Secciones
Síguenos en:
LEMAITRE, BIÓGRAFO DE PANAMÁ

LEMAITRE, BIÓGRAFO DE PANAMÁ

Cartagena. Eduardo Lemaitre, a quien puede considerarse, sin hipérbole, como el mejor biógrafo de la aventura del canal de Panamá, es un caso ejemplar de lealtad al humanismo. En su ya larga vida, llena de experiencias fecundas, siempre está presente su vocación por las letras y su indeclinable afición al estudio de la historia que lo apasionó desde niño. Sobre todo la de Cartagena, ciudad de sus amores, a la que su padre, el viejo don Daniel, bautizó con el mote cariñoso de Corralito de piedra , así como la del Caribe, cuyo paisaje se cuela por los ventanales de su residencia de Bocagrande, invadiendo, literalmente, todos los rincones. Allí, como en un amable palomar, vive rodeado de libros y de recuerdos, de querencias y de símbolos del ayer que se desvanece y al que él se aferra con pasión de enamorado, hasta el punto de fijarlo, con pelos y señales, en las páginas de su profusa obra histórica y literaria. Graduado en la Universidad Nacional de Bogotá, con cursos de especializac

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de noviembre 1993 , 12:00 a. m.

En su carrera de triunfos, no pocas veces obtenidos a pulso, sin concesiones ni desmayos, ha sido periodista combativo, escritor, concejal de Cartagena, Representante a la Cámara, Senador, vicepresidente del Senado, Constituyente, secretario de la Embajada en Caracas, Embajador ante las Naciones Unidas y la Unesco, rector de la Universidad de Cartagena, de la Tecnológica de Bolívar, profesor de la Universidad de los Andes, etcétera, y otro montón de etcéteras con pedigri, amén de miembro de la Academia de Historia de Cartagena, de la que fue presidente, y correspondiente de la de Colombia, lo mismo que de la Colombiana de la Lengua y de la de Historia del Magdalena. En definitiva: de todo.

Su iniciación en el periodismo, en 1940, a los 26 años, ocurre en El Fígaro, fundado por los hermanos Gregorio y Lázaro Espinosa, en reemplazo de El Mercurio que, poco antes, había muerto por consunción. Eduardo acababa de regresar al país, después de su primera experiencia europea. Venía lleno de planes, de sueños, de ganas, y se vincula al nuevo periódico, en el que la juventud conservadora de Cartagena quiebra lanzas contra la República Liberal, con la atención fija en la voz tempestuosa de Laureano Gómez y en las metáforas atrevidas de Los Leopardos , grupo de oradores irreverentes que defendían a la Iglesia y cabalgaban con entusiasmo párrafos enteros de Maurras. Transcurrido cierto tiempo, compra el diario y pasa de simple colaborador a director, tarea que cumple animosamente hasta que, el 9 de abril de 1948, el fanatismo político, encendido al rojo vivo por el asesinato de Gaitán, incendia el periódico. De la ilusión sólo quedan cenizas, entre las cuales, consumido por las llamas, desaparece El Fígaro, único hijo natural que ha tenido Eduardo. Pero quedan la afición y la experiencia. El periodismo no lo abandonará jamás. Lo lleva en la sangre. Lo hereda de su padre, cronista, poeta, político de ocasión, acuarelista, músico y compositor ( Sebastián rómpete el cuero... , Momposina , Pepe ) y empresario. Además, su temperamento fogoso lo lleva a la barricada abierta para dar y recibir sin tregua, sembrando inquietudes, moviendo ideas. Su consagración definitiva en los medios de comunicación la recibe al ser designado, a fines de la década del 40, director de El Siglo, supremo vocero del conservatismo nacional, y la remata como colaborador de EL TIEMPO, al término de la lucha feral de los partidos.

Metido en la política hasta la médula, Lemaitre continúa cultivando su vocación de humanista. La historia la seduce. Publica Reyes (1951), obra maestra sobre uno de los capítulos más difíciles de nuestra evolución y uno de los personajes más controvertidos del país. Nada se le queda en el tintero. Porque su único compromiso es con su verdad. Simultáneamente, le coquetea a la literatura. Escribe teatro y enriquece su producción con Don Melón y Doña Endrina (1960) e Ifigenia en América (1965).

