...PARA QUE LOS NIÑOS NO ESTORBEN

...PARA QUE LOS NIÑOS NO ESTORBEN

Se arrienda pieza, sin niños . Así, son los avisos de los inquilinatos en Bogotá. Y así es como las madres de los barrios pobres de la ciudad, empiezan a percibir a sus hijos como un problema.

03 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

La mamá soltera, o separada, bien o mal acompañada, pero de cualquier manera tan pobre que sólo alcanza a pagar espacio en un inquilinato, opta por amarrar a su hijo de la pata de una mesa para irse a trabajar con la certidumbre de que no causará molestias a los compañeros de habitación.

Además de considerar como suerte que le hayan arrendado una pieza, a pesar del niño, el aviso le hace asumir al hijo como un lío que hay que mantener bajo control.

El hecho de que muchos niños murieran quemados o aplastados por la estufa en el intento de buscar comida, mientras su madre volvía, hizo que la fortaleza del instinto materno superara la sugestión dejada por el aviso del inquilinato.

Había que buscar un lugar para sus hijos. Hace unos quince años, la misma certeza, en mujeres de distintos lados de Bogotá, originó los hogares comunitarios.

Ahorrando del diario que los esposos daban a las casadas, y reuniendo trastos y mercado de cada una de las familias, las madres que no tenían que salir a trabajar decidieron cuidar a los niños de las que sí tenían que hacerlo.

Hoy son cerca de 250 hogares que dependen del Departamento Administrativo de Bienestar Social del Distrito. En cada uno hay un promedio de siete mujeres, y cada una de ellas tiene a su cargo el cuidado de unos cuarenta niños.

A diferencia de los hogares de las madres comunitarias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), que funcionan en las casas de las mujeres, los del Distrito lo hacen en edificaciones alquiladas para ese fin.

Lecciones humildes Conjugada con unas maneras sencillas, la sabiduría pedagógica de las madres comunitarias tiene el encanto de las cosas no comunes, el misterio de las contradicciones extrañas.

Su apariencia humilde está bordeada por el uso de un lenguaje que sicólogos y pedagogos logran usar con propiedad después de mucho tiempo de academia.

Tal vez por eso a Isabel Camacho, una de las pioneras de los jardines, le sienta raro el aspecto simple de sus manos, cuando al tiempo que las mueve pronuncia frases como el impacto del neoliberalismo en la mujer de hoy .

Sus rústicos conocimientos, como los de otras mujeres, fueron pulidos por los rechazos y los asentimientos, por los descontentos y las aprobaciones que los muchachos manifestaban ante los métodos usados para enseñarles.

Así, la loca forma de fantasear de los niños, después de aprender las partes de una vivienda con el modelo de la suntuosa casa de un recorte de periódico, les enseñó a descartar estos referentes.

También fue difícil encontrar la manera de hablarles de los miembros que componen la familia. Casi todos ellos son hijos de mujeres solas, y en algunos casos sólo conocen a las abuelas.

Las pautas para la lección de maestras o para el consejo materno surgieron, así mismo, cuando observaban a los niños en los juegos. Cuando los dejaban inventar su propia historia eran fabricantes de pistolas de papel, maridos borrachos y vecinas pelionas . Es de esas cosas que nos agarramos para enseñarles , explica una de ellas.

Así como la tragedia que representan algunos muchachos ha servido como instructora, el aspecto sombrío de los niños con problemas síquicos o físicos ha movido a algunas madres a la especialización.

Por eso, para lidiarlos, aguantarlos y educarlos, siete mujeres que trabajan en un hogar comunitario del norte de la ciudad terminaron su bachillerato y ahora estudian educación especial.

Entre los padres de los niños de los barrios pobres hay un poco de todo. Mamás floricultoras, lavanderas de ropa o recicladoras. Papás lustrabotas, ebanistas o ayudantes de construcción.

Entonces, mientras los obreros constructores edifican el mundo, las madres comunitarias insisten en ampliarles el lugar de la vida que les tocó.

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