El miedo al fantasma del paramilitarismo

El miedo al fantasma del paramilitarismo

El fantasma del paramilitarismo resucitó y recorre los campos y ciudades donde se desmovilizaron los grupos anteriores. Como ocurre con los muertos notorios, la sociedad los recrea como fantasmas, con la ilusión de llenar el vacío que dejaron y suplir las funciones que cumplieron. Colombia se volvió adicta a la justicia por mano propia, asesina y mafiosa, y salir de esa trampa mortal nos exigirá esfuerzos superiores a los que hacemos.

09 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

El paramilitarismo murió, pero sus remedos aparecen a la distancia como sombras agigantadas, como si una gran bandada de águilas rapaces se hubiera desplegado sobre el país. Lo que en realidad es la suma de iniciativas de pequeñas bandas que quieren explotar el miedo colectivo para extorsionar y traficar, es decir, el previsible final de un proceso de desmonte de la violencia sistemática de los ‘paras’, asume la apariencia de un gran dispositivo organizado y poderoso, que busca heredar su prestigio macabro como capital semilla para acreditarse y aumentar la rentabilidad de la violencia.

El fantasma cobra vida y se acusa al Gobierno de complicidad con el nuevo monstruo, como si fuera real, mientras aumenta la presión sobre los comandantes de la policía para mostrar resultados positivos. Cuando los consiguen, descubren que son pequeñas bandas sin conexión con estructuras mayores, que usan la razón social de las águilas de colores para infundir miedo y aflojar el bolsillo de sus víctimas.

El grueso del paramilitarismo, en su triple dimensión, dejó de existir gracias a la negociación del gobierno con los reclusos de Itaguüí y Cómbita.

Al desmovilizar hombres y armas, los antiguos jefes perdieron el control militar y comenzaron a perder sus fortunas a manos de los testaferros. Los 15.000 hombres en armas que controlaban territorios están dispersos y la mayoría de ellos dejaron de funcionar como organizaciones. La dimensión militar desapareció con la desmovilización. Sobrevive el componente armado del narcotráfico, ahora bajo control de los propios narcos.

La segunda dimensión era la alianza soterrada de los paramilitares con una parte de las anteriores cúpulas de la fuerza pública, alianza que el gobierno Uribe rompió y sustituyó por la persecución militar de los grupos renuentes a la desmovilización y por la inteligencia interna contra los cómplices uniformados que intentan seguir capturando rentas del narcotráfico. La última dimensión que desapareció fue el apoyo político y financiero de los grupos empresariales y las dirigencias regionales, que hoy niegan y esconden sus complicidades y ganancias ilegales para pasar agachados ante los fiscales, las cortes y los jueces. Resta completar el desmonte del aparato ‘parapolítico’ y revisar la contratación local, para detener el desangre de recursos fiscales, además de la extinción del dominio y la recuperación de tierras de los desplazados.

Aparte de las nuevas bandas, que sería más fácil eliminar si la sociedad les perdiera el miedo a los fantasmas y las denunciara, quedan dos problemas serios para afrontar. El primero es la reorganización armada del narcotráfico, que perdió su asociación de seguridad con los antiguos ‘paras’ y busca contratar o dirigir nuevas estructuras armadas para el negocio de las drogas. El otro es la concentración urbana de los desmovilizados, que escaló la frecuencia y peligrosidad de los atracos y asesinatos en las ciudades de la Costa Caribe y otras regiones. El Gobierno está en mora de ordenar el desarme general de las ciudades afectadas, como se logró con éxito desde hace un año en Riohacha por acción del comandante regional.

No se puede exigir al Gobierno atrapar al fantasma, ni condenarlo por no hacerlo, pero sí que termine el proceso que desató cuando desmontó el paramilitarismo, y se concentre en neutralizar las organizaciones armadas de las mafias y en contener el desborde delictivo causado en las ciudades por la reinserción incompleta de las tropas paramilitares desmovilizadas.

* Centro Observatorio de Drogas y Delito de la Universidad del Rosario

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