GARCIA PEÑA CORAZÓN ADENTRO

GARCIA PEÑA CORAZÓN ADENTRO

Conocí a mi abuelo siempre en plena actividad periodística, aún desde pequeño. La primera imagen suya que tengo hace la friolera de 25 años es viéndolo bajar a la armada del periódico, cuando EL TIEMPO funcionaba en la Avenida Jiménez con carrera séptima, y revisando, en su calidad de director, todas las pruebas del material que al día siguiente saldría publicado. Las páginas editoriales las componía un gran armador que se llamaba Armando Cuervo, y los títulos de los artículos los levantaba Dimas Zapata (Zapatica). Se trataba de una labor tan titánica como artesanal, porque además la elaboración del diario se hacía entonces en galeras de plomo y luego se matrizaban las páginas. El olor a tinta y plomo, era, pues, inconfundible, y el calor del gran salón ubicado en el sótano del edificio resultaba infernal, ya que provenía del ruidoso funcionamiento de todos los linotipos a la vez. En esa época (que tampoco es historia, pues han transcurrido apenas dos largas décadas) la vida en EL

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

En ese mismo piso estaba ubicada la dirección de EL TIEMPO, que a la muerte del director propietario, Eduardo Santos (ocurrida el 27 de marzo de 1974) fue trasladada al sexto, entre otras razones porque al tercer piso alcanzaban a llegar las piedras provenientes de los manifestantes que de tarde en tarde desfilaban por la séptima, al son permanente de un famoso estribillo que gritaban al unísono, así: Ahí están, esos son, los que venden la nación . Alguna vez mi abuelo se quejó de que habían sido rotos alrededor de cien vidrios, y en la manifestación del día siguiente los estudiantes no demoraron en replicar al cántico de cuenten bien, no son cien, cuenten bien, no son cien .

En el cuarto piso estaba la redacción, y a un lado la oficina de los Santos (Hernando y Enrique) que era un despelote, pues la alternaban, al igual que sus labores en el periódico como Jefes de Redacción, y cada uno le imprimía a su trabajo su propio ritmo, uno distinto del otro, según el día.

En el quinto piso funcionaban las secciones de fotomecánica, con sus tradicionales olores a zinc y otros metales; deportes, bajo la jefatura de Humberto Jaimes y un equipo conformado por Rafael Matallana, Guillermo Fulleda, Humberto Rodríguez Jaramillo, Jaime Ortiz Alvear y, si mal no estoy, el propio José Clopatofsky; y al fondo estaba el salón de las informaciones departamentales, con el sonido de los télex repicando día y noche.

Y en el sexto, como dije, fue reubicada la dirección, a raíz de la muerte del doctor Santos. Despacho que tenía la particularidad de quedar muy cerca de la cafetería, luego el piso olía siempre a manteca y cebolla, y no era extraño toparse uno en el ascensor con personajes como Eduardo Guzmán Esponda, José Umaña Bernal o José Francisco Socarrás subiendo al despacho del director, en tanto que hacían cola para bajar a sus respectivas oficinas redactores y armadores, muchos de ellos con palillo en boca, después de haber almorzado o comido opíparamente.

Chiva por onda corta Esa, que conocí y viví a su lado, fue una etapa vital en las jornadas periodísticas de mi abuelo. Fue la época cuando Pablo Sexto visitó a Colombia, en 1968; cuando el hombre llegó a la luna, en 1969; y cuando por entonces asesinaron a Robert Kennedy: una chiva que en una madrugada de insomio, García-Peña cogió por radio, en onda corta, y que EL TIEMPO alcanzó a publicar ese mismo día como auténtica primicia. O choz , al decir del profesor López de Mesa.

