EL PAISAJE ESQUIZOFRÉNICO

EL PAISAJE ESQUIZOFRÉNICO

Hemos dejado de pensar la ciudad y de pensar en la ciudad porque, así parezca una perogrullada, la ciudad se ha convertido en una realidad impensable. Ella por excelencia configura y encarna el universo y el reino de la fragmentación. Lo que aún tiene de totalidad se salvaguarda sólo en un nombre que figura en una mapa o en un libro de historia o de geografía. En sentido estricto, las ciudades han dejado de pertenecerle al ciudadano, han dejado de ser una realidad vivencial. La percepción de la ciudad ha dejado de ser un espacio emocional poblado de recuerdos. Ha muerto como poética. Ha dejado de ser un nicho ecológico , donde el hombre encuentra satisfacción, seguridad, abrigo y afecto. Todo eso ha sido virtualmente desmantelado y sustituido por una realidad abstracta y difusa, por un espacio de nadie donde circulan otros hombres que ya no son amigos y ni siquiera prójimos, sino seres que me desconocen y a quienes desconozco. Y lo terrible, seres que me pueden agredir y asaltar. L

03 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Estábamos preparados para asumir esa mutación en los contenidos de la vida que acarreó la presencia de lo urbano? Por supuesto que no. Quien examine las profundas y no visibles implicaciones que esto ha traído y ha significado para el hombre expulsado de esa idiotez de la vida rural de que hablara Carlos Marx, podrá descubrir en ese mismo fenómeno el núcleo fundamental de esa como progresiva y creciente esquizofrenia social en la que se disuelve la vida del hombre colombiano.

Esa dicotomía no está dada solamente por el tránsito súbito y tantas veces violento que supone el paso de una realidad precapitalista (de un mundo sin velocidad y sin dinero) a un paisaje moderno y capitalista donde las relaciones están signadas por la impersonalidad y por su carácter abstracto. Hay que saber ver, también en esa gran tragedia, la ruptura traumática de los tiempos emocionales e interiores, de los tiempos valorativos, de los ritmos íntimos y preferencialmente de las formas diferenciadas de relacionarse, de apropiarse y vivir el paisaje. En términos generales, en Colombia el campo, y en general toda la provincia, viven un tiempo histórico que se corresponde con las valoraciones y los ritmos de lo decimonónico. Las precarias formas de modernidad han tocado al paisaje, pero no han trasmutado al hombre.

La expulsión campo-ciudad opera como una ruptura y como una aniquilación del tiempo interior. Al ser vaciado de su tiempo íntimo, al hombre sólo le queda como única posibilidad de supervivencia, en una realidad y en un espacio que desconoce y con el que no puede establecer relación de significación ni de apropiación valorativa, la simple respuesta mecánica que se produce ante los estímulos externos. Le queda de nuevo la posibilidad de refugiarse en el sustrato instintivo al que sigue ligado por su animalidad, por eso en nuestro contexto nuestro fenómeno de urbanización anárquica y aluvional se corresponde con un regresivo fenómeno de animalización. Se opera la trágica alquimia que una vez señaló Marx: lo humano se convierte en animal, lo animal se convierte en humano. Pero por supuesto que estas parecen sutilezas especulativas de la razón ociosa, argucias sofísticas de la nueva ecología urbana que no tienen por qué ser consideradas por los planificadores y por los flamantes alcaldes de esta democracia leguleya que miran desfilar la tragedia y sólo se ríen al confundirla con una comedia.

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