HUMANIDAD DE CARLOS LLERAS RESTREPO

HUMANIDAD DE CARLOS LLERAS RESTREPO

Por estos días no puedo menos de añorar las reuniones anuales que celebrábamos con Carlos Lleras Restrepo y Cecilia, su esposa. A la hora del almuerzo, iniciábamos la larga tenida en que pasábamos revista a lo bueno y a lo malo ocurrido durante el año. En los duros tiempos de la oposición adquirimos este hábito cordial, aunque no lo mantuviéramos con la asiduidad de aquel tiempo, ni con la exigente periodicidad del gobierno.

27 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

El coloquio discurría distendidamente, sin apuros, con chispas de buen humor. Efusivo y alegre, lejos de enconos y pasiones. Por nuestras aficiones comunes, no faltaban las referencias a la poesía y a la economía, imprescindibles en nuestros hogares. Tampoco el calor del vino mientras su salud lo toleró, tras la rigurosa abstinencia de su mandato presidencial.

La imagen pública de Carlos no correspondió siempre a lo que en realidad fue. Sin desconocerle su vasta cultura y sus excepcionales condiciones de gobierno, se le suponía dogmático, autoritario, exaltado e intransigente. No había tal. El mismo abonaba a veces esa versión o deformación recordando con risueña ironía cómo su padre se había negado a matricularlo en un determinado colegio por el temor de que lo volvieran ecuánime.

Los impulsos del temperamento se los frenaba la inteligencia, y el fervor democrático y su formación jurídica le imponían someterse a los complejos mecanismos legales. Era, sí, un combatiente, un jefe capaz de conducir y disciplinar las multitudes hacia altos empeños, irreductible en la defensa ardorosa de sus principios.

En los procelosos peladeros de la oposición, su arquetipo llegó a ser Winston Churchill. Sus memorias habían empezado a publicarse y nosotros a leerlas con explicable entusiasmo. Carlos se sentía retratado en muchos episodios de su azarosa vida política. No desde luego en su resonante fracaso como ministro de Hacienda de la Gran Bretaña, pero sí en el vigor e incluso en los arrestos de algunas de sus actuaciones. Siempre sospeché que el cigarrillo incesantemente en el labio constituía reflejo instintivo del eterno tabaco de Churchill. También ciertos ademanes y la decisión de dejar a la posteridad el testimonio de sus vivencias. Siendo gran escritor y hombre de acción, no le resultó difícil seguir el ejemplo.

Alguna vez comentó que la suya no era impaciencia ni ciega ambición de llegar al poder sino reconocimiento objetivo de sus propias circunstancias. No se resignaba a sufrir la frustración del padre de Sir Winston, muerto prematuramente, cuando se le despejaba el porvenir político. Por los fallecimientos de varios miembros de su famila en plena juventud, como para infinito dolor suyo habría de suceder a sus dos hijas, se daba cuenta de que su acceso a la Presidencia de la República no podía demorar más de la cuenta.

Le gustaba la bohemia, pero todo lo sacrificaba a lo que creía su deber irrenunciable. Cuando su bufete de abogado se quedó prácticamente sin negocios por sus ejecutorias y compromisos de jefe del Partido Liberal en desgracia, siguió levantándose a las siete de la mañana y leyendo versos en inglés mientras se afeitaba. El resto del día, clausurado el Congreso, atendiendo a los humillados y ofendidos, y, además, dando rienda suelta a sus empeños intelectuales.

Un día, hacia las doce, llegó a mi oficina de EL TIEMPO en la Avenida Jiménez de Quesada del brazo de Alfonso Puerta, éste todavía muy pálido. Providencialmente había logrado meterlo en su almacén cuando le disparaban cinco tiros. Impertérrito, los tomó como gajes del oficio. Lo de la criminal destrucción de su casa, como lo demás, es de sobra conocido.

El episodio con el FMI Apenas conoció el poeta Jorge Rojas el designio de nombrarme ministro de Hacienda, me visitó con dos fines: el primero felicitarme; el segundo, pedirme que no incurriera en el error de aceptar. Amigo de ambos, no quería que, por la aparente fama de nuestros caracteres, la colaboración fuera a ser triste flor de un día. Cuatro años duró. En esta condición pude apreciar su capacidad reflexiva, su conocimiento, sus dones de hombre de Estado y su buen juicio.

No habíamos acabado de entrar al gobierno cuando empezamos a sufrir las consecuencias del total agotamiento de las reservas monetarias internacionales y, lo que es peor, del cuantioso exceso de los pasivos sobre los activos. Del desembolso puntual de los empréstitos internacionales había pasado a depender el país.

Por si fuera poco, a los forcejeos con los organismos internacionales se añadió la sorda reacción por una nota diplomática en la cual el canciller Germán Zea, siguiendo instrucciones presidenciales, manifestaba el desagrado de Colombia por la intromisión del Embajador de Estados Unidos, prestamista principal, en cuestiones de su fuero interno, a propósito de intervenciones suyas en el problema de la Electrificadora de Barranquilla.

Contra la versión difundida, el presidente Lleras Restrepo no mandó al diablo al Fondo Monetario. Mucho menos en un rapto de arrogancia o mal genio.Yo mismo había tomado la precaución de advertir en Washington a funcionarios del más alto nivel que si se insistía en el bloqueo crediticio, echaríamos todo a la cesta de los controles. Creyeron que era chiste o baladronada.

Como se nos planteara el dilema de decretar una devaluación sumamente traumática o de exponernos a los riesgos de ese bloqueo, informé al Jefe del Estado de semejante notificación, a su regreso de Sumapaz, donde se hallaba de gira. Con anterioridad y diversidad de opiniones en el equipo económico, habíamos examinado esa perspectiva. El Presidente me manifestó su deseo de adelantar algunas consultas, la primera de ellas con el embajador estadounidense, y de convocar al Consejo de Ministros.

Me permtí anticiparle en la forma más sincera y afectuosa que respetaría y entendería su decisión si finalmente optaba por aceptar la exigencia de los organismos internacionales, pero que en esa eventualidad no podría seguir acompañándolo por el perjuicio irreparable que en mi leal saber y entender sufrirían él mismo, su Gobierno y el país. En su equipo económico había quienes se inclinaban por esta alternativa. Uno de ellos podría reemplazarme.

En momentos tan delicados, el presidente Lleras Restrepo hizo gala de serenidad, reflexión y tacto. Adelantó imperturbablemente las consultas que consideró pertinentes y se resolvió por la fórmula nada fácil del control de cambios, luego de oír a cada uno de los ministros. La única constancia en contra fue del director de Planeación Nacional.

La cautela en el proceder era obvia e indispensable por las implicaciones del paso que iba a darse. Si la repatriación de capitales no funcionaba de acuerdo con las expectativas, como felizmente funcionó, el constreñimiento se habría prolongado y se habría corrido el albur de que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la A. I. D. (Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos) se salieran con la suya.

No hubo imprudencia ni improvidencia. Ni acaloramiento, precipitación o arrogancia. Todo fue tranquilamente calculado y sopesado, a la luz del interés nacional. Ninguno de los peligros implícitos en las dos opciones se desestimó.

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