ROSARIO DE PERLAS

ROSARIO DE PERLAS

Hace algunos días uno de nuestros noticieros reprodujo un reportaje del ex presidente Carlos Andrés Pérez para la televisión venezolana en el cual el reportero preguntó al aguerrido CAP si era cierto que, al serle allanada su oficina, los agentes de la autoridad habían encontrado armas dentro de la misma. El destituido mandatario no vaciló en responder que efectivamente en su despacho sí habían armas cuando fue allanado. Si así vapulean el idioma los gobernantes, qué podremos esperar de los gobernados? Claro está que me apresuro a advertir que no hago esta observación por echarles vainas a los hermanastros (que no hermanos) de Venezuela. Si por allá llueve, por aquí no escampa. Es un hecho que la sintaxis presidencial también ha sufrido mengua en esta Colombia de Cuervo, Caro, Suárez y tantos otros pontífices del idioma. Yo invito a mis lectores a volver sobre las páginas selectas de Alberto Lleras en la certeza de que no sólo me darán la razón, sino de que a la vez experimentarán

03 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Todos los días oímos, aún de personas de apreciable nivel cultural, expresiones como estas: Si mi secretaria no me hace bien este trabajo, la vaceo o Ahora mismo vaceo el contenido de la botella en la jarra; Si me dan una buena suma negoceo esta casa cuanto antes ; Las ruedas de esta carretilla chirrean; Yo roceo las plantas de mi jardín todos los días . Mucha atención, amigos, a las formas correctas: Vacio (palabra grave) el contenido ; negocio (también grave) la casa ; Las ruedas chirrían (con tilde para disolver el diptongo) ; Yo rocío las plantas (también con tilde para disolver el diptongo) . Pero como es prudente curarse en salud, a quienes tengan dudas o ganas de controversia, les sugiero dirigirse al numeral 314 de las Apuntaciones de don Rufino.

Ultimamente ha adquirido entre nosotros un auge creciente la expresión popular parar bolas , que inclusive figura en el notable Lexicón de colombianismos de Alario di Filippo. No es mi propósito impugnar las locuciones populares, por las cuales profeso gran simpatía (y que uso a diario) como parte que son de la vida misma del idioma. Sólo quiero hacer una aclaración puramente pintoresca y anecdótica. En los tiempos ya abolidos de los grandes cafés del centro bogotano y de Chapinero en los que se practicaba el billar intensamente, los jugadores llegaban a su mesa y pedían bolas para iniciar el juego.

Pero como entonces estaba vigente (y se cumplía) la prohibición de que los menores de edad jugaran billar, cuando dichos menores probaban suerte en los cafés, el administrador impartía la orden perentoria de no ponerles bolas. De ahí surgió y se amplió la expresión poner bolas en el sentido de prestar atención en los negocios, en el amor, en la política, etc. Abundantes fuentes de tradición oral bogotana corroboran esta historieta. De ahí mi creencia de que las bolas no se paran. Simplemente se ponen.

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