Escuelas van por 650.000

Escuelas van por 650.000

Lo que han aprendido en los últimos años las Secretarías y el Ministerio de Educación sobre por qué los niños dejan la escuela es la clave para salir por estos días a buscarlos.

29 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Los menores se van en primero de primaria, sexto o séptimo, y si pasan más de un año por fuera ya no vuelven.

Muchos lo hacen porque perdieron el año o porque saben que no irán a la universidad. Ir hasta la casa a convencer a sus papás es fundamental y los indígenas son los más vulnerables.

Esas premisas, que suenan obvias, apenas empiezan a ser tomadas en cuenta para planear los años lectivos en las instituciones públicas colombianas, donde la deserción es del 5,8 por ciento, es decir, de unos 650.000 niños.

Al comenzar este Gobierno, la cifra era del 7 por ciento.

“Los pequeños se van porque tienen que trabajar, y los adolescentes, porque no ven atractivo el estudio”, apunta Alfredo Sarmiento, director del Programa Nacional de Desarrollo Humano.

Todo debe ser a la medida “En este momento el problema no es ofrecer cupos, porque si el niño llega ya tenemos dónde ponerlo, con modelos flexibles. El problema es encontrarlos”, reconoce la ministra de Educación, Cecilia María Vélez.

Por eso, las estrategias de unificar colegios o aumentar los cupos de los restaurantes escolares se quedan cortas, como explica Jaime Bejarano, el secretario de Educación de Armenia, ciudad modelo en el tema (ver nota anexa).

Lo que cuenta ahora es ofrecer alternativas a la medida, como educar al niño en un horario especial, darle educación al papá para convencerlo de mandar al menor al colegio y, en el caso de los indígenas, tener profesores en su propia lengua. Es el caso de 60 comunidades en todo el país.

Uno de los inconvenientes más graves es que muchos niños y jóvenes tienen más edad de la permitida para estudiar, y gran parte de ellos son víctimas de la violencia. Por eso, los que se van largo tiempo o nunca fueron a clase necesitan –y exigen– no estudiar con los demás niños.

Según la Dirección de Población del Ministerio, la mejor manera de ubicar a los jóvenes desertores en ciudades como Bogotá ha sido mandar delegados a las jornadas de reclutamiento masivo y establecer convenios con empleadores.

Esa es solo una muestra de lo minuciosa que se ha vuelto la búsqueda.

Pero el punto en que todavía no hay acuerdo es qué papel juegan los maestros, pues los incentivos por aumentar el número de matriculados y los ‘castigos’ por disminuirlos son para los rectores.

“Eso se resuelve no con incentivos económicos, sino valorando el trabajo de los docentes. Deben convertirse en líderes y responsables de los niños, pero no lo pueden hacer solos”, dice Bejarano.

En la U. Nacional, solo el 35 % se gradúa a tiempo.

Si en las escuelas colombianas la situación de deserción es preocupante, en las universidades es un mal que golpea la estabilidad financiera de las privadas y la gestión de las públicas. Se calcula que uno de cada dos jóvenes abandona sus estudios.

Y la Dirección de Bienestar de la Universidad acaba de encontrar que apenas el 35 por ciento de los alumnos terminan su carrera sin haber aplazado sus semestres alguna vez.

En un estudio que les siguió la pista a los 17.143 estudiantes que ingresaron entre el primer semestre de 1996 y el segundo de 1998, se encontró que al pasar siete años de su carrera, apenas el 45 por ciento de los estudiantes se ha graduado.

El lado positivo del estudio es que se confirmó que los estudiantes sí desertan, pero la mayoría vuelve al cabo de uno o dos años.

De los estudiantes analizados, el 49 por ciento tuvo que desertar al menos una vez. De ellos, el 15 por ciento regresó y ya se graduó; otro 50 por ciento volvió, pero no se ha graduado después de siete años. Los demás, es decir, el 29 por ciento del total de alumnos, nunca volvieron.

“El rezago es preocupante, pero es mejor que un estudiante se retrase y no que nunca regrese. Esto, en el caso de los alumnos de la universidad pública, implica perder su única oportunidad de acceder a la educación superior”, dice la investigadora Diana Durán.

Otro punto destacado del estudio es que los estudiantes no desertan por razones económicas, sino académicas, pero estas dependen de factores económicos y sociales, como el colegio de donde se proviene y lo fácil que haya sido obtener el cupo.

“Desertan por razones académicas, como perder el cupo, y se rezagan por razones económicas”, explica Durán.

En un andén los convencen de volver a estudiar Una choza, una carpa, un par de cajas con material didáctico y un vecino que regala el agua cuando los niños tienen sed.

Ese es el arsenal de Paola Salgado y su pequeña tropa de estudiantes normalistas para educar a los niños que no van a la escuela de verdad.

Ella es la más suertuda de las siete maestras que se dividieron las zonas vulnerables de Armenia para buscar a los menores que están por fuera del sistema escolar: para las demás, solo hay un andén y, a veces, un salón comunal.

En esos espacios, de marzo a noviembre, logran meterse con calma en la mente de los niños y en la conciencia de los adultos, y a punta de juegos le arrebatan a la calle a varios pequeños que se mueren por volver –o conocer– a la escuela. La transición se da en febrero o, si el menor está adelantado, en cualquier mes.

Atienden a niños como Alexánder, de 6 años. Su mamá se fue a Medellín y lo dejó con la abuela comiendo cada vez que pueden. O Beatriz, de 12, que un día se aburrió de la disciplina escolar y terminó ayudando a su papá a sembrar maíz en un lote baldío.

“Pero yo sí quiero ir a la escuela. A mí me trajo mi mamá a donde la profe Paola porque quiere que salga adelante”, dice la niña.

Es una lucha de nunca acabar y, aún así, lo que han logrado con 3.000 niños en ocho años es el mayor ejemplo nacional de la cruzada contra la deserción.

María Eugenia Maldonado, que se mueve de un lado a otro con su celular coordinando el trabajo diario de sus compañeras, dice que este es un oficio para mujeres con mucha firmeza.

Claro, falta coraje para escuchar a Leidy Johanna narrar cómo su mamá la obligaba a cuidar a sus cinco hermanos menores mientras ella salía a reciclar. Hoy, gracias a las maestras, la señora se organizó mejor y Leidy y su hermana Verónica se turnan para faltar a clase, sin tener que atrasarse.

“Algunas puertas deben estar abiertas y no lo están, para casos de drogadicción de menores, violencia y abandono. Pero todos hacen lo que pueden”, dice Luz Eugenia.

Lo más importante que han logrado Luz Eugenia, Paola, Yolanda, Lina María, María Fernanda, Marlene, y Luz Carmenza ha sido convencer a líderes comunales y maestros de que un niño que no va a la escuela es una oportunidad desperdiciada para toda la ciudad.

Esa es la otra razón por la que en eventos mundiales Armenia es exaltada: los maestros saben que parte de su trabajo es convertirse en líderes del barrio donde enseñan.

“Me cansé de tener aulas vacías y decidí hacer algo. Yo aquí adentro, y afuera un montón de niños sin estudio”, dice uno de los rectores comprometidos con la causa, Héctor Emilio Espinal, del Colegio Nacional

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