Malasia: ni tanto que queme al Santo

Malasia: ni tanto que queme al Santo

En una cápsula de mil palabras es muy difícil meter medio siglo de andadura histórica de un país. (Menos aún en esta cápsula de seiscientas palabras).

26 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

El Premio Nobel Joseph Stiglitz escribió en estos días una columna llena de elogios al proceso económico y social de Malasia. La pequeñez del espacio no justifica que este famoso economista haya dejado por fuera factores claves de la vida en ese país.

Malasia es una de las naciones más exitosas del planeta en las últimas décadas, en términos de su desempeño económico. La tasa histórica de expansión de la economía ha fluctuado entre el 7,5 y el 9 por ciento en los últimos treinta años.

En los sesenta, Malasia era un país mucho más pobre que Colombia. Hoy, el ingreso per cápita es casi cinco veces superior al nuestro y solo el 8 por ciento de la población está por debajo de la línea de pobreza. Se prevé que este número bajará al 3 por ciento en el 2010. La clave ha sido el crecimiento acelerado de la economía.

El desarrollo económico de Malasia es un nítido ejemplo de un ‘capitalismo de mercado dirigido’; es un país tropical, cuyo progreso económico acelerado se basó originalmente en la agricultura moderna, principalmente en el sector de la palma de aceite. El país sigue siendo actualmente el líder mundial en ese campo. A partir de allí, Malasia cuenta hoy con una infraestructura física que le permite competir en los sectores de punta que mueven hoy el proceso económico en países asiáticos más avanzados como Corea, Singapur y Taiwán.

Esta reseña coincide con la que Stiglitz esboza en su columna, que se publica en muchísimos diarios del mundo. Pero la realidad de Malasia no ha sido, ni es, tan luminosa y brillante como la que pinta el Premio Nobel.

Hasta mediados de los noventa, Malasia era uno de esos ‘Tigres Asiáticos’ cuyo impulso liberalizador era aplaudido por todos los neoliberales del mundo. Todo un paradigma. Sin desconocer los indudables logros del régimen, lo cierto es que la crisis asiática de 1997 dejó ver, a despecho de los ‘ortodoxos’, que Malasia y sus vecinos tenían comparativamente poco de liberalismo económico y mucho de privilegios corruptos a favor los sectores cercanos al gobierno. Habrá que recordar que el primer ministro Mahatir Mohammad se mantuvo con su partido en el poder durante 22 años hasta el 2003. Bonita continuidad, pero también mínimo juego democrático efectivo. La libertad de prensa, las garantías de la oposición y la independencia del poder judicial no son, para nada, puntos fuertes de las instituciones Malasias. La verdad, señor Stiglitz, es que en este caso el progreso económico y social no va de la mano con la democracia liberal moderna.

Durante más de veinte años, a partir de 1948, el país sufrió una terrible guerra civil, con conflictos raciales, religiosos y políticos. Desde la llegada de la paz, la Constitución declara que el Islam es la religión del Estado. No obstante los musulmanes (los aborígenes malayos) son un poco menos de la mitad de la población total, que es de unos 26 millones. Por cuenta del tratamiento privilegiado que reciben los malayos en comparación con las etnias china e india, hoy se percibe una creciente tensión racial, religiosa y lingüística. En los últimos años, la cúpula del poder le ha dado impulso a una evidente primacía del Islam en la conducción de los asuntos públicos. Crecientemente, la ‘acción afirmativa’ en pro de los malayos se ve como una discriminación contra las demás etnias y como una opaca manera de favorecer a los amigos del régimen.

Aunque estas cápsulas sean insuficientes, al menos hay que establecer un mínimo balance entre las luces y las sombras de una historia indudablemente muy interesante.

Consultor privado .

El desarrollo económico de Malasia es un nítido ejemplo de un ‘capitalismo de mercado dirigido’”.

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