ENTRE FIDEL Y DOÑA RAQUEL

ENTRE FIDEL Y DOÑA RAQUEL

Dos citas en La Habana. Dos familias y dos lugares muy distintos. La una a la luz del día, en el austero y frío Palacio de la Revolución, con quienes hoy son las cabezas del Gobierno cubano. La otra en la penumbra de una noche habanera, en un diminuto apartamento ubicado en una oscura calle de la ciudad, sin luz por culpa de los forzosos apagones. Una inesperada. La otra ansiada pues traíamos noticias de un hijo en el exilio. El fugaz viaje de tres días a Cuba fue suficiente para palpar un país digno y de contrastes que a pesar de los racionamientos, oculta con grandes inteligencia y humor su descontento con estos tiempos de escasez.

18 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

El teléfono sonó como a la una de la mañana. El Comandante esperaba a almorzar a un folklórico y caótico grupo de 14 turistas colombianos, encabezados por el director de este periódico, que la tarde anterior había pasado cuatro horas tomando mojito, con trío a bordo, en La Bodeguita de en medio. Al día siguiente reinó el desorden. Cómo se le dice? Fidel, comandante, presidente, majestad? Es inocultable la emoción que se siente. Ahí estaba, con su traje verde oliva, su barba canosa y desordenada, toda una histórica leyenda latinoamericana. Al momento de tenerlo enfrente, escuchando su suave y melodiosa voz y siguiendo con detenimiento el expresivo movimiento de sus manos, se hacen a un lado las discrepancias. Para bien o para mal, el Continente difícilmente podrá olvidar a este hombre.

Conserva mucho de las dotes del expresivo seductor que nos habían dicho que era quienes lo conocen bien. Y es dueño de una envidiable memoria para narrar, con histriónicos gestos y con lujo de detalles, anécdotas que a lo mejor ha contado millones de veces. Había que escoger: o se comía o se escuchaba a Fidel. Al fin y al cabo a eso habíamos venido y perder una palabra era perder un pedazo de lo que es, con todo y sus equivocaciones, este hombre en la historia. A la hora de preguntar es una ametralladora. Parece que ninguna respuesta lo satisficiera. Poco o nada se habló de la guerrilla, los presidentes colombianos, la situación cubana. Aunque para Fidel el hecho de que en una cumbre hemisférica como la de Miami por primera vez no se hubiera hablado de Cuba sin estar ellos presentes es un triunfo político.. Curiosa lectura.

El almuerzo comenzó entre tímido y distante. Poco a poco se fue calentando hasta alcanzar picantes temperaturas. La reunión encontró sin mayores problemas el punto ideal. Era imposible que no fuera así con los dos interlocutores, uno de ellos con fama de impertinente, que había frente a frente. Con todo lo que se pueda decir de este hombre, por más profundas que puedan ser las diferencias ideológicas, es inevitable revivir en esas inolvidables cuatro horas con el Comandante los más convulsionados episodios de la historia contemporánea latinoamericana. No se pueden hacer a un lado el pasado y las enormes dificultades por las que atraviesa su pueblo, pero era el momento de Fidel.

La noche anterior, doña Raquel no nos esperaba. Sabía que en la Isla había unos colombianos que le traían noticias del hijo. Siempre digna, con una sonrisa en los labios, sin que pudiera ocultar la penuria del embargo y las restricciones a ciertas libertades, nos abrió su corazón.

Y una ventana para asomarnos a las penurias que vive el pueblo cubano. La libreta de racionamiento, la falta de jabón, toallas higiénicas, manteca, carne, leche, huevos. Doña Raquel lo resumió todo cuando dijo que lo mejor de la realidad cubana era saber que su hijo estaba por fuera.

En las calles de una hermosa ciudad que está descascarándose lentamente es donde más se ven las paradojas de esta revolución. Las jineteras que asedian a los turistas son, muchas de ellas, profesionales altamente calificadas que han tenido que prostituirse para poder sobrevivir. O médicos muy bien preparados sin oficio.

A la vista de quien va con la mente abierta está un carismático líder como Fidel al que su pueblo respeta y admira pero no quiere, y los estragos de un embargo a un pueblo bello que no se merece esa suerte.

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