Una reunión con el Chávez de verdad

Una reunión con el Chávez de verdad

03 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Todo lo que ocurrió la noche del viernes pasado fue impactante. Desde el despliegue singular de seguridad, que atascó por horas la carrera 7a. a la altura de la 85, hasta el grupo variopinto de colombianos que esperamos al presidente Chávez en el gran salón de la embajada, sentados en unas sillas como si estuviéramos en el set de Aló, Presidente. El grupo era por lo menos ecléctico: al lado de varios de los ‘cacaos’ más importantes del país, había un nutrido número de familiares de los presos de las Farc, seguido de un reducido grupo de periodistas. Los primeros en ser llamados fueron los ‘cacaos’. El segundo turno fue para el Polo. El tercero, para nosotros. La reunión se llevó a cabo en un comedor, presidido por un cuadro del Libertador, cuatro horas después de la hora acordada por la senadora Piedad Córdoba, quien, a pedido del presidente Chávez, fue sentada a su lado. El mandatario entró seguido de su séquito, vestido con una chaqueta verde oscura y una camisa roja. No creo que supiera bien quiénes éramos. Lo único que sabía era que no se trataba de un auditorio propiamente chavista. Muchos queríamos constatar hasta qué punto el Chávez que nos han pintado en ciertos círculos políticos bogotanos –aquel que es presentado como una especie de Lucifer caribe, del que los colombianos de bien tenemos que defendernos– tenía algo que ver con el Chávez real de carne y hueso.

La tensión se fue evaporando desde que entró y saludó a uno por uno. Ni siquiera la enconada mirada de los militares que integran su guardia pretoriana nos alteró el ambiente de cordialidad que inmediatamente se instaló en esa sala. A todos nos fue desarmando con argumentos locuaces, hasta el punto de que, al final de la reunión, el presidente venezolano, en un acto de coquetería, le dedicó una copla de una canción llanera –La catira– a María Isabel Rueda, ante lo cual ella tuvo que aceptar que había quedado irremediablemente seducida.

En la charla no hubo ‘chivas’. En cambio, nos sorprendió el tremendo voltaje de su carisma político, capaz de doblegar al más enconado de sus enemigos.

Según el flemático Félix de Bedout, Chávez es de esos personajes capaces de hacer que la gente mate por él. Lo cierto es que, ante semejante voltaje, el liderazgo de Uribe se ve pequeño, acartonado, a pesar de que se trata de dos personalidades muy similares.

Nos quedó claro, por ejemplo, que lo que realmente le interesa al presidente Chávez, más allá de lograr la liberación de los secuestrados, es hacer la paz de Colombia. Para ello, nos confesó, estaba dispuesto a ir hasta el quinto infierno. Cuando le preguntamos si era cierto lo que decían algunos periodistas venezolanos sobre la posibilidad de que él estuviera dando abrigo a las Farc en su territorio, Chávez se rió y, sin inmutarse, nos dijo que era el único de esa mesa que se había dado de tiros con las Farc, lo cual era cierto. Nos recordó que, de soldado, le tocó recorrer la frontera desde Arauca hasta Cravo-Norte cien mil veces y que se la conocía mejor que todos nosotros. También tenía razón. “Acuérdense de que yo soy de la frontera y que de pequeño escuchaba Radio Sutatenza.” Y, como para despejar cualquier duda, nos aclaró que, por esas épocas, el representante de la ley era él, y los guerrilleros otros. (Cuando dijo “otros” señaló a su embajador Pavel, ex guerrillero desmovilizado del Mas.) Nos hizo reír cuando afirmó que la receta para las buenas relaciones que tiene con el presidente Uribe se la debe a un amigo de izquierda que tuvo en la adolescencia y quien tenía por costumbre la absurda tesis de no bailar con las mujeres hasta saber si pertenecían a su misma ideología. Él, por eso, prefiere hablar con gente de derecha que con izquierdistas que se avergüenzan de serlo. (¿Pulla dirigida a un alcalde de por acá?) Una pregunta se abstuvo de responder. La de su opinión sobre la posibilidad de una segunda reelección del presidente Uribe. “En esa me declaro impedido”, remató con diplomacia y humor a flor de piel. Antes de despedirse nos dijo que la razón para no dormir en Bogotá no era el temor a una noche septembrina, sino la necesidad de ir a explicar la nueva Constitución, la misma que le permite la reelección indefinida. Oh sorpresa cuando sacó de su bolsillo un librito rojo pero espeso. Lo aprisionó entre sus grandes manos y nos dijo: “Esta es la nueva Constitución”. Así de diminuta, la guardó en su bolsillo y se fue.

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