DON ROBERTO

DON ROBERTO

Quién será Ayax? Surgía la pregunta cuando, en lejanos días de juventud, se hallaba en las páginas editoriales de EL TIEMPO la prosa elegante, diserta, en la que el adjetivo sonoro redondeaba frases de envidiable factura. Para el subteniente absorbido por la trashumante vida militar, eran aquellas lecturas oasis en el arrebatado y devorador quehacer castrense. Más tarde vendrían los Vilanos en el aire. Admirables también. Era un placer viajar con ellos por las praderas del pensamiento, expresado con donosura que tejía variados tópicos en los que campeaban literatura, añoranzas del abrupto terruño santandereano, poesía, arte, imaginación. Todo un magisterio del buen escribir.

03 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

No es mucho el tiempo disponible para leer en la densa vida de los cuarteles. Pero a Ayax y a los Vilanos en el Aire, al lado de las geniales columnas de Calibán, los espacios de Hernando Téllez, de los tres Caballeros Eduardo, Klim y Enrique a la par con los editoriales anónimos en los que alternaban las plumas magistrales de Eduardo Santos, Alberto y Carlos Lleras, Roberto García-Peña, no se les podía pasar por alto ni permitir que escaparan a la avidez de la abierta mente juvenil.

Lejos estaba de imaginar quien los leía que el director-editorialista, Ayax con sus Rastros de los Hechos y el autor de los Vilanos eran la misma persona. La admiración por la pluma anónima pasó a tener dueño. Y de él, de ese personaje extraordinario y único que guiaba la vida fascinante del periódico, habría de recibir especiales muestras de simpatía, deferencia y afecto, cuando las crecientes responsabilidades del Ejército me llevaran por la geografía de Colombia y de unos cuantos rincones del mundo, como cualquiera de esos vilanos que durante varios años había seguido en sus vuelos líricos sin saber a quién pertenencían.

Escritos ocasionales hallaron comprensiva acogida en EL TIEMPO. Y si queda poco lugar para leer sin que por ello se deje de leer menos aún para escribir. La lectura se realiza en cualquier parte. En un avión en vuelo, en largas noches de servicio, aquí, allá. Pero escribir... bueno. También se escribe, pero no siempre el entorno facilita la quietud, el sosiego, la paz requeridos para hallar esa huidiza figura que llamamos inspiración.

Don Roberto fue un alma generosa, plena de bondad, comprensiva, amable.

Poseía una nobleza innata, acrisolada por la experiencia literaria y humana de dirigir un gran diario. En una nómina de escritores de la más exigente selección, dejaba espacio para un novel escribidor que arrancaba cuartillas de las horas en fuga. De Leticia, miniatura tropical asomada al móvil espejo del Amazonas, de Corea en medio de las trepidaciones de la guerra, del Vichada alzado en armas, de los Santanderes arriscados como sus montañas, mis propios vilanos volaron en busca de la acogida amplia y gentil de don Roberto.

Llegado el momento de abandonar las filas militares, tuvo él la hidalguía de ofrecer una columna permanente a quien había sido huésped ocasional. Fue un gesto que sólo puede valorarse a la luz de las ásperas circunstancias de la hora. Desprenderse de una existencia que ha formado parte de nosotros mismos, no es fácil. Genera desconcierto, perplejidad, mucho de choque traumático. De allí la gratitud imborrable hacia quien nos tiende la mano en acto de confianza y de fe.

Cuanto aquí pudiera decirse del director de EL TIEMPO en años convulsos como los que hemos vivido, habrá sido dicho cuando estas líneas vean la luz, por quienes conocieron a don Roberto en esa posición, mucho más que quien las redacta el día en que él abandonó para siempre el periódico que dirigió y en cuyas páginas escribió hasta la víspera de su muerte. Clepsidra resulta demasiado estrecha para recoger la hondura de la huella que el director de tantos años dejó en este diario. Preferible abrir un paréntesis de silencioso afecto por el personaje humano, de noble y ancho corazón.

A Maryluz, Jaime, Clarita, a todos los suyos, un estrecho y conmovido abrazo de solidaridad. Otro muy especial para D Artagnan, a quien modeló como periodista y escritor con la intención de que siguiera sus huellas. El cruce de espadas que en ocasiones hemos librado con el combativo mosquetero, no ha hecho sino acrecentar el aprecio y la amistad, trasunto de los sentimientos que me unieron indisolublemente a su ilustre cuanto querido y admirado abuelo.

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