Un ex presidente con sabiduría

Un ex presidente con sabiduría

Este año se cumplen cuatro décadas desde que Fernando Henrique Cardoso terminara de escribir, con Enzo Faleto, Dependencia y desarrollo en América Latina –un libro de notable repercusión internacional, tras las sucesivas ediciones en varias lenguas después de su publicación en 1969–.

26 de octubre 2007 , 12:00 a.m.

Hoy muchos quizá solo lo identifiquen como el ex presidente de Brasil (1995-2002). Pero antes de su fama política, Cardoso gozaba de prestigio académico universal. Aquel libro, escrito en el exilio, se convirtió en punto obligado de referencia sobre los problemas de los países subdesarrollados. “Ampliamente interpretado como izquierdista” –Cardoso recuerda–, las conclusiones del libro “no eran de izquierda”. Su principal mensaje era la necesidad de superar cierto “fatalismo” regional: los latinoamericanos podían tener “control de su propio destino”, “bajo ciertas condiciones” era posible obtener resultados dentro del sistema.

Estas observaciones sobre el libro que le ganó renombre forman parte de sus memorias, recién publicadas (The accidental president of Brazil). Además de narrar detalles de su vida familiar y del ascenso a la primera magistratura, Cardoso ofrece una inteligente defensa del reformismo, la democracia liberal y la economía de mercado. Su defensa adquiere mayor relevancia en el contexto histórico de la región, cuando el mundo intelectual les había dado la espalda a tales valores y, más aún, frente al regreso de posturas políticas que parecían superadas en el continente.

Nacido en una familia de linajes militares, Cardoso estudió sociología en una época en que los estudiantes de esa disciplina se vestían con batas de laboratorio, convencidos de emular las ciencias exactas. Vivió como adolescente en 1945 el tránsito a la democracia, frustrado dos décadas más tarde, cuando los militares se tomaron el poder. Rescata de esos años el legado del presidente Juscelino Kubitschek –su respeto por la democracia y la tolerancia–, poco admirado por los académicos contemporáneos. Y critica el populismo de Janio Quadros, que atrajo las simpatías de la revista Time y del intelectual de intelectuales de su tiempo, Jean Paul Sartre.

Que se menospreciase a Kubitschek no debe sorprender ante los encantos ideológicos de entonces. Los jóvenes hallaban inspiración en una generación de destacados comunistas, que agrupaba al “mejor físico y al mejor filósofo” de la universidad, al escritor Jorge Amado o al arquitecto Oscar Niemeyer, diseñador de Brasilia. No obstante, Cardoso nunca simpatizó con Stalin y se alejó por completo del comunismo después de la invasión soviética de Hungría. Aunque no se consideraba marxista, ayudó a organizar un seminario marxista de “reputaciones míticas”, por donde pasaría un “número sorprendente” de futuras personalidades.

Su pasión era la democracia, no la lucha armada. Para que los brasileños apoyaran la democracia, había que “ganar la batalla de las ideas”. Tras su regreso del exilio, en 1968, promovió la fundación de un tanque de pensamiento con ese propósito. Sobre la valoración del compromiso y del consenso –arraigadas tradiciones en Brasil–, favoreció campañas de resistencia civil contra la dictadura. Cuando los militares dieron muestras de apertura, creyó en la posibilidad de derrotar al régimen con las reglas del juego del propio sistema. Así llegó al Senado y comenzó a abrirse paso hacia la Presidencia.

Como presidente, Cardoso cree que su misión fue lograr la estabilidad en Brasil, condición para otros desarrollos de una sociedad moderna –“la inversión privada, las políticas sociales efectivas, la reducción de la pobreza”–. Como ex presidente, ha regresado en parte a la vida académica: pasa temporadas regulares en la Universidad de Brown. Sus memorias combinan con sabiduría su experiencia política y sus curiosidades intelectuales. Y ofrecen un importante mensaje revisionista sobre el destino latinoamericano, que por lo menos debería ser escuchado

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