PORQUE TE QUIERO... NO TE PEGO

PORQUE TE QUIERO... NO TE PEGO

Que tire la primera piedra el padre o madre que no haya sentido alguna vez los más profundos deseos de darles un buen bofetón a sus hijos. Los niños, no obstante lo mucho que los amemos, pueden ser tan insoportables, tan groseros o tan desobedientes que a veces parece que la única forma de controlarlos es con una buena muenda . Y lo peor es que muchas veces, en el nombre del amor y de su educación, así se hace. Aun cuando afortunadamente el castigo físico a los menores es cada vez más universalmente condenado, todavía es frecuente escuchar a algunos padres y hasta profesionales de la conducta, asegurar que ...lo que necesita este muchachito es una palmada , o afirmar que si se quiere formar un buen muchacho es indispensable pegarle de vez en cuando.

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Uno de los argumentos de quienes aún defienden la teoría de que golpear a los hijos puede ser apropiado o provechoso es que ellos mismos fueron castigados físicamente cuando niños y no solo no se traumatizaron sino que son ahora unas buenas personas.

Sin embargo, cuando se le pide a un adulto que recuerde una ocasión de su niñez en que fue golpeado por sus padres, generalmente lo que más recuerda es lo humillado, lo resentido o lo atropellado que se sintió.

Es más, todo parece indicar que la violencia familiar del pasado es en parte la responsable de la violencia social del presente. La violencia engendra violencia. Golpear, así sea sólo una palmada, es en todos los casos un acto violento y en un mundo actual cargado de agresividad no tiene sentido educar a los hijos con métodos que ejemplifiquen tales conductas.

Un mal ejemplo Quizás lo más perjudicial de pegarles a los niños es que claramente se les enseña que golpear es una forma apropiada de resolver conflictos o de dominar a las personas inferiores. En otras palabras, se les incorpora dentro de su código de conducta que agredir físicamente a otros es una alternativa permisible si las circunstancias lo ameritan. No es de sorprenderse por lo tanto que estos menores hagan lo mismo con sus hermanitos o con sus amigos cuando necesiten defenderse o imponerse.

Paradójicamente, hay padres que les pegan a sus hijos porque están golpeando a otro de sus hermanos, es decir les tratan de enseñar que no está bien maltratarse entre ellos, a la vez que les muestran que es correcto que los adultos maltraten a los niños, y que es además una forma apropiada de expresar la rabia a quienes superamos en fuerza y tamaño.

Si los padres se permiten golpear a su hijo cuando se lo merece es posible que en algún momento lo hagan injustamente o, lo que es peor, que pierdan el control y lo golpeen demasiado fuerte causándole alguna lesión. Muchos niños tienen que recibir atención médica como resultado de accidentes causados por un golpe mal dado o demasiado fuerte, producto del descontrol de sus padres en el momento en que los castigaban.

Deben ser intolerables el remordimiento y la culpabilidad que se experimentan cuando un pequeño sufre una lesión delicada a consecuencia de un golpe bien intencionado de sus padres. Así que si queremos que esto nunca ocurra es mejor establecer que, por principio, no los castigamos corporalmente.

Relación deteriorada Es fácil reconocer todo lo injusto y abusivo que es golpear a los niños cuando se observa a otros adultos hacerlo. Rara es la persona que no siente un profundo desagrado al ver a un adulto (así sea un desconocido) golpear a un niño, precisamente porque ahí es evidente cuán indefenso es el menor. Si un adulto golpea a otro, este puede defenderse o buscar quien lo proteja. Pero un niño no puede hacerlo, y menos si se trata de su padre o su madre.

Además, golpear a los niños también los maltrata emocionalmente. Si las palizas o palmadas son frecuentes, el niño puede llegar a convencerse de que si merece ser lastimado es porque no vale nada, y por lo mismo convertirse en una persona insegura, resentida y atemorizada que siente más miedo que amor por sus padres.

No menos grave es la relación que el castigo corporal establece entre el amor y la violencia. Cuando a una persona se le golpea en su niñez, crece con la idea de que quienes le aman tienen derecho a pegarle y, por lo mismo, posteriormente en su vida acepta el maltrato como una conducta apropiada de parte de quienes dicen amarla.

Las palmadas, pellizcos o cachetadas son una forma de castigo efectivo que produce resultados inmediatos ya que los niños generalmente obedecen o se someten enseguida ante el peligro de ser agredidos. Por lo mismo, es un método disciplinario fácil, todavía defendido y utilizado por muchos. Es más sencillo sacar la mano y pegarle a un niño desafiante, que hablarle en forma firme o aun bravos.

Padres: una guía No pegarles es más difícil; exige gran autocontrol y madurez de los padres. Se necesita coraje para no darle una palmada a un pequeño cuando parece estarla pidiendo. Pero es preciso recordar que lo que el menor busca es el límite y este también se puede y se debe imponer con sanciones que en ninguna forma lo lesionen. No salir de la casa; hacer una composición sobre la importancia del orden, de los buenos modales, de la generosidad (cualquiera que sea el problema); no sentarse en la ventana del auto; no ir a jugar con el amigo o cualquier otra sanción relacionada con su conducta indebida son opciones adecuadas para enseñarle el comportamiento apropiado.

Golpear a los niños (como a cualquier otra persona) es un abuso, es un atropello. Nuestra labor como padres no es la de domesticar sino la de educar a los hijos. La disciplina (de discípulo) no es otra cosa que una enseñanza. Y esta tarea debe cumplirse con métodos que respeten la dignidad y la integridad de los hijos.

Mucho más se logra con el amor que con el dolor; de seguro que fue el amor que recibimos de nuestros padres y no las palizas que nos pudieron haber propinado, las que nos llevaron a desarrollar todo lo positivo que hoy hay en nosotros. Como adultos debemos guiar a nuestros hijos con sabiduría, amor y firmeza, y educarlos dentro de parámetros acordes con nuestros principios. Y con seguridad uno de ellos es el de condenar la violencia.

(*) Educadora Familiar

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