El misterio de las islas Canarias

El misterio de las islas Canarias

Desde el costado del colegio María Castrillo que funciona en Corralejo, al norte de la isla española de Fuerteventura, la más oriental de las Canarias, se observa de lejos lo que parece un cráter.

20 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

El hoyo inmenso, que para mí corresponde sin duda a la boca de un pequeño volcán, aquí no lo consideran como tal. No parece muy alto, cuando lo comparo con las montañas de mi natal Antioquia.

A pesar de eso, lo pensé dos veces antes de emprender la escalada. En la mente estaban mis 70 años y el escaso entrenamiento físico que he tenido últimamente.

Un día, sin embargo, me decidí y le dije a mi esposa: “mañana madrugo a subir el volcán”. Y así fue; nada me detuvo. A las 8 a.m., salí con la única compañía de una botella de agua.

Abandoné la carretera principal, justo frente al colegio, y mis pasos se dirigieron a lo largo de un sendero que parecía ir al oeste.

Pronto encontré un camino sin asfaltar, pero transitable por vehículos. Solo dos se cruzaron en mi camino.

Vencí el temor a los perros que ladraban desde lejos, y me desvié del camino para acercarme a algo que nunca había visto en Corralejo; semejante a una zona de tugurios.

Allí encontré a un campesino gallego que habita un lugar construido por él mismo, con material de reciclaje que acumula en un patio donde viven cabras, conejos, cerdos, aves, un caballo y una vaca.

Este camino me condujo cerca de la falda del volcán, sobre la cual divisé el sendero que me llevaría hasta donde quería.

Supongo que este camino se ha ido demarcando, poco a poco, gracias al transitar de turistas arriesgados.

De ellos encontré huellas frescas que me hicieron pensar que tal vez encontraría a alguien en la cima, pero no fue así.

Tan solo hallé soledad y, en el fondo del cráter apagado, una llanura que me hizo pensar en una cancha de fútbol sobre la que podía ver algunas letras sobre la arena. Estaban enmarcadas por un corazón, dibujado con piedras, símbolo inequívoco de que hasta allí habían bajado parejas de enamorados.

Después de un descanso; de tomar unos sorbos de agua y de tocar mi dulzaina emprendí el descenso.

Me propuse no apartarme del camino por donde subí; había aprendido a aprovechar el mensaje de mis propias huellas estampadas sobre la escasa arena. Ellas me guiaron hasta mi punto de partida, el colegio.

Me sobró tiempo para pensar en la grandeza del universo, en el misterio de su Creador, en la inmensidad del tiempo y en los escasos pasos que ha podido dar la ciencia en busca de una explicación al origen de aquellas islas.

Igualmente, recordé la historia de la isla de Santorini, que un día brotó de un momento a otro frente a la mirada atónita de los pescadores griegos.

También me alcanzaron las horas para fantasear sobre el antiguo y curioso nombre dado a las Canarias, ‘Las Afortunadas’, y sobre la posibilidad de que un día hayan sido los Campos Elíseos mencionados por Homero.

¿Pero, dónde están –me preguntaba– las flores, los bosques y los manantiales de estos jardines de la felicidad? Tan solo quedan los vientos suaves y el mar que todavía son suficientes para atraer a los turistas, todo el año.

La piedra menuda que encontramos por doquier y las enormes astillas de roca con las que nos topamos en la base del volcán tienen que ser producto de grandes explosiones que apenas nos alcanzamos a imaginar.

Me entusiasmé y logré entusiasmar a mis amigos a repetir la aventura, subiendo de nuevo el morro San Francisco y, esta vez, tomando algunas fotos.

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