EL POBRE MICKEY MOUSE

EL POBRE MICKEY MOUSE

Mickey es un ratón tardío. Cuando nació, en estos días hace ya 65 años, hacía más de 30 que otros personajes se habían estrenado los comics . Pero nadie como él podría sobrevivir tanto. O tan exitosamente. No en vano es un ratón, ese animalito despreciable que en la vida ha resistido todas las trampas y todos los venenos. Ni los marxistas chilenos que una vez escribieron una cartilla para que aprendiésemos a leer al Pato Donald, encontraron una explicación para el éxito y la longevidad de Miguelito. Al fin y al cabo una justificación integral y fundamentalista, muy al estilo de la más genuina ortodoxia marxista, había servido para explicar los comics , pero no a Mickey. De alguna manera tal racionalización implicaría a Flash Gordon, Popeye, Tarzán, Mandrake, el Fantasma, el Reyecito, Supermán, Buck Rogers, Lorenzo, Dick Tracy y hasta Carlitos.

04 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Hay algo más profundo y trivial en todo esto, que por eso mismo soslaya toda pretensión política o freudiana. Me refiero a que el triunfo definitivo de Miguelito articula rigurosamente con los miedos y perplejidades que el gato ha despertado siempre en la criatura humana, la cual jamás ha perdonado a ese animalito extraño el no haberse dejado domesticar del todo. Esos ojos amarillos, o azules, o rojos, o de color indescriptible, siempre iluminados y nada de parpadeo han estimulado unas ansiedades que después terminaron en satanización y estigma.

El gato está asociado, en casi todas las culturas, a lo diabólico, lo esotérico, lo incomprensible. También a las pestes, la muerte repentina y los malos augurios. Es una venganza como cualquier otra a su vida andariega, hedonista, vagabunda. Una revancha a su displicencia, su mullida elegancia, su burla a todo intento de regulación y control. Ningún platón de leche garantiza que no irá a robar algún pedazo de carne al vecino. Imposible inducirlo al apareamiento programado: de todas maneras escapará a esas escenas orgiásticas, escandalosas y prohibidas de las noches sobre algún tejado no necesariamente caliente. Aún así, un bastardo nunca ha sido un hijo de gato, sino de perra.

Desde siempre, gato y brujas han sido la misma cosa. La cópula ruidosa fue vista como aquelarre diabólico. Y se inventó un remedio drástico, pero probadamente inútil: mutilarlos. La cola, las orejas o las patas. La quema de gatos, y en general cualquier forma de barbarie, fue una constante en toda la Europa de principios de la época moderna. Hasta los niños participaban en esas hogueras de crueldad y muerte. En épocas de la Reforma, en Londres, una multitud rasuró un gato, lo vistió con una sotana ridícula y lo ahorcó en improvisado patíbulo. Pero fueron los franceses los que llegaron más lejos. El gato está medularmente unido a la cultura cotidiana de Francia: siempre como una víctima peligrosa.

Desde luego no podían faltar las referencias al sexo. Le chat, la chatte, le minet significan lo mismo en la jerga francesa que vagina y han servido para obscenidades impublicables en todos los países y todos los siglos. En el siglo XV se creía que acariciar gatos garantizaba éxito con las mujeres. Las gatas siempre han connotado sensualidad y fertilidad. Y en los apareamientos demoníacos, con genitales humeantes, jamás faltó la figura de un gato.

Ya no hay cencerradas con matanzas colectivas de gatos. Pero el hombre sigue cobrándole al animalito su indestructible libertad. Si el gato no se hubiese dejado domesticar tendría, como el perro, reputación de inteligente y gran amigo. Y no le atribuirían a su pelo propiedades de morbilidad y muerte. Ni lo habrían ridiculizado hasta el extremo de Tom, ese gato imposible, repetidamente humillado por los ratones. Miguelito es otra forma de venganza, muchísimo más sutil. Su triunfo es, otra vez, la derrota del gato. No importa que todavía todos los ratones huyan en estampida con un maullido distante. En la iconografía rutilante de los comics el gato ha perdido la pelea. Al menos el hombre finge que así ha sido. El gato, por supuesto, no lo cree. Y desde el sillón de enfrente me está mirando con esa mirada indescifrable, de seguro imaginándome, compasivamente, tan estúpido como Miguelito.

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