PRENSA Y CONGRESO: QUÉ HACER

PRENSA Y CONGRESO: QUÉ HACER

Deben ser armónicas y amables las relaciones entre el Congreso y la prensa? No sería esto más bien perjudicial para la democracia? Es más conveniente una sana fricción fiscalizadora de parte y parte? Las tensiones entre la clase política y los medios de comunicación que a veces se traducen en abierta hostilidad es un fenómeno que no se circunscribe a Colombia. Se da hoy en casi todos los países democráticos, donde políticos y congresistas expresan un creciente rechazo a lo que consideran intromisiones y excesos de la prensa. Y en muchos casos optan por sacarse el clavo proponiendo leyes para restringir la actividad de los medios.

02 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

El tema fue motivo de una apasionante mesa redonda en la pasada asamblea de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) en Argentina, que reunió a personalidades como el ex primer ministro francés Michel Rocard y el presidente de la Associated Press, la mayor agencia de noticias del mundo. El punto de vista del político y del periodista.

El debate tuvo un tono autocrítico por parte de los directores de diarios, quienes reconocían que hoy hay en el mundo más libertad de prensa que nunca, pero también una mayor conciencia pública de que la prensa no es siempre justa ni equilibrada. Lo cierto es que el poder de los medios ha crecido, pero su prestigio parece decrecer. Esto es más evidente en países como Estados Unidos o Inglaterra, donde la arrogancia de muchos periodistas y su desprecio por los valores íntimos de la familia, o la privacidad de las personas, comienzan a generar un rechazo en la comunidad.

También contribuyen al descrédito los frecuentes errores e inexactitudes de la prensa, ligados al problema de la inmediatez del cubrimiento, la propensión por lo sensacional o lo violento y el célebre síndrome de la chiva . Fenómeno más notorio en los medios electrónicos, donde la información dominante la imponen la imagen y el sonido, lo que reduce el espacio para la reflexión o el análisis.

Sobre prensa y política se insistió en la necesidad de meterle contexto y escepticismo (que no cinismo) al cubrimiento periodístico. Es decir, no tragar entero, pero sí explicar mejor cómo opera el proceso de toma de decisiones políticas.

Una de las razones de ser de la prensa es hacer que el público entienda y actúe en el proceso político. Lo cual no siempre logra, por su inclinación a destacar lo más vistoso o ruidoso y no siempre lo más significativo o valioso. Las campañas electorales, por ejemplo, se cubren mejor porque tienen el elemento de drama, acción, denuncia, calor humano, etc., que atrae a los medios.

Pero cubrir la labor legislativa en el Congreso resulta más aburrido. Es lenta y llena de minucias que poco interesan al periodista en busca de chivas calientes. Por eso hay descuido, superficialidad y no pocas distorsiones. Michel Rocard se lamentaba de lo difícil que resulta gobernar bajo la presión siempre instantánea de los medios. Decía que el drama de la princesa Diana lo viven a su manera los políticos, los ídolos deportivos y toda figura pública. Y cuando se está gobernando, cuando se enfrentan fenómenos terroristas o delicadas negociaciones internacionales, la intervención atropellada de los medios, con su obsesivo interés por todo lo que significa controversia y conflicto, con su exceso de dramatización audiovisual, sin perspectiva ni contexto, resulta socialmente pernicioso. Se trata, en el fondo, de que la moderna tecnología de los medios no derive en simple espectáculo, o en una arbitraria dictadura de la imagen que debilite el proceso democrático. Pero hubo consenso en el debate de la SIP en que el contrapoder al poder de los medios no puede venir de leyes dictadas por Congresos con ánimos vengativos, sino de una más severa autorregulación, y de tribunales de ética profesional realmente eficaces, impulsados por la propia prensa.

Sin bajar la guardia en su fiscalización de los poderes públicos; sin entrar en compincherías de ninguna clase con los políticos, ni dejar de denunciar vagabunderías en el Congreso, la prensa (hablo siempre de los medios informativos en general) sí está en mora de ser más autocrítica de sus posibles excesos, de sus fallas y omisiones. En el mundo en general. Y en Colombia en particular.

Don Robert En medio de estas lucubraciones sobre periodismo y política, me llega la noticia de la muerte de Roberto García-Peña, mi primer tutor en estas lides. El que me enseñó con infinita paciencia y generosidad excesiva a atreverme a escribir y a opinar. A siempre procurar ser justo y equilibrado. El que me corregía con cariñosa sutileza los impetuosos excesos juveniles; el que me depuraba el adjetivo innecesario o me atenuaba el juicio implacable.

Roberto García-Peña don Robert como le decíamos con Daniel y Luis Carlos me enseñó muchas cosas. Pero sobre todo el valor de la tolerancia. Porque él fue, a lo largo de una apasionante y apasionada vida consagrada al periodismo, el mejor ejemplo de lo que significa el respeto por la opinión ajena. Un periodista liberal, en el mejor sentido de la palabra. Y un hombre bueno como diría Machado en el más buen sentido del ser bueno.

Un periodista íntegro que prefirió la clausura del diario que dirigía y que dirigió durante 40 años a publicar con su firma una rectificación enviada por el Gobierno. Pero no lo hizo como un desacato exhibicionista a un mandato judicial dentro de un Estado de Derecho. Sino como un legítimo acto de desobediencia civil ante la imposición de una dictadura militar.

Fue una de las muchas lecciones que dio este hombre singular, que se aburrió de repente de vivir. Y se fue, lúcido hasta el último momento, sin avisarle a nadie. Con su discreción amable de siempre. Llevándose consigo una forma de ser periodista. Y dejando una huella imborrable en este oficio hermoso e ingrato.

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