El Expreso de Oriente está de regreso

El Expreso de Oriente está de regreso

Damas elegantes con sombrero, caballeros ingleses, corteses camareros vestidos de blanco. Más de un siglo después de su primer viaje, el mítico tren Oriente Express sigue haciendo soñar, entre París y Estambul, a los nostálgicos de la Belle Epoque y a los émulos de Agatha Christie.

13 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

El trayecto original –París, Budapest, Bucarest, Varna, Estambul–, que hicieron por primera vez en 1883 cuarenta pasajeros invitados por el constructor del tren, el belga Georges Nagelmackers, ahora se recorre una vez al año, con un público selecto y rico.

En efecto, hay que pagar 6.340 euros (8.670 dólares) para figurar entre el centenar de privilegiados que ocupan, durante una semana, los 15 lujosos vagones del convoy, todos de época, decorados con marqueterías Art Déco y otros paneles del maestro vidriero francés René Lalique.

Al llegar a orillas del Bósforo, ninguno de los pasajeros, recibidos con alfombra roja, fanfarria otomana y personal en babuchas y turbantes, parecía lamentar la semana pasada su oneroso capricho.

“Es el viaje de mi vida”, dijo Anton Giredi, un hombre de negocios llegado de Salt Lake City (Estados Unidos). “La comida es exquisita, el tren es un viaje en el tiempo y el servicio es impecable”.

“Fue un viaje espléndido, todo transcurrió con suavidad y sin fallos”, comentó Andrew Smith, un británico trajeado de lino blanco crema, a quien no habría desmentido Hercule Poirot, el célebre detective de Crimen en el Oriente Express, libro publicado en 1934 por Agatha Christie.

En el Oriente Express se hace todo para recordar la edad de oro del tren, cuando reyes, artistas y espías recorrían Europa a bordo de ese palacio sobre rieles.

Por supuesto, los bluyines están prohibidos y se recomiendan los vestidos largos, de fiesta, prescripciones que encantan a los clientes.

“Hemos vivido el cuento de hadas más allá de lo imaginable. Los vestidos de gala, los señores en esmoquin... ¡Era tan elegante!”, se maravilla Marie Françoise Pommeau, una francesa.

“Por supuesto, se piensa en Agatha Christie y algunos intentan ubicar la cabina donde se produjo el asesinato”, dice.

El mismo personal, una corte de 40 mozos y camareros, se presta a este juego de ilusiones.

El tren también tiene sus habitués, gente adicta a la atmósfera tamizada y sin tiempo que se respira en el palacio rodante.

“Hay alguien que va de París a Venecia cuatro veces por año, porque tomar este tren es su vida”, dice el chef Christian Bodiguel, que alude al actual trayecto más frecuente del famoso convoy. Y agrega: “un día, ella me dijo que su sueño sería morir a bordo”.

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