La nueva guerra fría

La nueva guerra fría

Juan Manuel Santos quiso alguna vez parecerse a Tony Blair y sacó del repertorio político británico el cuento de la Tercera Vía. Andaba haciendo maniobras de topo en el Partido Liberal, pero como estaba buscando que le creyeran líder de cualquier cosa y causa, encontró cama donde podía dormir a pierna suelta: el partido gobiernista de ‘la U’.

27 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Dado que allí vivía gente que le haría sombra, decidió jugar sucio con sus rivales. Sobre todo con Rafael Pardo. Ese fue el primer episodio de una estrategia que tiene por finalidad allanar el camino hacia una candidatura a la Presidencia. Y este es el momento en que aparece J. J. Rendón, el experto en marketing político, asesor del Partido de ‘la U’ y del propio Santos.

Lo importante era empezar a despejar el camino hacia la realización de la fantasía que lo desvela hace una década: ser Presidente de Colombia. Y a ese propósito se llega disparando dardos envenenados contra la oposición del Polo y, de paso, contra liberales y conservadores que todavía están fuera de la maquinaria gobiernista.

El episodio de The Guardian vuelve a presentarnos a un J. M. Santos capaz de ponerles zancadillas groseras a sus opositores. Esta vez disparó, y no por primera vez, contra Carlos Gaviria Díaz. De manera calculada, pues al acusar al presidente del Polo de ser el autor del artículo publicado en un blog de la edición digital del diario británico, repetía una de sus más conocidas jugadas: acusar primero y averiguar después.

Un hombre que se jacta de ser periodista y que compromete el apellido de familiares que lo son debió haber hecho lo más elemental en el oficio periodístico: verificar la información dirigiéndose a las fuentes. Por dos razones: porque es el Ministro de Defensa de un gobierno que hace esfuerzos por ser tomado en serio en el mundo, y porque, sentimentalmente, debía ser leal a la profesión de abuelo, padre, tío, hermanos y primos.

El “escándalo”, en el que el embajador de Colombia en Londres contribuyó con una alarma innecesaria, se aclaró al saber que a The Guardian le metieron un gol al publicar el blog firmado por un tal Carlos Gaviria. ¿No hubiera sido correcto que el Ministro hiciera dos llamadas, una a Gaviria Díaz, otra a la dirección del periódico británico? Lo correcto si se quería actuar de buena fe. Pero cuando se busca quemar la casa del opositor echándole gasolina, la propaganda aconseja hacerlo rápido y prender el fósforo antes de que lleguen los bomberos. Saben que los efectos de un incendio informativo no se reducen con la rectificación, pues el daño está ya hecho.

Tirar la piedra y esconder la mano es una de las estrategias más eficientes de la difamación. Como estrategia de gobierno está dando resultados entre los incondicionales, no entre los colombianos razonablemente críticos.

Algunos miembros del Gobierno creen, en cambio, que la propaganda del “enemigo” debe ser neutralizada con propaganda ferozmente gobiernista, a ser posible con iguales o peores métodos.

Es algo comprensible en toda guerra. El mundo vivió casi medio siglo en “guerra fría” y sabe que la “verdad” no tenía escrúpulos al mentir, conspirar y asesinar. Había que pintar al enemigo con caracteres cada vez más monstruosos.

Fiel a esta lección, hay miembros del Gobierno que quieren que se confunda a la oposición democrática con el enemigo de guerra. ¿Qué hacer entonces para neutralizar su avance y envenenar su credibilidad? Para eso están los micrófonos, las cámaras y las ruedas de prensa. Si los pillan en la bribonada, aclararán que donde decían Diego dijeron Digo.

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