Fue la época en que Luis Carlos Galán llegó inclusive a la subgerencia de EL TIEMPO, y estuvo encargado de realizar un extraordinario suplemento sobre la década de los sesentas, en cuya elaboración participé ayudándole a escoger fotos para ilustrar sus crónicas y entrevistas, que Galán firmaba con el sintomático seudónimo de Robinson Crussoe. Luego de algún tiempo, al despacho de la sub Gerencia llegó Luis Fernando Santos, procedente de Kansas, y su incorporación coincidió con el hecho de que las fotos en colores comenzaron a salir bien impresas, gracias a sus aportes tecnológicos, enhorabuena bienvenidos, ya que durante un buen lapso éstas no casaban, en comparación con las de El Espectador, cuyas policromías eran manejadas armoniosamente. Esto se debió, en virtud de equipos ultramodernos, previamente importados por ese gran señor que fue Jorge Gaitán Cortés, y que hasta el momento habían sido subutilizados. Recuerdo como si fuera hoy esa imagen trabajadora de mi abuelo, revisando rigurosamente las notas de Cosas del Día elaboradas por los comentaristas. Notas que también escribían Cesáreo Rocha Castilla y José Ignacio Libreros, además de Ricardo y Uriel. Pues, pese a los afanes del trajín diario, García-Peña era implacable en la perfección idiomática, no solo en cuanto a los artículos publicados sin firma sino incluso en los que aparecía un responsable. Y no olvido su agilidad para bautizar columnas: Ventana al mundo , por Pertinaz (un excelente comentarista de los hechos internacionales); el Carnet de José Umaña Bernal, auténticos ensayos, ágiles y breves; el incomparable Jardín de Cándido de Juan Lozano y Lozano; las entonces iconoclastas Detrás de las noticias de Hersán; A propósito de... de Alberto Montezuma Hurtado; la Croniquilla de Picas, las Bagatelas de Andrés Samper y el Pizarrón de Arturo Uslar Pietri... Como director tuvo siempre la obsesión de mantener columnistas que les dieran a las páginas editoriales cierta dimensión internacional, y por eso aparecían con frecuencia firmas como la de Uslar Pietri, Raúl Andrade, Ramón Gómez de la Serna y Luis Alberto Sánchez, Beno Weisser, André Maurois y Walt Whitman, que alternaban con las locales de Alberto Galindo, Eduardo Caballero, Klim, Socarrás, Guzmán Esponda, Francisco Umaña, Lucy Nieto, Teófilo Escribano, y muchas más que no alcanzo a recordar. La comentarista de arte era María Victoria Aramendía y el de teatro don José Prat. Cine lo hacían Hernando Salcedo Silva y Jorge Nieto. El buzón de Tony era la permanente guía de los decepcionados amorosos. Por entonces todavía no había aparecido el Reloj del tiempo de Daniel Samper Pizano, que poco después se convirtió solo en Reloj , para evitar cierto sabor a pleonasmo. En cambio Contraescape ya empezaba a irrumpir radicalmente, los domingos en la quinta, frente al Rastro de los Hechos, en textos levantados a doble columna, de arriba abajo. Y aunque a su autor, Enrique Santos Calderón, había que moderarle sus permanentes excesos izquierdistas, por expresa petición de su padre a mi abuelo, éste sinembargo casi siempre se hacía el pendejo. Lo cual generaba en Enrique papá recriminaciones que mi abuelo compensaba echando una nota de Picas en favor de Franco.

Columnista polifacético Independientemente de los miles de editoriales que escribía a la sazón (ayudado únicamente, para la edición de los lunes, por Eduardo Mendoza Varela y Jaime Paredes Pardo, quienes a su vez eran los directores de Lecturas Dominicales , y en la parte económica siempre por Abdón Espinosa Valderrama), mi abuelo sacaba tiempo para escribir dos columnas más. La primera apareció bajo el nombre diciente de Mesa de redacción , y luego vinieron los inolvidables Vilanos en el aire , notas breves que proyectaban muy cabalmente su fisonomía de periodista captador del acontecimiento diario, y comentador del mismo. Era una columnilla llena de picante político, lo que a los pocos meses obligó a los responsables de Voz Proletaria , el periódico del partido comunista, a publicar una similar titulada Villanos en la tierra , en la que con la consabida mala leche hacían referencia constante a los urticantes contenidos de los Vilanos .

Esto sin dejar para nada su famosa columna Rastro de los Hechos , columna que surgió a mediados de 1951 bajo el seudónimo de Ayax y que, so pretexto de evocar a algún personaje literario, mi abuelo aprovechaba para echar indirectas que se escapaban a los ojos inquisitoriales de los censores de los años cincuenta. A través del Rastro, y con el válido argumento de condenar alguna conducta oficial, Ayax seleccionaba un personaje determinado de la literatura universal que por sus antecedentes se acomodara al gobernante de turno que él buscaba juzgar, apelando a metáforas y eufemismos mediante los cuales lograba esquivar el olfato amaestrado de los mastines del régimen. El Rastro estaba escrito en prosa rica y elegante, cargada de guiones como éstos: a la manera de Azorín, cuya lectura demandaba tiempo, disposición y agudeza por parte del lector para saber a quién iba enfilado el dardo, cuando no en varias ocasiones también había mensajes cifrados de amor, como estos versos, de su propia cosecha: Ya nuestro amor no es nada, sino un recuerdo/ y una claridad invisible sobre la vida mía;/ hoy todo nos aleja, hoy todos nos separa,/y entre nosotros corre como un río la vida.

