Luciano Pavarotti

Luciano Pavarotti

Por alguna extraña razón, los tenores –mucho más que los barítonos, los bajos, los contratenores o incluso las voces femeninas– despiertan pasión entre los aficionados al bel canto. Puede ser por el hecho de que los papeles de la ópera suelen favorecerlos y casi siempre se quedan con la muchacha, o porque su registro agudo conmueve la sensibilidad de todos los oyentes. El caso es que solo grandes tenores son capaces de desatar verdadera idolatría entre el público. Así sucedió con el español Julián Gayarre (1844-1890), cuya laringe reposa entre el alcohol en el Conservatorio de Madrid, como si allí viviera el secreto de su maravillosa voz; también con Enrico Caruso (1873-1921), el más famoso tenor del siglo XX, gracias, entre otros factores, a que pudo dejar grabadas sus interpretaciones.

07 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Luciano Pavarotti, que acaba de fallecer a los 71 años en Módena, tras una larga enfermedad, pertenecía a esta clase de estrellas. Aunque compartió escenarios de igual a igual con Plácido Domingo y José Carreras, conviene entender que se trataba más que todo de una promoción comercial, pues de aquellos famosos tres tenores quizás sobraba Carreras, de todos modos faltaba Alfredo Kraus y es difícil pensar que alguno de ellos fuese superior a Pavarotti.

Los melómanos colombianos –y uno que otro esnob– tuvieron la oportunidad de escucharlo en vivo el 2 de febrero de 1995, en el estadio El Campín de Bogotá. En ese viaje, el maestro descubrió al hoy famoso tenor colombiano Valeriano Lanchas.

Nacido en un hogar donde se escuchaba ópera a todas horas, Pavarotti se dedicó al canto desde los 20 años. Lo catapultó a la popularidad su debut en 1972 en Nueva York con la ópera La hija del regimiento, una de cuyas arias exige al tenor alcanzar nueve veces el do de pecho.

Su prestigio se limitó en un principio al exigente mundo de la ópera. Pero luego ofreció recitales masivos con trozos selectos del género e incluso amplió su repertorio a música popular y folclórica. Esto acrecentó su fama y lo convirtió en figura mediática, pero provocó más de un debate que aún no termina acerca de los vicios y ventajas de la vulgarización de la ópera. Tal vez pueda decirse que gracias a Pavarotti muchas personas ajenas a la ópera se acercaron a ella y muchos amantes de esta aplaudieron interpretaciones irrepetibles.

editorial@eltiempo.com.co

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