EL CAMINO ESTÁ ABIERTO

EL CAMINO ESTÁ ABIERTO

Las 296 páginas de conversación con Juan Mosca le sirven a Jaime Castro, el alcalde más criticado que ha tenido Bogotá en sus 456 años de historia, para sacarse el clavo de sus tres años de soledad, una soledad que se buscó a conciencia, pues no obstante el clamor de los ciudadanos para que se hiciera vivo, él se mantuvo silencioso y aislado.

12 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Ahora, para demostrar que trabajó sin tregua por la ciudad, y que fueron incomprensibles los obstáculos que le puso el propio gobierno, e injustas las críticas que le llovieron, Castro no deja títere con cabeza. Reciben dardos por parejo, Presidente, ministros, congresistas, concejales, gobernador, periodistas, pues le amargamos la vida mientras él se batía como un león, por sacar adelante el Estatuto Orgánico de Bogotá, que redactó casi completo, y que, asegura, será la herramienta que le permitirá al alcalde gobernar una ciudad que los concejales manejaban a su antojo desde siempre. Sintiéndose como San Sebastián, atado al madero, mientras las flechas lo punzaban por lado y lado, estuvo tentado de renunciar. No por presiones de Navarro Wolff, que recogía firmas para tumbarlo, ni porque Pastrana le pedía su renuncia, sino cuando temió que el Gobierno, por presión de los congresistas, no expediría el Estatuto que le había costado un año de trabajo intenso y era su caballito de batalla desde la Constituyente.

El 21 de julio/93 se aprueba el Estatuto y Castro gana la batalla. Se acaba la coadministración con el Concejo y arranca el plan de obras. Cobra, contra viento y marea el autoavalúo que casi duplica las declaraciones de impuesto predial, llena las arcas del D.C. y sacude la pereza tributaria de los ciudadanos. Y comienza la descentralización, tema que recalca: sin la descentralización la ciudad hubiera estallado; es, para el país, la verdadera revolución silenciosa , le dice a Juan Mosca.

Castro cuenta que mientras los ciudadanos protestaban por todo: por las calles destrozadas, por la inseguridad, por la basura, por la polución, por el vandalismo, por los trancones, él trajinaba en la penumbra por resolver problemas estructurales, y por dejar el camino despejado y seguro. Sin embargo, con Estatuto y todo, los problemas darán para rato, pues Bogotá es un barril sin fondo a donde llegan de continuo inmigrantes e inversionistas, por ser el polo de desarrollo más dinámico que tiene Colombia.

En tres años Bogotá creció en población tanto como si se hubiera venido todo Ibagué, su producto industrial pasó de 1.7 en 1991 a 13.1 en 1993. Los 900 millones de dólares de exportaciones equivalen al 24 por ciento del total nacional. La construcción aumentó 36 por ciento. Se matricularon 14.500 nuevos taxis. Circulan 800 mil vehículos.

Castro se precia de haber rescatado la ciudad de las garras de políticos emergentes y voraces; de contratar la descontaminación del río Bogotá, el programa ecológico más importante del país; de impulsar el Plan Vial; de sanear las finanzas del D.C.; de sentar un precedente al poner en manos de un tribunal de arbitramento una vieja deuda de US$100 millones; de meter entre la cama a los menores que andaban sueltos después de las 11 p.m. Cree, contra el pronóstico de muchos, que sale bien librado. Y está seguro de que su sucesor encontrará el camino despejado y los cimientos firmes.

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