Hoy pasas a mi lado como si no pasaras./ Ni siquiera me vuelvo para verte pasar./ El eco de tu voz ya no me dice nada,/ y la luz de tus ojos no me ilumina ya .

El Rastro terminaba de escribirlo los sábados por la noche, y luego, hacia las nueve, recogíamos a mi abuela, Rosita Archila, e invariablemente nos íbamos a cenar a algún buen restaurante cerca de su casa de Teusaquillo donde paradójicamente hoy funciona La Red . Generalmente salíamos a Verners (cuando vivía el viejo Jorge, su propietario, y preparaba el mejor pato asado con salsa de manzana, que consumíamos con deleite previamente a haber tomado unos estupendos Alexanders ). O nos dirigíamos al Capikúa a calmar el cansancio y el hambre con un entrecot con mucho vino, o a La Reserve , en donde me enseñó a comer riñones flambeados en ginebra. Una de tales veladas fue con el arpista español Nicanor Sabaleta. Yo tenía veinte años, y me crié entre sus contemporáneos, pero no me arrepiento.

Algunos discípulos Son muchos los periodistas cuyas cuartillas pasaron por las manos serenas pero firmes de mi abuelo, y no pocas, asímismo, las periodistas, sobre lo cual, mejor es no meneallo... Mas sería injusto omitir nombres como los de Gloria Pachón, Nora Parra, Tulia Eugenia Ramírez, Gloria Moanack y, más tarde, Sylvia Jaramillo y Pilar Tafur. Entre los hombres alcanzó a rememorar las épocas de Camilo Andrade y Jaime Quiñónez, además de Alfonso Castellanos en la redacción, y tiempo después las de su hermano Gonzalo. Ismael Enrique Arenas y Felipe González Toledo hacían judiciales y Gloria Valencia Diago se encargaba de culturales. Guillermo Pérez figuraba pero no todavía como cronista político y Gabriel Cabrera ya se ocupaba de las cosas de Bogotá. Javier Ayala, Gerardo Aldana, Octavio Quintero y Germán Navarrete forman parte entre muchos otros de una camada posterior. Fotográfos o mejor, reporteros gráficos como Carlos Caicedo, Angel, Benavides, Cardona y Díaz también están grabados en ese período. Los cronistas eran entonces Alegre Levy y Germán Castro Caycedo. Yo escribía la columna de Un hincha azul (y simultáneamente aparecieron, también en la página deportiva, la columna de Monguí , escrita por Guillermo Santos, y la de Rasan...te , de Rafael Santos), columna la mía que mi abuelo corregía implacablemente y me pagaba con vales. Eran los apetecidos vales azulitos , mediante los cuales él les ayudaba a mejorar el sueldo a algunos empleados de planta que contribuían con notas para Cosas del Día en las páginas editoriales, como Rogelio Echavarría, y a ciertos colaboradores esporádicos de fuera, con la constancia de Antonio Oviedo, Carlos Puyo Delgado y Jorque Manrique Terán (estos últimos especialistas en notas necrológicas), por citar algunos de los tantos beneficiados con el famoso valecito. Tales despliegues de generosidad provocaban generalmente serios traumatismos a nivel administrativo, pero Abdón Espinosa, entonces Gerente, terminaba por ceder.

Es esa, sin duda, la febril etapa periodística que más gratamente recuerdo por parte de mi abuelo, y que poco y nada tiene que ver con la de hoy. Será por ello que al día siguiente de su muerte, cuando volví a mis labores habituales en el periódico, nadie me dio el sentido pésame, salvo tres o cuatro redactores y uno o dos viejos armadores. El ya no pertenecía a esta época de revolcones, a pesar de que, como periodista, vivía alerta y pendiente de todo. Y salvo Carlos Lleras, Germán Arciniegas, Jorge Rojas y Otto de Greiff, lo habían dejado prácticamente todos sus amigos. Por eso murió en paz, aunque muy lúcido. No sin advertirme tácitamente que como en el poema de Carranza, su amigo entrañable pasa la vida, como trenes . Y aplasta, si uno se descuida.

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