IMPLICACIONES DE UN MICO

IMPLICACIONES DE UN MICO

En las elecciones para el Congreso celebradas en 1991 tras la revocatoria decretada por la Asamblea Constituyente, se produjo la más alta abstención de las últimas décadas, que alcanzó un registro cercano al 66 por ciento del potencial electoral. Como una reacción por la limitación de las opciones de renovación política articuladas para esas elecciones, en contraste con las grandes expectativas de relevo que se habían generado, dos de cada tres colombianos con capacidad de votar no lo hicieron y dentro de los que sí sufragaron la votación más alta se produjo en blanco. No hubo en Colombia un solo senador que derrotara la abstención ni el voto en blanco, que superó los 460.000. Para el Senado la votación en blanco fue mayor que la obtenida por las listas del M-19 o de la Nueva Fuerza Democrática; prácticamente, dobló la obtenida por el Movimiento de Salvación Nacional, quintuplicó la lista liberal mayoritaria y fue veintidós veces más grande que la del último candidato al Senado que obt

05 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

No obstante, la opinión de esos cientos de miles de ciudadanos fue desatendida. No pasó nada. El único efecto fue el de su contabilización para determinar el cuociente electoral, lo cual se ratificó gracias a la posición lúcida y clara del Consejo de Estado.

Abstención vs. voto en blanco Los ciudadanos que no se sienten interpretados por las alternativas políticas disponibles en un proceso electoral, ni comprometidos con ellas, optan bien por abstenerse o por votar en blanco.

La abstención es una reacción pasiva que se traduce en indiferencia, apatía, indolencia, y que, paradójicamente, reafirma aquel panorama político con el que el abstencionista dice no comulgar. Este respalda con su indiferencia a los mismos candidatos que quiere combatir. Así de simple. Si los ciudadanos independientes se marginan del proceso político, son las clientelas y las maquinarias electorales las que definen la integración de las corporaciones públicas y las que dominan en el escenario nacional. Por eso, los mejores aliados de los caciques políticos son los mismos abstencionistas.

Diferente, bien diferente, es la actitud de un votante en blanco. El votante en blanco es un ciudadano que sí cree en la democracia y en las instituciones, que participa en el proceso político, que se toma el trabajo de inscribir su cédula y de concurrrir a las urnas, que honra sus derechos y deberes ciudadanos y que, a través de una decisión deliberada y racional con su voto en blanco, envía un mensaje ponderado y contundente a la sociedad, a la clase política y al país.

Existe una clara relación entre el incremento del voto en blanco con la consagración del tarjetón como vehículo obligatorio para expresar la decisión electoral. Ahora, la casilla del voto en blanco se encuentra como una más dentro del menú de opciones de un elector en el tarjetón. Anteriormente, los electores no encontraban en los puestos de votación papeletas para votar en blanco, de manera que si querían votar así tenían que fabricar su propio voto, mientras que los sobres y papeletas de los distintos candidatos se ofrecían por sus agitadores y pregoneros, quienes, además, montaban guardia celosa, particularmente en los estratos más populares y fuera de las grandes ciudades, para detectar y evitar la actitud desobediente de cualquier elector amarrado que quisiera cambiar por otra o por un voto en blanco la papeleta que le habían entregado.

Voto en blanco es deliberado Algunos han sostenido que los altos porcentajes de votación en blanco en la elecciones de 1991 se pueden explicar por el desconocimiento del uso del tarjetón. Esto, en lo fundamental, no es así. Por una parte, quienes no supieron usar el tarjetón o lo usaron mal anularon su voto. Es decir, se diferenció entre el voto nulo y el voto en blanco. Por otra parte, los comportamientos regionales del voto en blanco variaron mucho entre el Senado y la Cámara. Si el voto en blanco tradujera ignorancia frente al uso del tarjetón, habría consistencia política en todas las regiones entre el número de votos en blanco para el Senado y el número de votos en blanco para la Cámara. Esto no sucedió. Basten dos ejemplos: en Bogotá hubo 24.725 votos en blanco para el Senado y 80.080 para la Cámara. (Sería absurdo sostener que los bogotanos sabían usar el tarjetón para el Senado pero no lo sabían usar para la Cámara.) En Vaupés, el fenómeno se dio al contrario. Mientras la votación en blanco representó el 27,38 por ciento del total para el Senado, para la Cámara representó apenas el 5,23 por ciento.

