MUCHO MÁS QUE TILÍN, TILÍN

MUCHO MÁS QUE TILÍN, TILÍN

Las campanas tienen esa singular virtud de espantar a los espíritus malignos. Pero también de ahuyentar las enfermedades del ganado, de reunirlo a su alrededor y de ayudar a encontrar una oveja descarriada. Sin embargo, para Napoleón, como lo dijo un día de melancolía, el encanto de las campanas se resume en ese poder de evocar el pasado. Jamás el sonido de las campanas ha llegado a mis oídos sin transportar mi pensamiento hacia las dulces sensaciones de la infancia .

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Durante siglos, la campana ha sido la protectora de los pueblos, el símbolo del respeto, la dueña de la palabra el día de difuntos y la voz que han buscado los poetas. Y, además, el instrumento acústico que convoca, y mucho más en época de Navidad.

De ese encanto, cada día se saben nuevas cosas. En 1978 se descubrió, por ejemplo, un juego de 65 campanas del siglo V antes de Cristo enterradas en las profundidades de la provicia de Hubei, al sur de China. Que hubo campanas de acero, cobre, arcilla, hierro y hasta de loza. Que eran más agudas o menos graves de acuerdo con el peso, porque para conseguir un do ella debía pesar 45,8 kilogramos, mientras un mi grave, más de 90 toneladas.

Aún se recuerda la campana más grande del mundo, en el Kremlin, que pesa más de 200 toneladas y que por su gigantismo no ha podido ser subida a su campanario. Según el escritor René Berthelot, sigue en tierra, acurrucada con su ropón de bronce. Mezquino destino para una hija del cielo .

El hombre de campanas Las campanas de hoy en día no tienen nada que ver con las de aquellos tiempos. Por eso, es extraño encontrar a un hombre que, perdido en la naturaleza de Usaquén, en la parte más alta de una montaña, elabora campanas de un kilo y, como reto, una de 200 kilos de peso.

Su nombre es Tomás Lozano, un místico de 41 años que luego de una búsqueda de siete años por la arquitectura, la fotografía y la escultura, encontró que lo suyo era la elaboración de campanas, pero no en serie y tampoco en el medio del fusil, donde todo se fusila .

Sus campanas son de bronce. Cada una de ellas tiene un sonido especial todo depende del diseño y un proceso de producción que requiere seis meses de cuidados intensivos. Pueden valer entre 70 mil pesos las pequeñas y tres millones de pesos la grande, la que exhibirá en Expoartesanías 93.

Pero quién quiere una campana de 200 kilos y de tres millones de pesos? Lo importante no es quién la compre, sino que exista el producto para quien lo desee. Esa es la diferencia , responde.

Todo empezó cuando vio en un programa de la National Geographic a los cinco campaneros del mundo, entre ellos el boyacense Hernán Tristancho. Desde entonces su tarea fue encontrarlo para descubrir el encanto de las campanas.

En medio de la búsqueda del fundidor y de lo que él quería, recorrió el país y el exterior, entro al Kunfú, experimentó la aleación de metales para encontrar la belleza de un sonido, jugó con el hierro, los telares, el vidrio, la cera, la cerámica...

Supo muy tarde, una semana después, que Tristancho había muerto. Sin embargo, dice, descubrí que los modelos de las campanas salían de la naturaleza, que ellas son la reproducción de lo cotidiano, que surgía de la vibración de los elementos y que todo estaba en las manos del artesano, porque él vibra con esos objetos y lo que viene después es el hacer .

Su objetivo, recuerda, era crear algo con sonido, color y movimiento. Y así entró al mundo de las campanas. Después de mucho tiempo, conoció a quienes hoy funden sus obras: Francisco Prieto y Sergio, el nieto de Hernán Tristancho.

Sin embargo, antes de llegar a ellos hizo un curso de moldes en silicona y eso le dio la posibilidad que tanto esperaba: hacer sus propias molduras. Conoció a más de 30 fundidores, pero todos, sin excepción, tomaban su vaciado y alteraban el diseño, corregían lo que para ellos era un defecto, pero para Lozano, la obra salida de la naturaleza.

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