Los deslices literarios, en los que muestra su dominio del idioma y exhibe estilo ameno y depurado, son sin embargo distracciones del historiador que busca rectificar tantas versiones equivocadas que se han convertido en verdades sacramentales. En este camino forma al lado de los pocos que bucean en el pasado para presentar la realidad histórica desnuda, privada de oropeles, en su pura almendra, cualesquiera sean las consecuencias que se deriven de su rescate. Ese compromiso tácito con la historiografía es, tal vez, la razón de que sus incursiones en el mundo de la fantasía no lo hayan trastornado hasta desviarlo de su rumbo, aunque él, al explicar por qué nunca ha escrito su novela, comenta con la guaza que adopta en ocasiones, al pringar de ironía la conversación: Es muy simple. No la he escrito porque he sido hombre afortunado. No he tenido experiencias dramáticas en la vida y muy pocas novelísticas. Así que no estaría en la onda de la truculencia y de lo erótico que es lo que está de moda. Me resultaría una novelita lineal del siglo XIX .

Panamá Panamá En la búsqueda de la exactitud que ha distinguido su trabajo, Lemaitre encuentra una mina en el tema del canal de Panamá. Aquello no parece real. No puede serlo. Es demasiado rico en episodios pintorescos o dramáticos, en circunstancias trágicas, en personajes de guiñol. Hay exceso de movimientos y de elencos. Se cruzan y se mezclan las latitudes, las razas. Se confunden países e intereses, sueños y ambiciones, sombras y fantasmas. Un caleidoscopio. La trama supera la fantasía. Imposible. Y, no obstante, es verdad.

Desde el descubrimiento del Mar del Sur por Balboa, en 1513, se inicia la aventura. Panamá se convierte en obsesión y en leyenda. Es el epicentro de toda suerte de jugarretas para satisfacer codicias de incontables procedencias. Cuando apenas el Descubridor del Pacífico encuentra El gran océano y lo pone a los pies de la Corona, su propio suegro, Pedrarias, Gobernador del istmo, lo hace decapitar para quitarle la gloria. Y el, también, se convierte en Descubridor repitiendo, paso a paso, la ceremonia de su yerno, con espada, cruz y estandarte. No pasan muchos años para que Hernando de Contreras, con la colaboración de un capitán Bermejo, se declare emperador de todas las tierras de Castilla de Oro, para robarse las riquezas que llegan del Perú, en tránsito hacia la península. La maniobra se deshace por un aguacero inoportuno, y ruedan más cabezas. España busca un estrecho, un paso, para ahorrar camino y llegar a los Cipangos y las Indias, y si no lo hay pues se abre, corrigiendo a la naturaleza. Surge la primera idea del canal que, ya en 1534, tienta y pone a prueba imaginaciones y audacias.

El cuello del gallo que es Panamá, según frase de Germán Arciniegas, se convierte por siglos en el centro de atención de los imperialismos. Y, aun, de los amantes de la libertad. Francisco de Miranda trata de tentar a Pitt, para conseguir el apoyo de Inglaterra a la causa de la emancipación, ofreciéndole abrir un canal para facilitar el comercio con China . Bolívar va más allá en su delirio. Propone la vía interoceánica y, con fraseología de la época, hace una comparación rimbombante: Qué bello sería que el istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos... . El lugar está de moda. Todos lo citan y lo ambicionan. Allí se convoca el Congreso Anfictiónico. No importan los resultados. América sobre la estrecha lengua de tierra, escoltada por los dos océanos. El corazón del mundo.

Y pasan los años. Se abre Suez. La apoteosis. Lesseps es el héroe. Su nombre tiene tonalidades mágicas. Se le entrega la construcción del canal americano a la Compañía Francesa que exhibe su nombre como garantía de cumplimiento. Pero se desvanece el espejismo. El fracaso cubre de oprobio a Francia. Lesseps cae vencido por la senilidad y las inclemencias de un suelo hostil y húmedo, con un cielo de agua y un clima infernal. Panamá no es Egipto. Lo testimonian las maquinarias herrumbrosas y los espectros de miles de hombres. Empieza, entonces, un nuevo capítulo del drama, en el que se mezclan las intrigas, la cobardía y el oportunismo con la ley del más fuerte, que impone las condiciones. Es una historia real que parece novela. Terminó hace noventa años, el 3 de noviembre de 1903, con la separación de Panamá de Colombia.

Lemaitre es el gran cronista de esos hechos. Husmea en el fondo de la secesión, sin respetar nada. No deja piedra sin remover. Ausculta, mira, investiga y da su veredicto: Puede asegurarse, sin exageración, que para que este lamentable episodio de la historia americana se consumara, no dejó en Colombia de cometerse una sola falta, ni hubo pecado ni omisión en que no se incurriese .