Es por todo lo anterior por lo que resulta tan peligroso y antidemocrático el mico que se coló en el Congreso durante la tramitación de la Ley Electoral. Este elimina el único efecto político del voto en blanco al establecer que el mismo no se tendrá en cuenta para calcular el cuociente. Qué tal establecer hoy que los votos del M-19 o los de la Nueva Fuerza Democrática no cuentan para efectos de calcular el cuociente electoral! (Cuantitativamente sería menos grave.) La norma, que alteró una sana iniciativa contemplada en el proyecto inicial, viola, entre otros, el artículo 263 de la Constitución, que dice cómo se calcula el cuociente. Quitarle todo efecto práctico, jurídico y político al voto en blanco discrimina a tales votantes por razón de su opinión, contraría los fundamentos de un Estado democrático y vulnera la protección constitucional de las minorías políticas. En efecto, si el voto en blanco no se contabiliza para establecer el cuociente, las listas mayoritarias deben pagar menos votos por cada curul que obtengan por cuociente, lo que incrementa así su residuo para perseguir una curul adicional en desmedro de los candidatos que disputan su única curul con los menores residuos.

Futuro del voto en blanco A la fecha cursa ante la Corte Constitucional una demanda tendiente a atajar el mico y a obtener la declaratoria de inconstitucionalidad del artículo ya comentado para que el voto en blanco recupere su efecto, demanda que habrá de tramitar y dirimir en su libre sabiduría esa corporación.

No obstante, y aun de obtenerse esta declaratoria de la Corte, se mantiene vivo hacia el futuro el reto de darle un efecto político más contundente al voto en blanco como instrumento de control y expresión democrática, más allá de su simple contabilización para efectos de calcular el cuociente. Se podría considerar que a mayor número de votos en blanco se deberían elegir menos miembros en las corporaciones respectivas, salvaguardando, claro está, un mínimo de curules, que no ponga en peligro el buen funcionamiento de las instituciones.

Así, por ejemplo, en las elecciones de Senado de 1991 no se habrían elegido por Circunscripción Nacional Ordinaria 100 senadores sino, solamente, 91, es decir, 100 menos 9 que se habrían podido elegir con los 461.184 votos en blanco. Al Congreso no le habría pasado nada con nueve senadores menos, se habría exigido una mayor representatividad de los elegidos y se habría atendido la expresión de cerca de medio millón de demócratas inconformes con la clase política. Técnicamente, para que esto sea posible, bastaría agregar sólo dos palabras al artículo 171 de la Constitución sobre el Senado (y a los análogos relativos a otras corporaciones). Hoy la Constitución dice: El Senado de la República estará integrado por cien miembros elegidos en circunscripción nacional . El artículo modificado podría decir: El Senado de la República estará integrado hasta por cien miembros elegidos en circunscripción nacional .

Está claro que la tramitación de un debate constitucional de esta naturaleza requiere de suficiente ilustración y tiempo. Se puede anticipar que cualquier esfuerzo por valorar el voto en blanco podría derivar en un enfrentamiento entre algunas fuerzas ciudadanas y la dirigencia política.

Sin embargo, en el empeño por devolverle la legitimidad a nuestro sistema, el país debe estudiar con detenimiento y respeto la decisión de los votantes en blanco, entendiendo que ellos, a diferencia de los abstencionistas, contribuyen al fortalecimiento de la democracia a través de su actitud y, en tal virtud, deben ser interlocutores necesarios de quienes creemos todavía en el pluralismo, en el respeto por las opiniones ajenas y en la posibilidad de aplicar cabalmente los principios tutelares de la Constitución de 1991.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.