La feria de los avales

La feria de los avales

Supongamos que la Costa le interesa a alguien, no sólo al viajero de las vacaciones, al vendedor de gaseosas y al mafioso con isla particular. Supongamos que ese alguien son los partidos políticos, los tradicionales, ahora urgidos de rejuvenecimiento, y los emergentes, esos que presentan sus plataformas programáticas en páginas web con piruetas de animación.

17 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Supongamos también que esos partidos son conscientes del aciago momento histórico de la región, con un puñado de políticos en la cárcel y su opinión pública entumecida por una mezcla de vergüenza e indignación. Supongamos, por tanto, que esos partidos asumen su responsabilidad y salen a la región en busca de una nueva generación que lidere el retorno desde la hecatombe.

Es aquí donde peor suponemos. Los partidos no están para eso. Están para ganar elecciones.

El 4 de julio pasado, en Barranquilla, ocurrió un pequeño suceso que la prensa apenas registró, pero que, por insignificante que haya sido, lo dice todo. En una rueda de prensa convocada por el Polo Democrático para presentar sus listas seccionales, un periodista, Javier Manjarrez, osó preguntarle a Carlos Gaviria por qué esa organización, que pregona transparencia a grito templado, avalaba listas cuyos integrantes estaban vinculados con la alarmante corrupción de los últimos años en la ciudad.

Manjarrez no recibió precisamente una respuesta clara, sino, a la salida del evento, una salvaje golpiza por parte de una ‘furipolista’.

Y no es nada más el Polo. En esas están casi todos, bailando con los políticos tradicionales: el Partido de la U, que en el Atlántico apoya a Name Terán, en Bolívar a López Cossio, en el Magdalena a Diazgranados Velásquez (el cual –lo sabe todo el mundo– era el álter ego del detenido gobernador Trino Luna), y en Sucre a Jorge Carlos Barraza, el amigo íntimo de Álvaro ‘El Gordo’ García, preso por su presunto papel en una masacre; Cambio Radical, que avala al joven José Luis Pinedo, último retoño de la dinastía Pinedo, que lleva siglos incrustada en el poder del Magdalena; el Partido Liberal, que participa en la resucitación de Guerra Tulena… No hablar de los caraduras por naturaleza, como Colombia Viva, que apoya en Sincelejo la candidatura de Jesús Paternina, ex director del Instituto de Deportes y, durante años, ficha de otro que está en la cárcel, Jairo Merlano. Conocido como ‘Mono Papayo’, Paternina cuenta además con el respaldo de lo que en los corrillos de la capital sucreña se conoce como… ¡‘El Grupo de La Picota’! (Ya se ha revelado: también hay ‘Grupos de La Picota’, capítulos Córdoba, Cesar y Magdalena.) Y así están las cosas. Mientras líderes de reconocido potencial como Deyana Acosta han tenido que encontrar aval en la Alianza Social Indígena, sin haber arrojado una flecha en su vida, las avenidas de la región están llenas de vallas en las cuales viejos politiqueros de todo rango exhiben sus rostros al lado de los logos de los partidos, los mismos partidos que en Bogotá, donde sí le temen a la opinión, apoyan candidatos de lujo: en la capital son peñalosistas o samuelistas. En la Costa son ‘gordistas’.

La ‘parapolítica’ ha sido una histórica pesadilla, en la que aún faltan muchos muertos y votos por contar. Pero mal puede ese axioma eclipsar otra realidad y es que en esta región ha campeado, por medio siglo, una clase política que, sin necesidad de saber dónde queda el botón de ‘on’ de una motosierra, ha arrasado con todo y con todos, dejando miseria, ignorancia y desolación.

Esa clase política está más saludable que nunca, con las alforjas ya llenas de billetes de 50.000 para la fiesta electoral. Muchos de sus más insignes exponentes han pasado incólumes por el huracán ‘parapolítico’ y son ellos el combustible de la gran maquinaria nacional, esa que el 29 de octubre, después de las elecciones, contará a los electos para proclamar su poder.

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