COMUNIDAD QUE SE PROTEGE UNIDA...

COMUNIDAD QUE SE PROTEGE UNIDA...

Los habitantes de Villanueva, la segunda ciudad del Casanare y corredor obligado de los guerrilleros que buscan riqueza en los campos de Cusiana, han encontrado el secreto de la seguridad en el campo: la organización y la solidaridad entre finqueros.

18 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Con un radioteléfono en la mano, unas inocultables ganas de trabajar por la tranquilidad de la zona y una gran solidaridad, los 17 mil moradores de Villanueva llevan 10 años luchando por tener a su pueblo en paz.

Villanueva es un pueblo raro. Raro porque, a pesar de que está rodeado por grupos de autodefensas y de guerrilleros, hace más de un año no se presenta un homicidio. Raro porque sólo hay 500 armas legalizadas y en las batidas de la Policía contra el armamento ilegal no hay grandes decomisos. Raro porque la Policía puede salir al campo. Y raro, sobre todo, porque los finqueros no tienen miedo de ir a sus propiedades.

Ambientados en los 28 o 30 grados centígrados, con el río Upía como escenario y en medio de gigantescas plantaciones de palma africana y arroz, los 17 mil habitantes de Villanueva conforman la Fundación para el Desarrollo del Upía, una organización comunitaria modelo no solo en los Llanos Orientales sino probablemente en todo el país.

La primera casa de Villanueva se construyó en 1963. Luego vino el proceso de colonización y sólo desde 1982 se convirtió en municipio. Así que más del 90 por ciento de sus pobladores no nacieron allí, pero sienten que es su pueblo. Por eso hace 10 años crearon la Fundación, en la que el tema de la seguridad es sólo uno de los frentes de trabajo.

Lo que descubrimos -dijo Juan Ramón Giraldo, coordinador de la Fundación- es que el asunto de la seguridad debe tratarse integralmente. Necesitábamos que hubiera bienestar en la comunidad, que la gente tuviera incentivos y que todos comprendieran que la tranquilidad es también responsabilidad de todos .

Comunicaciones, la clave Y empezaron a trabajar. Hoy tienen intercomunicadas por radioteléfono todas las haciendas del municipio. Todas tienen contacto directo y permanente con el oficial comandante de la estación de Policía, con el Alcalde y con la central de radio ubicada en el casco urbano del municipio.

Las armas no se han desterrado, pero están en desuso. En cada finca hay un celador con una escopeta que habitualmente sólo usa como espantapájaros.

El sistema funciona, dicen los habitantes. Se trata simplemente de ayudarle al vecino a vigilar su finca para que él haga lo mismo. Es decir, cuando un finquero ve a personas extrañas se comunica por radio con la central y con la Policía y de inmediato cuatro agentes se trasladan al lugar en los caballos que le regaló la comunidad a la Policía y por lo menos les piden a los extraños que se identifiquen. Eso es posible sólo porque Villanueva es uno de los pocos municipios del país en donde la Policía no tiene miedo de ir al campo.

En Villanueva también hay anécdotas sobre casos controlados gracias a la solidaridad de la comunidad. Hace varios meses delincuentes comunes instalaron un retén en el puente sobre el río Upía, en la carretera marginal del Llano, asaltaron a los pasajeros de varios buses y se llevaron cuatro vehículos.

Pero los delincuentes no contaron con que una de sus víctimas cargaba un radioteléfono de la Fundación y en menos de media hora la Policía y un grupo grande de habitantes los ubicaron, los detuvieron y recuperaron el botín.

De los pocos delitos que ocurren en el pueblo da fe la cárcel municipal. Un preso y dos guardianes son los únicos ocupantes del lugar.

En principio es difícil entender cómo un pueblo ubicado en el corredor del Eln hacia los campos petroleros del Cusiana, en los límites de cuatro departamentos y con varios grupos paramilitares en los municipios cercanos del oriente de Boyacá y parte del Meta pueda mantener esa tranquilidad.

Los miembros de la Fundación creen haber encontrado la explicación. Llegaron a la conclusión de que el desarrollo económico no generaba necesariamente el bienestar social y que para ello había que crear las condiciones en la población.

Y empezaron a ver, por ejemplo. que era necesario que los trabajadores de las haciendas estuvieran en sus casas y no en campamentos pues con ello conseguían que los trabajadores tuvieran una familia estable y que la comunidad progresara.

Además descubrieron que más que la propiedad de la tierra lo que la gente necesitaba era tener trabajos estables y por eso aunque repartieron tierras entre algunos habitantes por lo que se preocuparon fue porque los patronos respetaran los derechos de los empleados.

Pero lo que indiscutiblemente es la razón de ser de la tranquilidad de Villanueva es la colaboración entre la ciudadanía. Es la participación de la comunidad. Es la veeduría sobre la actuación de las autoridades. Es también la Fundación, pero sobre todo es la gente de Villanueva, que definitivamente no es un pueblo común.

Otros proyectos En Villanueva lo más importante, después de la participación comunitaria, es la vinculación de la empresa privada y por supuesto el compromiso del Estado.

Por eso, la Fundación tiene el apoyo del Grupo Empresarial Piedemonte, del que hacen parte más de 30 empresas que aportan cerca de 30 millones de pesos anualmente para los proyectos comunitarios.

Mientras tanto, desde Bogotá coordinan la presencia efectiva del Estado y el pueblo se convirtió en veedor de lo que hacen las autoridades. Por eso se encargaron de que la sede que construyó Telecom se convirtiera en la mejor edificación del pueblo y que el pavimento de las vías tuviera las mejores especificaciones técnicas.

En Villanueva la Fundación para el Desarrollo del Upía presta servicio de telefonía y correos, coordina e impulsa la microempresa y tiene hasta emisora.

Además ha coordinado la entrega de terrenos baldíos a algunos habitantes del pueblo. Todo, sin olvidar la equidad y la solidaridad.

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