LOS PECADOS DE LA DEMOCRACIA

LOS PECADOS DE LA DEMOCRACIA

Hoy después de un considerable camino recorrido, el ciudadano común, constantemente se interroga sobre los alcances obtenidos con la reforma constitucional de 1991.

13 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Uno de los grandes objetivos de la Asamblea Nacional Constituyente era, sin duda alguna, devolverle a las instituciones Estatales una legitimidad política, otorgándole a la sociedad civil herramientas necesarias para tomar partido en la toma de decisiones gubernativas.

Después de la promulgación de la Carta Política, la primera prueba de la nueva democracia, era la de constatar si evidentemente el Estado, a través de las Fuerzas Militares, estaba garantizando los Derechos Fundamentales del pueblo Colombiano; sin embargo, la opinión unánime es desfavorable, en razón al cúmulo de demandas por Responsabilidad Extracontractual del Estado, motivado por los daños y perjuicios ocasionados en desarrollo de sus acciones para contrarrestar la perturbación del orden público, y condujo a su vez a una congestión de los despachos judiciales debido al ejercicio de la acción de tutela.

Las Fuerzas Militares, cuerpo sometido a serias críticas, injustas en algunos casos, requieren un revolcón en sus líneas de mando, toda vez que el orden público sigue tan alterado como en 1948, aún cuando el rubro presupuestal se haya triplicado en los actuales momentos; pero la situación sigue de mal en peor, hasta el punto de que el Ministro de Defensa y el Embajador de los E.U. estuvieron a punto de perder la vida por la acción temeraria de la guerrilla en un operativo militar.

Es lógico pensar que para la democracia es vital que la contienda electoral que se aproxima, tenga como garantía mínima el control del orden público pero los hechos de violencia demuestran efectivamente que las Fuerzas Militares y de Policía se encuentran en un laberinto de confusión y caos, ya que operativamente dan palos de ciego y no brindan confianza a la ciudadanía.

Es necesario reflexionar y aceptar que en muchos municipios del país no existe un ambiente tranquilo para las actividades de los candidatos a las Alcaldías, Concejos o Asambleas, y el miedo está fabricando ya máscara de terror; pero el Gobierno insiste en que el orden público esta bajo control.

Considero que los colombianos estamos ya cansados de oir mentiras piadosas, con las cuales no vamos a sacar nada para lo que realmente queremos: fortalecer la Nacionalidad por la vía de una democracia realmente representativa, participativa y actuante.

A pesar de las dificultades, existe un impresionante anhelo de los candidatos de renovar las filas de los partidos y demostrar incuestionablemente un grado de oxigenación a la vacilante actividad política, rompiendo los esquemas del bipartidismo y cortando sus innobles ataduras.

Desde nuestro ángulo de observación, alejado del ajetreo electoral, vemos que la política de todos los candidatos se hace sin aportar ideas novadoras que cautiven al elector desprevenido, todo lo contrario, se hace derrochando enormes cantidades de dinero o inventando cuñas como para vender jabones, cremas de manos o mostrándose como modelos de London Look.

Aunque a varias personas no les parezca así, es pertinente señalar que esta nueva modalidad de la actividad política, acabará con la maltrecha democracia colombiana, así se quieran presentar bajo otra óptica los acontecimientos.

Los candidatos no deben abandonar el contacto directo con el pueblo aún cuando la violencia citadina los atormente, y deben comprender que la radio y la televisión son medios manipuladores que inducen al engaño a los sufragantes; quizás por eso la respuesta en las urnas del pueblo no se puede interpretar como favorable para sus propósitos de transformación de la sociedad, ni conveniente para la consolidación de unas ideas que ahora son una caricatura desdibujada por un pragmatismo indoctrinario.

Es necesario que los candidatos establezcan estrategias que motiven a participar en política a esa mayoría amorfa, dispersa, indolente, guiada por intereses particulares, sin opción de cambio y aferrada a un estigma de incredulidad en la clase política.

Es conveniente acabar con el límite de aplausos y con las propuestas sectareas, el Liberalismo ante este espectáculo, requiere indispensablemente rescatar el valor de las ideas y organizar la colectividad alrededor de ellas, juzgamos imprescindible y urgente, para salvar al Departamento del Valle, Cauca y Nariño de los candidatos populistas y de los concejales anarquistas, hacer todo lo necesario para organizar al Partido. No proceder así, es seguir corriendo el riesgo de perder lo poco de Liberalismo que nos queda, y así rendirle un homenaje póstumo a Carlos Lleras Restrepo.

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