ESTE AÑO, DICIEMBRE

ESTE AÑO, DICIEMBRE

En la elaboración de estas notas he contado siempre con la colaboración de mi hija, Gabriela. Hay notas que definitivamente son suyas. Por ejemplo la de la muerte de Pepito y la de los caracoles del jardín. Las he firmado yo, robándome la autoría. Ahora, con San Nicolás, he querido ser más honrado. G. A.

19 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Este año ya no tendremos la aterradora sorpresa en las mañanas decembrinas de encontrar al gato Pepito hecho un ovillo sobre el musgo del pesebre entre San José y la Virgen. Tampoco habrá musgo. Las autoridades ecológicas han prohibido su utilización. Este año mi padre, que conoce de memoria las figuritas quiteñas de la Sagrada Familia, los caballitos de Ráquira, la chiva de Pitalito y los pájaros tropicales que cantan la venida del Niño con sus voces mudas de greda, los verá sólo en la imaginación. Lejano está el recuerdo de cuando mi sobrina, ya universitaria, quiso hacer, en un derroche de sofisticación infantil, una pesebre todo blanco; rollos y rollos de algodón rodeaban los personajes. Esta vez no puse nieve de algodón.

Quienes la ponen por lo regular no conocen la nieve y quieren soñarla. Su fantasía crea paisajes fabulosos, lejos, muy lejos, de las manos que, mientras tanto, van colocando el espejito con lavanderas, las casitas de cartón pintado, los burros, vacas, ovejas y pastores de tamaños absurdos. Es una fantasía que permite creer en pastores cuidando rebaños a la intemperie a diez grados bajo cero. El Niño Dios, en todo caso, no padece frío: El burro y el buey lo están calentando con su aliento. O lo irán a calentar. Es obvio que, como no ha nacido, José y María contemplan con amor y reverencia un simple montón de paja.

En la calle, los trancones y los enormes árboles de Navidad perdidos en medio del tráfico. Me llamó poderosamente la atención el árbol de un distinguido centro comercial que, en lugar de la estrella que debiera coronar su fina belleza, tiene un letrero de luz fluorescente: SONY.

Y a pesar de todo, pasando casi arrastrados por sus madres entre automóviles que se muestran los dientes y multitudes cansadas, los niños brillan. Desde principios del mes, sean pobres o ricos, sus caritas se han transformado, iluminado. No sé qué esperan,. En el supermercado, mientras escogía espinacas, alcancé a oír una vocecita de flauta dulce que gritaba: Mira! Mira! Papá Noel! Otro niño remedaba sin malicia el proverbial Jo! Jo! Jo! .

La mayoría de ellos goza mucho con poco. Son las luces, el brillo de los adornos, la música lo que los pone a soñar. Los regalos, por el solo hecho de ser regalos y de llegar por medios inusuales, están rodeados de una magia especial, no importa lo que sean.

Talvez por eso mi padre nació el día de San Nicolás. Fue él quien nos enseñó a gozar con todo, a disfrutar de la magia de las cosas más pequeñas. No verá el esplendor de las luces, pero tampoco sabrá de las cuñas comerciales irrumpiendo en la pureza de los sueños. Sabe que las ovejas no salen en la nieve y que San Nicolás era un obispo de Turquía que no conoció trineo ni Polo Norte, pero él también, en los días de la luz de vela, hace casi un siglo, esperaba al Niño, y lo que entonces iluminaba las caritas de los niños sabaneros sigue iluminando hoy sus recuerdos, en la falsa oscuridad de sus noventa y cuatro años.

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