TUMBA EN COLOMBIA

TUMBA EN COLOMBIA

La muerte de Pablo Escobar, sobre un tejado ajeno, pone fin a su melancólica carrera de prófugo, dueño de un poder inmenso que no podía ejercer en lo que más le satisfacía: el gozo de vivir en la abundancia, con vasta red de colaboradores a su servicio. Uno a uno se le fueron desgranando o muriendo. En vano se habían adiestrado para actuar contra la sociedad y las leyes nacionales e internacionales, a la sombra de un imperio criminal e ilícito, aparentemente llamado a durar a expensas de la salud de la humanidad. A la condición de fugitivo había llegado al caer en la cuenta, a raíz del fallido conato de ponerlo en cintura, de la imposibilidad de seguir ejerciendo su obsesiva actividad desde cárcel dorada. Enérgico y audaz empresario del delito, se había hecho a la idea de que en su negocio todo le era permitido para el logro de su fin primordial. En el lenguaje de moda, se diría que se ingenió la manera de maximizar utilidades, traficando con un producto de mercado mundial. Su golpe

04 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

A partir de entonces, quedaría en la penumbra la fama picaresca de halador de carros. El culto por el becerro de oro, así estuviera mimetizado en estampas cristianas, lo llevaría a acumular inospechado poder. A erigirse en el gran capo . Así fue extendiendo sus ramificaciones, coronando operaciones en los grandes centros de consumo, construyendo fábricas clandestinas en alejados parajes y extendiendo las líneas del ambicioso comercio. Su fortuna empezó a figurar entre las más cuantiosas. Hasta en el cine se proyectaron sus andanzas.

No faltaban espíritus cómplices, empeñados en ver legitimadas su organización, inversiones y ramificaciones, en un futuro no lejano. Si la elaboración y el consumo de la coca se legalizaba, un manto de perdón y olvido quizá cubriera los crueles derramamientos de sangre. En abono de la extravagante teoría se citaba el tránsito de la prohibición del licor a su permisividad y libertad en Estados Unidos. En dicha hipótesis, Pablo Escobar sería uno de los precursores, no importa cuán desalmado hubiera sido para abrirle paso al comercio prohibido.

Augures profesionales de dilatada reputación, si bien no compartían el concepto extremo, creían hallar en el narcotráfico uno de los poderes fácticos de la nueva era. De consiguiente, no habría de resultar extraño observarlo en trance de ensanchar su órbita y de contaminar los diversos mecanismos del Estado. Lo intentó Pablo Escobar al querer rodearse de una aureola de benefactor de los humildes y hacerse a efímera inmunidad parlamentaria. Lo de la narco-democracia acaso fuera algo más que utopía inalcanzable o temerario presagio.

De la civilidad de los procedimientos se pasó a la brutalidad al comprobar que no era fácil burlar a las autoridades, escarnecer a los jueces, sobornar a guardas y vigilantes, poner en su favor los resortes de la opinión pública, persuadir a electores y jefes políticos. Surgió el narco-terrorismo y proliferaron los sicarios. La potencialidad corruptora del dinero reclutó numerosos brazos para la causa del genio del mal. Invencible parecía.

Al propio Estado se consideró en capacidad de enfrentarle sus fuerzas. Desde los más altos heliotropos, figuras eminentes, hasta modestos servidores, perecieron en esta siega implacable. Fue una cacería horrible, cuando no los sucesivos atentados en masa contra blancos estratégicos o contra gentes desprevenidas e inermes. Un avión de pasajeros en vuelo, un centro comercial, una zona residencial. A Colombia se pretendió dominarla a base de terror. No faltaron los secuestros y las víctimas fatales de esta práctica criminal.

Lo más grave fue la sensación de impotencia ante la adversidad. Aunque diezmada su banda y en buena parte neutralizada, mientras no se consiguiera someter a su jefe a la Justicia, habría la perspectiva de que reconstruyera sus cuadros y tornara a las andadas. La idoneidad del Estado para preservar el orden jurídico estaba puesta a prueba. Si no se imponía sobre el terrorismo, sería signo de que tampoco lo lograría sobre el narcotráfico o la guerrilla. Por venalidad o por debilidad? La venalidad era la gran sospecha. Si podía más el Estado de Derecho con sus brazos armados, sus servicios de inteligencia y su presupuesto o si el narcoterrorismo era capaz de distraer sus acciones y de paralizar sus esfuerzos. La incógnita ha sido disipada. Trabajo y preciosas vidas costó, pero tambien en Estados Unidos demoraron, por su desprevención de entonces, cerca de un año en localizar a la cautiva Patricia Hearst. No estaban equivocadas las autoridades en pensar que Escobar se había acogido al alero del área metropolitana de Medellín, donde había constituido su zona de influencia y a la que había infligido sobresaltos y tremendos quebrantos.

El Estado ha vuelto por sus fueros y prerrogativas. Ha inferido rudo golpe al crimen. Ha demostrado que la ilegalidad y la violencia no pueden prevalecer. Ha reafirmado su aptitud para velar por la seguridad pública y por los derechos individuales y sociales. Ha procedido con diligencia y perseverancia a reducir primero y a liquidar luego una peligrosa estructura delictiva. Pablo Escobar ha encontrado lo que buscaba: una tumba en Colombia en cambio de la extradición en Estados Unidos. Existencia tormentosa la suya, es claro ejemplo de que el delito no paga y de que hay valores morales y legales de imposible desconocimiento.

El Llano Así, en singular, porque es uno solo desde su cabecera de Villavicencio hasta sus profundidades de Casanare, Arauca, Vichada. Una cultura, una realidad, una vasta esperanza.

Yendo de Bogotá en un poderoso helicóptero ruso de Byron, al tramontar la cordillera se ven las primorosas parcelas verdes y amarillas, desnudas de árboles. La mano del hombre ha cultivado con esmero los campos ondulados, arrebatándoles el espacio a los bosques, reducidos a pequeñas cejas en el pie de monte llanero. La planicie se abre, ilimitada y espléndida, bajo la lluvia pertinaz.

Como es usual en Colombia, en cuarenta minutos han cambiado el paisaje, la idiosincrasia, los usos y costumbres. La del Llano es toda una civilización, impregnada de acentos campesinos. Con olor de majada fresca en las goteras urbanas, vegetación lujuriosa y alegre aire de joropo. El caballo y el toro han sido sus emblemas, pero el tractor y las siembras van compitiéndoles. Resuena la hora del petróleo.

A pesar del secuestro de Silvestre Arenas en Yopal, que ha conmovido e indignado profundamente a la región, todo es confianza e ilusión de mejores días. Allí amanece en verdad el porvenir de Colombia. Lo que necesita, además de comunicaciones, es paz para fructificar. En la inauguración del semanario El Llano, 7 días lo sentimos y entendemos.

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