MAQROLL VUELVE A LA POESÍA

MAQROLL VUELVE A LA POESÍA

Los treinta años que Alvaro Mutis lleva en México no han sido en vano: el escritor colombiano cuenta con el reconocimiento del público, como si se tratara de uno de los grandes autores provenientes de cualquiera de los pueblos áridos y perdidos de alguno de los 31 estados mexicanos. Por eso, una vez más, el público respondió con su presencia a la lectura de poemas y textos inéditos del escritor. Un autor mexicano Adolfo Castañón se encargó de presentarlo ante los asistentes con unas cuantas palabras que reconocían el carácter universal del escritor colombiano.

04 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Alvaro Mutis no se negó a ese calor del público, sin embargo su voz se escuchó lejana y triste. La razón la explicó desde el comienzo: la reciente muerte de su amigo, el escritor húngaro Miguel de Ferdinand. El último verdadero europeo. El más grande de los historiadores en los últimos cincuenta años .

Este hecho hizo que el poeta y el novelista se acompañaran, en la noche, de poemas del fantasma del rey Felipe II y que por el salón del Restaurante Brazz del Ferial no se sintiera, siquiera, la presencia de su fiel amigo Maqroll el Gaviero.

En medio de la soledad que representa estar frente a más de 300 espectadores que querían oírlo, Mutis no leyó sus poemas sobre Coello, ni aquellos que reunían a los personajes de sus novelas. Mutis quiso aprovechar la ocasión para enviarle un homenaje a su amigo Ferdinand y entonces leyó los poemas en honor del monarca español y su hija, la infanta Catalina, una de las mujeres que más fascina al autor de La nieve del almirante.

Ese reconocimiento a Ferdinandi era como devolverle el que este historiador le hizo cuando le dedicó la traducción al español de la biografía de Felipe II. Son poemas a un hombre sabio y un amigo entrañable, a cuya ausencia voy a tener que acostumbrarme .

Así fue como el escritor se metió por los caminos de su libro Crónica regia y se adentró en los escenarios medievales, en la saga del que fue Rey ahora y Rey siempre , como Arturo en Inglaterra.

A riesgo de que sus seguidores le perdieran el paso por ese mundo, Alvaro Mutis avanzó en medio de la historia del monarca de la Casa de Austria, rey durante casi medio siglo, personaje maravilloso, leyenda negra en la historia...

Pero el escritor estuvo en la sala con sus recuerdos, los vividos y los soñados. Y su voz se hacía más fuerte cuando recitaba No importa lo que venga después , a la manera de un antiguo soldado de los Templos de Flandes: Nada gané, nada perdí, allí estuve, eso fue todo .

Poemas con tono burlón Pero como la promesa eran sus textos inéditos, el escritor dejó para el último momento dos poemas que hacen parte de un nuevo libro: han sido publicados en revistas de muy corta vida y de distribución casi inexistente, por fortuna .

Doce Candide contra Gentile es el nombre del libro de poemas que el poeta está preparando. Con menos solemnidad de la que mostró al recordar a Felipe II y a su amigo Ferdinandi, Mutis dijo algunas palabras sobre la nueva obra. Intento en este libro volver a cierto tono burlón, a cierto escepticismo, a cierta distancia de las pasiones y necesidades del hombre, a cierta conquista que se encuentra en algunos poetas latinos y, sobre todo, en un autor que para mí es y seguirá siendo un maestro especial: Séneca. Ustedes se darán cuenta en qué laberinto me he metido .

Con el primer poema, la emprendió contra los listos, los que están siempre de prisa, alerta, husmeando la más leve oportunidad de poner a prueba sus talentos, sus mañas, su destreza al parecer sin límites... Nos ponen las manos sobre los hombros, nos protegen, nos halagan, despliegan diligentes su abanico de promesas y de nuevo se esfuman como vinieron... .

Con el segundo y último hizo una confesión que el público agradeció con sus aplausos: Pienso a veces que ha llegado la hora de callar... En el silencio, ya dijo Rimbaud, ha de morar el poema. El único posible ya... Pienso a veces que ha llegado la hora de callar, pero el silencio sería entonces un premio desmedido, una gracia inefable que no creo haber ganado todavía .

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