Con la autoridad que le confieren muchísimos años de dedicación constante al estudio del tema, opina sobre el desgarrón de la unidad nacional. Y lo hace con serenidad no exenta de dureza, con voz pausada, de tonalidades discretas, en un amplio diálogo que sostuvimos en dos escenarios envidiables: su bella finca situada en las cercanías de Turbaco, El Chinchorro , cercada de vegetación lujuriante y con lejano paisaje de la bahía, y su residencia en Bocagrande, donde cada ventana es el marco de una tarjeta postal de barcos y veleros, de alcatraces, de playas y de mar, de esas que sacan adelante las palabras del poeta Félix Turbay Dios hizo a Cartagena cuando era marinero... . Y habló de Panamá y de Reyes y de política y de la Constitución de 1886 y de la de 1991, con desparpajo y claridad, matizando la charla con punzante ironía.

Catástrofe nacional Cómo nació la idea de escribir su libro Panamá y su separación de Colombia, que es tal vez la obra más importante entre todas las suyas? Lo del libro fue así: desde muy joven, cuando leí el primer libro escrito por un colombiano en forma coherente sobre este mismo tema, que fue el de Alvaro Rebolledo, que es excelente, me di cuenta de que estaba incompleto, porque Rebolledo escribió esa obra en E.U. y no tuvo a la mano sino pocas fuentes documentales colombianas. Desde entonces me hice el propósito de escribir un libro que completara la de ese autor caleño y contara la petite histoire que, detrás de la grande, nos llevó a aquella catástrofe nacional; pero la política absorbió mis energías y no fue sino casi 30 años después, cuando emprendí la tarea de atacar el tema panameño, y el detonante para cumplir este propósito fue el incidente de las dos banderas, ocurrido en Ciudad de Panamá en 1964.

Transcurridos más de veinte años desde la aparición del libro sostiene sus mismas opiniones sobre la actuación de los separatistas panameños y de las autoridades colombianas, que pueden resumirse en una frase de su prologuista, Abelardo Forero Benavides, quien dice: No hay un solo capítulo en el que podamos detenernos para aplaudir a un gobernante o encomiar con entusiasmo una línea de conducta .

Me mantengo en la misma opinión. Lo que escribió Abelardo Forero en el prólogo es exacto. Algo más: no solamente creo, como él, que los colombianos fuimos los principales responsables de la separación, sino que quizá Teddy Roosevelt tuvo razón aquella vez en que, hablando en el teatro griego de San Francisco, dijo eso de I took Panama, porque como lo explicó más tarde, no lo dijo en el sentido de que él se hubiera apropiado de Panamá, por la fuerza, sino que le sirvieron el plato los mismos colombianos, y él se lo comió.

Panamá y los panameños obtuvieron ventajas reales con la separación o sólo sirvió para crearse un espejismo de independencia? Desde luego, los panameños tuvieron razones más que suficientes para hacer casa aparte. Ante todo, porque geopolíticamente, Istmo no pertenece al cuerpo continental de Colombia, y ésto es algo definitivo. Y luego, tenían no pocos motivos de resentimiento con los colombianos. Figúrate tú que hasta los remeros de la Aduana del Puerto de Panamá eran boyacences, nombrados en Bogotá. Claro está que con la separación, los panameños obtuvieron ventajas enormes; pero en su mayoría han sido ventajas materiales, porque su independencia llega y seguirá llegando hasta el momento en que los intereses vitales de E.U. estén en peligro, como se comprobó con la invasión para atrapar a Noriega. Vamos a ver ahora lo que pasa después de las 12 de la noche del 31 de diciembre de 1999, cuando el Canal revierta definitivamente a manos panameñas. Por lo pronto, el Canal es ya insuficiente, y no se ve que E.U. haya dado paso alguno para ampliar las esclusas, ni para excavar uno nuevo, a nivel de los dos océanos. Quién pagará esas obras? Yo lo que pienso, acá para mi capote, es que el ideal sería que, sin perjuicio de las ventajas económicas y laborales que los panameños derivan del Canal, esta vía debería internacionalizarse y ponerse a cargo de la ONU o de la OEA, porque no se ve claro que uno de los puntos estratégicos y de las vías comerciales más importantes del mundo, esté en manos exclusivas de una nación, y menos si es débil e incapaz de defenderlo por sí sola, como es el caso obvio de Panamá. Estados Unidos tendría así, en las otras potencias mundiales, un obstáculo para mangonear por sí solo el Canal en momentos de un conflicto. Pero... Quién le pone el cascabel a ese gato? La situación hubiera sido mejor desde el punto de vista de defensa de nuestros derechos si Joaquín F. Vélez, que encarnaba la línea dura ante E.U. y no el General Reyes, representante de la línea blanda, hubiera llegado al poder en 1904? El caso de Reyes es distinto. Como primera medida Reyes fue elegido prácticamente en ausencia porque durante los tres años que duró la guerra de los Mil Días era Ministro de Colombia en París, y cuando los sucesos del 3 de noviembre acababa de regresar al país y aún no había sido elegido. De lo que sí estoy persuadido es de que si el señor Caro hubiera dejado que Reyes fuera presidente en 1898, no habría habido guerra civil, ni Panamá se habría separado... por lo menos en 1903. Con su mano fuerte y su espíritu conciliatorio, lo habría impedido. Luego, cuando ya fue presidente en 1904, mediante el célebre padillazo que le hizo perder las elecciones a tu bisabuelo, el doctor Vélez, lo que provocó su caída en 1909, además de los fusilamientos de Barrocolorado, fue el haberse atrevido a celebrar secretamente el Tratado CortésRoot con E.U. (por cierto mucho mejor que el tratado UrrutiaThompson de 1914). Reyes no comprendió que todavía el pueblo colombiano no estaba preparado para una reconciliación. Y lo tumbaron.

