DESPUÉS DEL IMBATIBLE PABLO

DESPUÉS DEL IMBATIBLE PABLO

Muerto Escobar, son muchas las preguntas que a todos se nos vienen encima, dirigidas sobre todo a nuestros gobernantes de hoy y de mañana. Existe el consenso de que con la desaparición del mayor genocida que ha tenido el país en todos los tiempos, el problema del narcotráfico sinembargo persiste. Y no solo se mantiene sino que sigue haciendo estragos, y enlodando muchas veces en forma injusta a protagonistas del acontecer nacional.

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Lo que le acaba de ocurrir al cuasicandidato Andrés Pastrana Arango, con la captura de su primo hermano, Gustavo Pastrana, lavando dólares pese a su investidura diplomática, es un ejemplo perfecto de ello.

Todos sabemos que Andrés no se ha lucrado nunca de dineros indebidos, y mucho menos puede aceptarse que su campaña se preparaba a recibir la plata a que alude su pariente. Pero es claro que por ser tan complejo este mundo del narcotráfico, y tocar fibras sociales que nadie pensaría que pudiera ser posible, el casiaspirante Pastrana Arango ha tenido que salir a descalificar tajantemente la conducta de su primo, y a negar obviamente cualquier vinculación suya o de su campaña con el escándalo provocado por Gustavo.

A este problema no han estado exentos nuestros candidatos presidenciales, ni ayer ni hoy. Recuerdo que durante la campaña de Turbay se le quiso montar a éste un episodio semejante, que lesionaba directamente su honra. Lo cual obligó al Gobierno del Mandato Claro a exigir por parte de la embajada norteamerica en Bogotá una perentoria rectificación, que en efecto se produjo. Mas en estas materias, frente a las actuaciones de la DEA, ciertamente hay que andar con pies de plomo y con todas las prevenciones del caso, pues no es difícil incurrir sobre todo los políticos en posibles celadas.

Otro precandidato que tal como le ha sucedido a Andrés ha sido víctima de este tipo de deleznables patrañas ha sido Ernesto Samper, a quien en su momento mentes pérfidas pretendieron, de muy mala fe, asociarlo con los nombres de algunos narcos. Por eso los periodistas somos los primeros que no podemos caer en esta trampa y, en segundo término, los propios participantes del acontecer político. Debería, pues, existir un pacto de caballeros entre todos ellos así sea el único en el sentido de que el tema del narcotráfico no va a aprovecharse desde el punto de vista proselitista para mancillar apellidos en forma dolosa y arbitraria, sirviendo ahí sí a oscuros intereses que ningún favor le hacen al ejercicio de la política ni al nombre del país en el exterior.

Por otro lado, es interesante saber qué buscan los colombianos en el fondo; si acabar con el narcotráfico o ante todo con el narcoterrorismo. Pues frente a este dilema va envuelta la controversia que ha surgido recientemente entre el Presidente de la República y el Fiscal General de la Nación. Mientras este último con autoridad moral indiscutible dice que es partidario de la legalización del comercio de la droga, en la medida en que los países consumidores tratan de despenalizar la demanda, el jefe del Estado considera que Colombia no puede enarbolar dicha bandera, talvez por el estigma que en todas partes llevamos en relación con el flagelo.

Ante esta polémica saludable y a la que no hay que temerle que se ventile, podría pensarse que Gaviria tiene la verdad política de su parte, mientras De Greiff la verdad real a su favor. Es posible que Colombia sea el país menos indicado para librar esta batalla ante el concierto internacional, pero no es menos cierto que, desde el punto de vista filosófico. El Fiscal tiene, sin duda, plena razón en su posición.

Según Gustavo De Greiff, la lucha contra las drogas, en la forma como está planteada y del modo como se está llevando, es una lucha fracasada y totalmente estéril, mientras no se combatan los dos extremos del asunto: producción y tráfico, por un lado, y consumo, por el otro. En tanto no se deprima el precio de la coca en las naciones industrializadas y deje de ser atractivo traficar clandestinamente con estupefacientes, es prácticamente imposible que desaparezca la grandiosa rentabilidad de este mercado. Que es la que distorsiona todos los valores y no pocos negocios, y afecta la integridad de nuestras omunidades.

Y aunque el presidente Gaviria advierte que la ineficacia que pueda existir en la lucha contra el consumo no es una excusa legítima para abandonar la persecución de los narcotraficantes en Colombia o para comprometer al país en una actitud de tolerancia hacia esos delitos , estoy seguro de que el Fiscal no está pidiendo que se baje ninguna guardia, sino que para afrontar el problema y desbaratarlo, hay que hacerlo necesariamente desde un ángulo económico, sin renunciar a sostener tal posición por el hecho de que puedan manchar a sus defensores por permisivos y tolerantes. O aun por consumidores.

La caída de Pablo Escobar es indudablemente la mejor demostración de que, por más sobornos que hubiera habido a raíz de su fuga de la cárcel de la Catedral, la represión a este tipo de delincuentes y también a todos los demás, que es lo que con frecuencia se olvida tiene que seguir funcionando. Paralelamente con otras estrategias que asimismo han dado frutos, como la del sometimiento a la Justicia, según el caso de los Ochoa. Esto debería tenerlo muy en cuenta el Cartel de Cali, pues resulta apenas lógico que los ojos de las autoridades se dirigirán ahora hacia sus miembros, y no pueden por eso descartar que es preferible entregarse cuanto antes, antes de ser capturados y posiblemente abatidos, como ocurrió con el imbatible Pablo. Quien finalmente murió en su ley.

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