CONTRAVÍA Sobre una noticia

CONTRAVÍA Sobre una noticia

Si un perro muerde a un hombre no es noticia. Noticia es que un hombre muerda un perro. Oí muchas veces la afirmación tan inexacta como todo lo demasiado rotundo. Depende del perro. Del hombre. Hace años los periódicos contaron que los perros de la casa real de Inglaterra iban a ser enviados al psicólogo pues habían resuelto de improviso, contra la etiqueta de la corte, morderles los jarretes a los invitados. Hay perros de perros. Y jarretes de jarretes. No es igual tu jarrete al de uno que tiene la Orden de la Jarretera, es obvio para todos.

04 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Hoy, en la algarabía formidable de los medios que buscan sorprendernos, sin conseguirlo siempre, parece cierto que lo nuevo es lo imposible, que todo se repite en el sinfín de los fenómenos: las estrellas, los sentimientos y los hechos. Los periódicos del día parecen de ayer. Las guerras eternas tan solo cambian de lugar. Y en los juzgados los nombres de los reos. Pero el espíritu persiste en sus manifestaciones comunes. No lo digo en detrimento de los periódicos. Es una fatalidad del espíritu pedestre que nos alumbra.

A pesar de todo, hay que buscar lo nuevo en la repetición. Lo numinoso en el oscuro chismorreo de la historia. Hay que hurgar los periódicos. En las páginas judiciales, las sociales, o los avisos clasificados donde venden novillos, guadañas, automóviles, y guitarras, a veces, en la nimiedad de lo repetido que va tejiendo la tragedia y la gloria del mundo, brota un sentimiento de novedad. O una reminiscencia que mezclada a la noticia de alguna pequeña porquería burocrática nos salva al periódico y a mí de la inanidad que confundimos con lo inolvidable o lo significativo.

El sábado El Espectador trajo la historia de una mujer de nombre musical.

Teresa Irene Ivars (la música importa). Hija adoptiva de Luis Ríos, Teresa Irene estudió economía, entró en la diplomacia, fue ministra consejera en la ONU, en un bar en Bélgica encontró un solitario que la hizo llorar.

Embajadora en Suecia fue acusada de algunas perversiones de oficina ante la Procuraduría. Reconoció sus faltas. Fue condenada. Y el caso se cerró.

Y de pronto en la noticia saltó el nombre de El Pinturero. Y me convirtió el periódico en intimidad continuando en mí una vieja historia que creía olvidada enriqueciéndola. Recordé la primera vez que Gonzalo Arango me contó el caso: estaba conmovido, consternado.

Él estaba en Cartagena esa tarde cuando Luis Ríos el Pinturero se lanzó en paracaídas, vestido para torear, sobre la plaza de toros de la Serrezuela, y el viento por esas cosas del destino de Ícaro, repetido, lo arrastró hacia el mar ciego que se lo tragó en medio del clamor de la gente que no podía ayudarle allá en el horizonte sin fondo.

El hecho impresionó tanto a Gonzalo que le dedicó una canción. Y quiso grabar el homenaje en un compacto acompañado por otras baladas de los poetas nadaístas. Yo iba a participar en el disco que cantaría Eliana con un poema de adolescente, la Oración, que comienza diciendo “Señor, Tú que no te afeitas con Gillette”. Y por esas mezquindades del mercado que se repiten, en las disqueras, dijeron que no podían grabar mi plegaria si no le cambiaba al Señor su Gillette por una afeitadora Phillips Shave. La propuesta era cómica aunque era razonable. Me era imposible cambiar los hábitos de consumo del Padre Eterno por favorecer a Holanda frente a los gringos. Me negué.

A estas alturas olvidé del todo la letra de la canción de Gonzalo. Y perdí el disco de Eliana hace años. Pero nos queda la imagen remota de un vestido de luces arrastrado por un paracaídas al fondo de corales de la bahía como en un poema de Lautremont. Mientras la hija postiza del Pinturero en lo repetido, persiste en lo manido, en la fatalidad del espíritu pedestre, en las mezquindades burocráticas, opuestas en todo a la gloria y los riesgos reales que amaba su padrastro. Y el poema es lo único irrepetible.

eleonescobar@hotmail.com

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