YA SE RESPIRA MEJOR

YA SE RESPIRA MEJOR

Queda uno medio anonadado. Como si hubiera recibido un trancazo. O como si de repente le quitaran un extraño peso de encima. Y costaba trabajo creerlo. Tal era el grado de mitificación o intimidación que había logrado crear Pablo Escobar en la conciencia de los colombianos. Vino luego el respiro colectivo. Esa sensación de alivio, en algunas partes casi cautelosa, que embargó a una sociedad que por fin se supo liberada de la más insólita y oprobiosa tiranía del miedo a la que haya sido sometido país alguno por un individuo.

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Y es que el fenómeno de Pablo Escobar ha sido tal vez el capítulo más tenebroso de la historia colombiana. Una experiencia que aún tardaremos en comprender y asimilar. Cómo una mente criminal calculadora y brutal, apoyada en una fortuna inverosímil, una inteligencia excepcionalmente diabólica y una sangrienta falta de escrúpulos, pudo desafiar durante una década a todas las fuerzas del Estado, es algo que obliga a reflexionar.

Cayó porque tenía que caer. Porque no era posible que se prolongara indefinidamente semejante afrenta a todo lo que se supone representa una nación. Ni que un narcotraficante responsable de las peores matanzas y los más oprobiosos magnicidios siguiera rodeado de un mito de invencibilidad que amenazaba con provocar la desmoralización colectiva.

Con su muerte; con el mito convertido en cadáver (que la fuerza pública curiosa y torpemente no mostraba ni dejaba retratar), esa sensación de abatimiento y derrotismo da un vuelco total. Nace un clima sicológico diferente, que ya se palpa en el ambiente.

Mejora la imagen de Colombia tan asociada al funesto personaje y se fortalece la posición negociadora de un país que demuestra que, pese a todo, tiene una democracia estable que sí sabe defenderse. EL3] Se cierra el capítulo del narcoterrorismo que no del narcotráfico, que Escobar encarnó y que representó el más salvaje intento por avasallar a un Estado e intimidar a una comunidad que haya padecido nación alguna en los últimos tiempos.

Tras tantas humillaciones y vejaciones, Colombia puede mirar hoy al resto del mundo con el orgullo tranquilo de saber que ningún otro país ha librado una lucha remotamente parecida a la nuestra contra un flagelo internacional. La eliminación de Escobar les cerrará la boca a quienes desde el exterior ya habían convertido al capo en una especie de supraestado capaz de corromper o amedrentar a un país entero.

Para el Gobierno Gaviria y para las Fuerzas Armadas es un éxito innegable. Y no por tardío menos significativo. Ejército y Policía se sacuden de encima el estigma de la ineficiencia ligado siempre a cargos de corrupción que los había acompañado como una plaga desde el inicio mismo de la búsqueda. Y la popularidad del presidente Gaviria, que llegó a su punto más bajo tras la fuga de La Catedral, promete seguir su curso ascendente.

Desde el punto de vista institucional fue importante que haya sido el Bloque de Búsqueda, y no los Pepes o grupos de vengadores privados, el que haya asestado el golpe definitivo. A los Pepes, su solo nombre indica que les ha llegado el momento de disolverse de una vez por todas. A menos que pretendan emprenderla ahora contra la familia de Escobar, lo que no era de descartar ante las iniciales reacciones beligerantes de su hijo y hermana.

Pero todo indica que se impuso la cabeza fría y mientras no se demuestre lo contrario, habrá que recibir de buena fe las declaraciones posteriores de Juan Pablo Escobar Henao, en las que jura que no va a delinquir y pide a los seguidores de Escobar no buscar venganzas.

Cesó la horrible noche, pero aún no puede decirse que haya germinado el bien. La muerte de Escobar deja de todos modos interrogantes varios que el Gobierno tendrá que comenzar a resolver. La suerte de los 17 presos de Itagí, por ejemplo, cuyos juicios habría que agilizar y definir. Tantos lugartenientes de Escobar juntos no deja de ser inquietante.

Una inquietud más de fondo es la suerte de los narcos del Valle que han expresado su deseo de someterse a la Justicia. Este proceso, que parece bien empantanado, podría recibir un nuevo aliento con la desaparición del archienemigo de los Rodríguez Orejuela y de Santacruz Londoño. Por su parte, el Gobierno aplica la táctica de la zanahoria y el garrote, lanzando intensos operativos militares sobre Cali a la vez que mantiene su propuesta de sometimiento.

Un proceso razonable y pacífico sería lo más aconsejable desde la perspectiva del orden público. Pero, desde la del negocio, nadie puede garantizar que aun la entrega de los narcos del Valle, e incluso de la Costa y Santanderes, como se rumora, que exportan la mayor parte de la cocaína que sale de Colombia, vaya a mermar en forma drástica, y sobre todo permanente, el tráfico de coca.

La asombrosa rentabilidad del negocio, su creciente grado de diversificación y atomización en multitud de grupos y cartelitos que no obdecen a autoridad central alguna, no presagian una definitiva desaparición del mismo. No mientras subsistan la demanda internacional y los actuales márgenes de ganancia.

Por eso el tema de la legalización sigue siendo válido. Porque el notorio fracaso de la guerra contra el narcotráfico que no contra el narcoterrorismo autoriza a contemplar otras alternativas.

La muerte de Escobar interrumpió el debate que sobre el tema se había planteado entre el Fiscal y el Presidente. Pero no es bueno que se entierre. La misma desaparición de Escobar (y no es improbable que vuelva a surgir un fenómeno parecido) hace que el eje de la política antinarcóticos se desplace del terreno contraterrorista al económico y jurídico. Y se trata de estrategias distintas.

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