COLOMBIA SIN PABLO: QUÉ SIGUE AHORA

COLOMBIA SIN PABLO: QUÉ SIGUE AHORA

La muerte de Pablo Escobar a manos del Ejército Nacional, ocurrida la semana pasada, marca el final de una época en la historia del narcotráfico colombiano, cuyos primeros capos (Lehder, Escobar y Rodríguez Gacha) buscaron combinar su creciente riqueza con poder político directo en cabeza de ellos mismos. Al ser rechazados por la opinión pública y el propio Estado, se voltearon contra este e iniciaron una larga lucha que les llevó al terrorismo y, eventualmente, a la muerte o a la cárcel de por vida en el exterior. Parecería, pues, que ha terminado la etapa terrorista del narcotráfico colombiano. Qué sigue ahora? Algunos hechos están claros, y ellos dan indicios de hacia dónde va a evolucionar este problema.

06 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

En primer lugar, hay que mencionar que los narcotraficantes nacionales controlan una vasta red internacional de distribución de drogas ilícitas, que está en plena expansión en nuevos mercados, como Europa del Este y el Lejano Oriente. En segundo lugar, hay el hecho de que en virtud de alianzas con la mafia italiana y china, esa red está en condiciones de proveer a los adictos del mundo no solamente cocaína y marihuana en sus distintas formas, sino también opio, morfina, heroína, metacuolona y otros alucinógenos más.

Como resultado de lo anterior, las ganancias de la mafia colombiana van en aumento. Su monto ha sido calculado por los más conservadores en 4.000 millones de dólares anuales; personalmente, creo que es mucho más. Algunas personas han llegado a estimarlas en 20.000 millones de dólares. Solo una parte minoritaria de estas utilidades se está reintegrando al país, en mil formas distintas. Unas regresan en forma de bienes importados de contrabando, o subfacturados; otras, como exportaciones sobrefacturadas, o transferencias, o turismo ficticio, o supuestas inversiones extranjeras desde paraísos fiscales. Las narco-divisas ingresan al país por todos los resquicios de la balanza de pagos, en montos que como mínimo estarían en los 2.500 millones de dólares anuales.

Estas sumas gigantescas no pertenecen únicamente a unas pocas personas. En el país hay un gran número de carteles y cartelitos, los más grandes de los cuales se especializan en transporte y distribución en el exterior, y los más pequeños se encargan de la producción de la pasta de coca y de la marihuana. De allí la proliferación de capos, traquetos y sicarios que estamos presenciando en el país.

La extradición ya no existe en Colombia, y la Administración Gaviria ha montado una política de sometimiento a la justicia que en la práctica implica que cualquier narcotraficante que confiese su delito puede aspirar a quedar a paz y salvo con la ley tras unos años de cárcel y la entrega de una parte de su fortuna mal habida. Todo hace prever, entonces, que los grandes narcotraficantes, ya suficientemente ricos, harán uso de este recurso legal para sanear sus situaciones personales y sus fortunas, retirándose del negocio. Su lugar seguirá siendo ocupado por traquetos jóvenes y ambiciosos, mientras el consumo de drogas sea ilegal en los países industrializados.

La existencia de una gigantesca suma de dinero en el exterior en manos de los narcotraficantes colombianos, y el hecho de que permanentemente se trae una parte de ella al país, tiene enormes implicaciones económicas, sociales y políticas que me propongo seguir explorando en columnas posteriores.

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