MI PRIMERA LECCIÓN

MI PRIMERA LECCIÓN

Hacia 1918, fundamos en Bogotá la Casa del Pueblo. La dirigía un tipógrafo Mancera. Yo organicé las clases nocturnas para obreros siguiendo el modelo de las Escuelas Populares González Prada, fundadas en Lima por Haya de La Torre. En Bogotá yo monté mi equipo de universitarios que íbamos en las noches a la Casa del Pueblo a iniciar a carpinteros, zapateros, ebanistas, hojalateros o tipógrafos que concurrían a oír nuestras lecciones. La idea era unir las fuerzas del estudiante y el obrero. En el equipo de la Casa del Pueblo en Bogotá, yo incorporé a estudiantes de medicina como Guillermo Londoño Mejía o de derecho como Hernando de La Calle. Mi clase era de Historia Nacional. Fue mi iniciación en la cátedra y una experiencia inolvidable. Teníamos una vocación pedagógica sacada de maestros españoles de la generación del 98 que habían llevado a España todas las novedades de una revolución que estaba cambiando la escuela tradicional. De Italia y Alemania venían nuevos modelos que nosotro

06 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Mi iniciación fue deplorable. Los zapateros, carpinteros, plateros y tipógrafos que iban a escucharme, después de largas jornadas de trabajo, y posiblemente de haber cenado comidas fuertes, húmedas de licor, se me dormían a poco de estarles explicando las cosas de Santander, las batallas de Bolívar, las jornadas de Córdoba. En cambio, Guillermo Londoño, no solamente mantenía la atención despierta sino que a veces alargaba la clase, explicándoles a los obreros cómo se atiende una quemadura, cómo se detiene el daño de una herida, cómo se ajustan los huesos dislocados. En todo caso, quien vino a aprender en la Casa del Pueblo en mis clases no fue ni el zapatero, ni el ebanista sino el joven profesor que aprendió de sus oyentes cómo se enseña.

Aprender un oficio no es nada fácil. Mi experiencia en la Cátedra Internacional fue de otra manera en Nueva York, en Columbia University, cuando por primera vez don Federico de Onís me dio la oportunidad de hacer una conferencia. Se trataba ya de algo de mucha calidad, había pasado yo por toda una experiencia universitaria en Bogotá. La vieja universidad colombiana había sido el blanco de mis críticas. Tenía la altísima idea de los grandes centros académicos y cuando don Federico me abrió las puertas en Columbia, me di cuenta de que era la oportunidad de mi vida. Había leído de esas grandes exposiciones de La Sorbona, donde los sabios del mundo leen papeles que recoge la historia de la ciencia. Yo era muy joven, pero tenía que colocarme a la altura del puesto que me ofrecía don Federico.

Creo que el papel que escribí fue lo mejor de cuanto hasta entonces había compuesto. Cuidé hasta la última palabra para dejar mi texto, que sería como antológico. El auditorio no esperaba menos de quien ya venía precedido de cierta fama de agitador universitario y líder de la Reforma en Colombia. No recuerdo con exactitud, y esto sí es imperdonable, el tema concreto de mi disertación, pero sí que me senté a leer el papel, convencido de que iba a impresionar.

Leí con bastante propiedad en un castellano que tenía buena fama, y que fue adormeciendo al auditorio como si en vez de agitar un problema, lo que yo estuviera haciendo era rociando morfina sobre el público. Luego he pensado que la hora pudo ser mala porque a las tres de la tarde, después de almuerzo, todos están más por la siesta que por la revolución. Pero luego cuando me he referido a esa conferencia, he dicho que tengo la sensación de que al terminar la lectura en el punto en que esperaba los aplausos, levanté los ojos y vi que todos estaban dormidos. Con mucha cautela, doblé mi hermoso papel. Lo puse entre la carpeta y muy sigilosamente me salí del salón. No me cuidé de averiguar qué pensarían los del auditorio al despertar, y no verme de cuerpo presente.

En todo caso, las dos primeras lecciones, la de la Casa del Pueblo en Bogotá y la de la Universidad en Nueva York, algo me enseñaron. Alabado sea Dios.

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