VOLVER A LOS 77...

VOLVER A LOS 77...

Algunos decían que quienes leían EL TIEMPO perdían la razón, y los que leían La Razón perdían el tiempo . Con esa anécdota sobre la prensa colombiana, Rafael Antonio Caldera Rodríguez, candidato a la presidencia de Venezuela por Convergencia Nacional, deshizo el hielo. El comentario, pronunciado a la sombra de un árbol y en una cadencia lenta, que desentonaba con el conjunto llanero de fondo, marcó el inicio de una entrevista varias veces aplazada y que finalmente fue posible hacer en una de las escalas de su gira proselitista por los estados de Guárico y Amazonas.

04 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Ahí estaba, con sus 77 años a cuestas (nació el 24 de enero de 1916 en San Felipe, estado Yaracuy) y trajeado con un sobrio vestido habano que contrastaba con su corbata azul de pepas. Rodeado por sus jóvenes asesores y el calor del piedemonte llanero, Caldera le da vida a la imagen autoritaria que se ha forjado a lo largo de su vida pública. Sin embargo, el mito toca tierra cuando, a cierta distancia, se lo observa apoyado discretamente en alguno de sus asistentes a la hora de bajar la escalerilla de la avioneta en la que viaja, al caminar rodeado por la muchedumbre que lo vitorea o al alzar lentamente sus mano para saludar desde una tarima a sus seguidores.

Para Rafael Caldera, la plaza pública no es cosa nueva. Ya cuenta con la experiencia de la campaña presidencial de 1968, que lo llevó a Miraflores en 1969, mandato que finalizaría en el 74, para entregárselo, por primera vez, al propio Carlos Andrés Pérez.

Visto a la luz de hoy, la historia les hizo a ambos una carambola: es precisamente a raíz de la primera intentona golpista contra Pérez el 4 de febrero de 1992, que Caldera sale de su retiro como patriarca del socialcristiano Copei (Comité Político Electoral Independiente). El 5 de febrero, ante la plenaria del Congreso y con la atención de toda Venezuela, Caldera se toma la vocería contra la corrupción y los cogollos (la alta dirigencia partidista con la que se identifica la crisis del país). La carambola, tal como están las encuestas, se cifra en que Caldera bien puede ser el sucesor, por mandato popular, de Pérez.

Hace cuatro años, la idea habría parecido descabellada. Más aun cuando en las propias filas del Copei se daba por descontado que el presidenciable sería Eduardo Fernández, quien en esa misma noche del 4 de febrero y, posteriormente, en la consulta interna del Copei, perdió la candidatura. Para ese entonces, Caldera ya había levado anclas del partido que él mismo fundara, lo que le permitió a su delfín político, Oswaldo Alvarez Paz, adelantar sus aspiraciones presidenciales.

Sin embargo, más allá de las cábalas, lo que en este último año y medio se le reconoce a Caldera es su habilidad en el ajedrez político, y no sólo por convocar a las más disímiles gamas del espectro electoral venezolano (principalmente al MAS, conformado por antiguos izquierdistas opositores al régimen democrático, y a un chiripero estructurado a partir de movimientos minoritarios que se identifican con la imagen de un sinúmero de cucarachitas), sino por manejar con mucho tino y en el momento justo y en la justa medida, su patrimonio personal: una hoja de vida limpia y, lo que en estos momentos es fundamental para buena parte de los electores, tener autoridad.

A tres bandas En todo caso, hay quienes le encuentran varios peros al ex presidente copeyano. Uno, su edad, argumento que sale a relucir cuando se lo ve en el ajetreo de una gira política. Otro, el presentarse como el representante del cambio cuando él mismo fue uno de los que participó en el esquema del juego bipartidista que está mandado a recoger en Venezuela. Un tercer argumento, hilando más delgado y partiendo de la base de que a Caldera nadie lo manda, el que manda es él, se afianza en la posibilidad de que una vez en la presidencia, haga tabla rasa y deje por fuera del gobierno a buena parte del MAS y del chiripero, lo que confirmaría la teoría de que todo el esquema multipartidista fue realmente una jugada electoral que, una vez en Miraflores, no tiene proyección. Este análisis agrega, asimismo, que derrotado el Copei, un Caldera presidente recompondría las fuerzas diseminadas para recobrar, de igual forma, su posición como líder natural del partido.

Eso en la parte puramente política, pues en materia económica un segundo mandato de Caldera no deja, en especial entre los círculos empresariales, de causar desconfianza. Su clara oposición al paquete de Pérez, con el IVA incluido y el replanteamiento del proceso de apertura, los subsidios que da el Estado, la protección a ciertos renglones agrícolas y la continuación de una política laboral onerosa para los empresarios y dispendiosa para el país (reforma laboral de su propia cosecha), todo ello sazonado con pronunciamientos bastante antiestadounidenses, enmarcan para muchos un panorama complicado que, además, da marcha atrás en los procesos de integración con Colombia y México.

Hoy Caldera, el abogado y doctor en Ciencia Política; el miembro de la Real Academia Española de la Lengua y profesor de sociología en la Universidad Central de Venezuela; el ex Procurador General de la Nación y ex constituyente, entre muchos otros cargos, está a un paso de Miraflores.

Falta ver si para allá trastea la mesa de billar que tiene en Tinajero (su residencia) en torno de la cual, cuentan las malas lenguas, ha tomado las principales decisiones de su vida, incluida la de optar por segunda vez al solio de Bolívar.

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