En Cartagena la ingrata

En Cartagena la ingrata

Al Tuerto López tampoco lo trataron bien en Cartagena en ese tiempo. Poeta de verdades altaneras e incómodas, nadie quería reconocer tanto talento en público. Pero se sabía, y en las calles el cotilleo no podía menos que reconocerlo. Y Raúl Gómez también terminó siendo una incomodidad para la señorial Cartagena. Y murió loco, y se sentía viejo y cansado; harto de ser echado a empellones de la plaza de Santo Domingo. ¿Qué le pasa a Cartagena que no reconoce a sus poetas? Porque Pedro Blas Julio Romero camina hoy en día sus calles. Y nadie lo sabe. Tiene 62 y es negro. De Getsemaní, aquel barrio sagrado al que nadie, salvo Pedro, ha dedicado tantos versos.

16 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Es increíble que ninguno de los escritores cartageneros, tan conspicuos ellos, haya revelado el nombre de Pedro Blas al público. Y lo conocen, porque todo el mundo conoce a Pedro Blas. Pero acaparan ese nombre entre los dientes para que nadie sepa que existe. Porque resulta incómodo un poeta negro cantando verdades en la mitad de ese club llamado Cartagena. La ingrata. La de doble moral que se empompa en revistas de turismo escondiendo sus barrios negros y pobres y duros. Y Pedro Blas hoy en día se gana la vida como puede.

A veces, por 20 dólares, lleva extranjeros por sus calles recordándoles todas las letras que Gabos y Espinosas han escrito sobre ellas, de aquellos tiempos del cólera cuando se tejían coronas de flores frescas. Ese Pedro Blas, amigo de todos y de siempre en aquella Cartagena.

Cuando el festival de poesía de Medellín tuvo su eco en Cartagena, llamaron a Pedro, no como poeta, sino como edecán de otros poetas. Y lo hizo bien, preocupado por llevar a poetas sobrios hasta el hospedaje. Ha de ser que Pedro no es de mostrar. Como no lo fue Luis Carlos López, apodado por la ciudad como El Tuerto; ni Raúl Gómez Jattin, el loco. Supongo que por algunos versos que ha enrostrado a voz en cuello en ese club: “Getsemaní, espeso de latigazos en el tiempo/ Recibe mi brindis tiznado de revueltas/ Conjúrame de muros y guaridas/ Entre paredonas de mi niñez/ Y desde tus zaguanes escupiré a los invasores Lemaitres/Y a sus apellidos de potasa y basura secreta”.

Pedro Blas no solo es poeta. Es un buen poeta. Y ha cantado a cada una de las calles de Cartagena la otra, la verdadera, la que caminan sus gentes día a día entre las sombras. Tiene una manera de frasear que no es usual.

Trastoca la gramática, la retuerce y la acomoda en bien de la sonoridad. De la música: “Yo siempre he contado con aquella saxofonía temprana por entre mi alba”. Le canta a una Cartagena pulsante que aún existe, aunque nos esforcemos en hacerla invisible: “¿Cómo le digo a tu riachuelo de Guanabacoa? / ¿Y a reina negra de los cementerios de besos de ikakos?” Y por ahí están los dioses negros caminando, Changó, Yemanyá, Ogún, Oyá. “Changó sacando por entre las sayas su falo adujado en bandeja de oro”.

Una pequeña biografía buceada en Internet dice que Pedro Blas es poeta, periodista e investigador. Cosa que nadie parece saber más allá de las murallas. Ha publicado Cartas del soldado desconocido, Poemas de calle Lomba y Rumbos. Lo primero en 1971, es decir, cuando tenía 26 años. Hoy en día tiene 62. Es poeta desde hace más de cuarenta años. Es poeta desde que nació, cuando lo nombraron con tanta música: Pedro Blas Julio Romero. Y nadie por esta Bogotá parece conocerlo. ¿Dónde están los escritores cartageneros? ¿Por qué rayos no lo han nombrado en voz alta y nos han privado durante tanto tiempo de tanta música en la calle Lomba? Los dejo, señoras y señores, con este regalo de la Cartagena negra, la otra, la que no se admite en el club: “No me sueltes, Getsemaní Habla de mi desobediencia Acomoda mi esperanza entre tu gentío Toma mi beso y bébetelo”.

cristianvalencia@yahoo.com

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