LUZ DEL CLAUSTRO

LUZ DEL CLAUSTRO

Es inevitable. Para mí la universidad es femenina. Y como toda mujer, evoca verso, antes que prosa. Ella se abre, como hojas, y despierta ante el ojo que lee su historia en la humedad de los muros y se deja enredar en la mañana por entre los tejados y hasta la blancura de cal de la iglesia en la montaña. Como la Policarpa mártir, se deja descubrir en todo su lirismo, en su dramatismo, en su heroismo, a medida que uno avanza en ella. Es como la tierra. Lo sé ahora con más certeza, pero lo supe ya, cuando en las aulas me permitía un poco de nostalgia del presente. Ella llama siempre y a ella hay que volver. Cuando mi papá se graduó, de abogado como yo, o yo como él, fue sentenciado por su rector, al entregarle el diploma, a ser estudiante de por vida.

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Y así tiene que ser. La vida del hombre estudiante se distingue de las del resto en la actitud. Esto es en la disciplina. En un estado de conciencia dispuesto, entregado, abierto a la insaciable tarea de aprender. Pues la disciplina, y me corregirá el padre Germán Pinilla, comparte su raíz discere , aprender , con la palabra discípulo . Entonces, más que la simple constancia o rutina en el hacer, más que el apego a lo puntual y a veces rígido, es la sensibilidad, la flexibilidad de la mente, la alerta del espíritu ante el incansable suceso del universo.

Y con esta palabra volveremos a la universidad , que justamente busca englobarlo todo, unificar la ciencia y el conocimiento, tras la dispersión y el enfoque de micrón que humanamente nos agobian. Situarnos en el gran círculo Tao y sacarnos de nuestra visión milimétrica y mortal. Dotarnos de un ojo de búho que sea más agudo que la oscuridad.

Pero yo pienso que ella sola no lo puede hacer. Ella puede crear ciertos hábitos operativos buenos , es decir virtudes y cito a Aristóteles en boca muchas veces de nuestro profesor de filosofía. Pero la curiosidad y la inquietud, que son la médula del estudiante, son difícilmente transmitidas: nacen, como todo lo cierto, de la necesidad, de la urgencia. En este caso, la de evolucionar. Lo que sigue, de ahí en adelante, después de la simple inquietud que es como una piedra en el zapato, a la que, así nos ampollemos, podemos llegar a acostumbrarnos, es puro coraje: la búsqueda.

Es cierto: todo lo que logramos aprender entra con sangre, pero la sangre es la experiencia, la vivencia interior, el fluido de la vida. Es cierto también que todo cuanto lleguemos a saber no será más que un par de conchitas que atesoremos en la inmensa playa de la creación, que la naturaleza parece aún más infinita, si se pudiera así decir, ante nuestra finitud. Pero, si no es ese el objetivo de nuestra vida humana y terrena, entonces cuál? Nietzsche aborda la cuestión del aprender de igual manera: para llegar a conocer verdaderamente algo, o a alguien, hay que limpiarse de todo prejuicio y desconfiar de la emoción. Mantenerse sereno y ligero y darle a nuestras aversiones una segunda oportunidad. Pero él va más allá. Habla de entregarse al objeto de conocimiento con amor, hasta hundirse en su esencia...Como llegando al centro de un volcán. Luego pueden, el intelecto y la intuición, en conjunto, discernir y juzgar.

Nuestro objeto de conocimiento, al que debemos amor antes que a ningún otro, y lo grita el oráculo de Delfos a todo pulmón, somo nosotros mismos, la vida que nos dio Dios.

Cumplimiento del deber Es ahí donde la ciencia de lo justo, que hemos escogido como modo de vida y como profesión, deberá empezar por germinar sus más radiantes flores. Hemos, como el sabio Salomón, de pedir sabiduría y dignidad, antes que tesoros y reinos. Lanzarnos a la conquista de las leyes de nuestro país interior, navegar los ríos y endulzar los sentidos con los colores y relieves de nuestro cautivante y único paisaje. El resto vendrá por añadidura. Entonces podremos volcar nuestra jurisprudencia al exterior, a la Nación y volver a nuestro Colegio Mayor.

Imagino el día de hoy como uno, para nuestros padres, de liberación: junto con la satisfacción y el orgullo, debe convivir la liberación enorme que queda después del deber cumplido. Porque la función elemental de los progenitores de todas las especies es la de preparar a sus descendientes para la supervivencia, es decir para el éxito. Nosotros ya recibimos las herramientas para el vuelo. Gracias. Lo que viene, es para nuestra propia liberación.

Que no perdamos la vitalidad, ni la frescura. La capacidad de asombro al decir de Andrés Caicedo. Que así como dimos a luz desde el claustro la fantasía de una patria independiente, luchemos hoy por una en que viva la vida y mueran la miseria y la muerte. Que ante la indignidad y la mentira no dejemos jamás enmudecer nuestro valeroso campanario. Que no olvidemos el patio, a los compañeros, a los maestros y a los otros protagonistas de la Universidad.

La Calle del Chorro, de la Peña, de la Agonía, de Las Aguas. Lo bucólico y lo grotesco. La puertica candelariuna que esconde el candor de un solar de balcones y geranios y el hombre agazapado del frío conta el asfalto. El farolito y la penumbra. Teresa, la niña de las frunas que ya no es una niña y el esmeraldero. Lo anecdótico y lo cotidiano. La pureza del pasado y el humo negro exhostado. La sombra de los árboles del parque donde se bañan los niños en la fuente por la mañana, donde el viejo fotógrafo, donde el mimo, donde el señor fakir...Que no olvidemos, pero tampoco dejemos de vivir el aquí y el ahora. Que huyamos del miedo y del tedio, crezcamos como el fuego, preparemos la imaginación y los sueños, para volver.

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