Barú: la punta del iceberg

Barú: la punta del iceberg

En La Palmera, cerca de la bellísima cascada Los Patos, municipio de Florida (Valle), los indígenas están talando cuanto pino encuentran a su paso, sin importarles el destrozo que causan. A pocos kilómetros de allá, los cultivadores de amapola trasladaron sus matas a otros montes colindantes en cuanto instalaron el Batallón de Alta Montaña. Quemaron los terrenos que necesitaron y volvieron a sembrarla. Otros lugareños contribuyen a la agonía ambiental de la Cordillera Central reduciendo a pastos improductivos lo que antes eran bosques tupidos, y cortando los maderables más preciados.

23 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Si algún nostálgico quiere hacerse una idea de lo que fue un paraíso y la mano del hombre está convirtiendo en un erial, debe visitar una reserva forestal que crearon unos jóvenes entusiastas, liderados por Alexander Rojas, natural de Florida. Adquirieron 250 hectáreas de un bosque de roble primario, para evitar su extinción. No cuentan con recursos, sólo con su pasión y, como supondrán, si los muchachos se descuidan, grupos de desaprensivos se internan en el resguardo para tumbar cualquier roble bicentenario que ya no encuentran en ningún otro lugar.

En la serranía San Lucas, en medio de la inmensidad de una selva majestuosa, los buscadores de oro rebanan y agujerean decenas de cerros. Pero no sólo arrasan el monte. Dos horas de caminata por un precioso caño entre la manigua, de Mina Vieja a Mina Granizo, produce un descubrimiento desolador: ni se ve ni se escucha un solo pájaro. El mercurio y el cianuro que emplean para separar el oro de la tierra, termina en las aguas y aniquila todo resquicio de vida animal.

En la Sierra Nevada de Santa Marta hay laderas completas peladas, aguardando nuevas matas de coca. Y en las montañas que rodean a Nabusimake, las cabras y la necesidad de leña han abierto unas calvas que rompen la armonía de un paraje inigualable.

En los caños que vierten su caudal al río Catatumbo, por los lados de San Martín, los químicos de los laboratorios, que no los cientos de cadáveres que allá fueron arrojados, como insinúan los raspachines, contaminan de forma irremediable sus aguas.

En Vaupés, los claros en la alfombra amazónica son cada vez más numerosos, así como las columnas de humo que se divisan en el horizonte. Los cultivos de coca siguen causando estragos.

En las selvas del Darién, ‘Cocora’, un simpático aserrador furtivo, comentaba que antes se tropezaba con abarcos, robles, guayacanes, cedros.

Hoy día debe internarse en las profundidades de la manigua para encontrar algún ejemplar. Pero no le preocupa, piensa, como los indígenas del lugar, que siempre habrá árboles, que la selva es eterna.

Eso mismo creen los colombianos y los sucesivos gobiernos. Y no pueden estar más equivocados. En cualquier paraje remoto de Colombia, en cualquiera, encontrará sierras eléctricas segando maderables nobles, dragas furtivas acabando con fondos fluviales, cultivos de amapola anegando fuentes de agua, ganaderos quemando llanuras para sustituirlas por pastos o matas de coca, palmas africanas comiéndose los bosques nativos… La punta del iceberg, la única señal de alarma que ha llegado a las capitales, es el polvillo del carbón de un puerto aberrante que arruinará la belleza de Barú. Lo de menos es si evita la llegada de Decamerón, que promueve el turismo perrata; lo preocupante es que el Presidente no detenga un atentado irreversible contra la Naturaleza.

A quienes piensan que la colosal riqueza ambiental de Colombia es inagotable, les aplicaría un dicho sobre los payaneses de rancia alcurnia, de mi amiga Lucía Jaramillo. “Nada se parece más a un pobre que un rico de Popayán”, repite con sorna. “Nada se parece más a la verde Colombia que un territorio cuarteado y sediento de Somalia”, diremos mañana llorando

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