liberal por expreso mandato de las urnas. Duró demasiado. Por feliz casualidad no alcanzó a sepultar la democracia y a echar irreparablemente a pique la paz.

Para Colombia y América Latina es motivo de hondo beneplácito que la jornada electoral de Venezuela se hubiera cumplido en forma tan civilizada y tranquila, sobreponiéndose a vidriosas circunstancias.

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