Cómo fue, en verdad, eso que se llamó el Registro de Padilla , que le dio el triunfo a Reyes sobre Vélez, contrariando la voluntad nacional? Creo que eso fue un caso en que la elección de Reyes no contrarió la voluntad nacional. Al revés, en esta ocasión el fraude corrió a la violencia, pues el partido liberal que acababa de ser vencido en la guerra decretó la abstención y no participó en esas elecciones. No hay la menor duda de que si los hubieran dejado votar, los liberales lo habrían hecho por Reyes y no por Don Joaquín, a quien le guardaban rencor debido a algunas medidas draconianas suyas durante la guerra. Así que en este caso lo que sucedió fue que el fraude rectificó los efectos de la violencia. Ahora, lo del Registro de Padilla, lo he contado ya varias veces, tal como se lo oí yo a Julio H. Palacio, un día, almorzando en el famoso Hotel Granada. Aquello fue muy fácil, Juanito Iguarán, gran caimacán electoral de la Guajira (Y piensa tú todo lo que era el abandono y la lejanía de la Guajira en aquellos tiempos, en que no había allí ni telégrafo) reunió en su casa a sus caciques menores en Convención, para elegir delegado al gran Consejo Electoral, que se reuniría en Bogotá para escoger Presidente, porque entonces las elecciones eran de segundo grado. Juanito les hizo firmar el Registro en blanco a sus Caciques, y se fue con su trabuco armado para Barranquilla, donde no se sabe qué pasó, si fue una encerrona en un hotel, o durante una parranda tipo Escalona o Carlos Vives, donde las trabajadoras sexuales . Pero lo cierto es que cuando llegó a Bogotá para el escrutinio, el Registro apareció firmado a favor de Reyes y el doctor Vélez se quedó burlado, o, como dicen aquí, chiflando monjitas . Una gran infamia contra don Joaquín. Quien luego, con razón, se negó a darle posesión personalmente a Reyes, como Presidente que era del Senado.

Se ha hablado de la creación de otra república independiente , la del Caribe, como reacción contra la centralización excesiva y el olvido de la Costa...

Eso no tiene pies ni cabeza. No tenemos la fuerza ni la gente para mantener esa utopía. Es cierto que tenemos muchos motivos de resentimiento, como pasó con Panamá, con el resto de los colombianos; pero nuestro caso es diferente, porque con ellos nos une la columna vertebral del río Magdalena, en cuyas orillas se formó la patria colombiana, y que tarde o temprano recobrará su importancia, momentáneamente disminuida. Ahora, yendo ya más al fondo de la historia, la verdad es que la culpa de todo viene de tiempo atrás, cuando Venezuela y la Nueva Granada se separaron: Colombia habría debido ser una república de la Cuenca del Pacífico, que colindara, por el sur, con el Ecuador, y por el norte debería haber comprendido toda la región andina de Venezuela. Venezuela, en cambio, debió de extenderse por toda la Costa Caribe, hasta el Atrato. Así habría habido mayor homogeneidad cultural, racial, temperamental, en cada nación.

Por más de cien años, tiempo récord en la historia de las naciones latinoamericanas, rigió en Colombia la Constitución de 1886, bajo cuya vigencia creció y se transformó el país. Cree usted que era necesario abolirla, como se hizo, para aprobar apresuradamente una Nueva Carta? O piensa que lo nuevo es fruto de la improvisación y del simple deseo de cambiar y revolcar ? El presidente Gaviria pensó pasar a la historia, tal un nuevo Núñez, haciendo una Constitución nueva; pero él no tenía en su cabeza suficiente bagaje para imponer ideas anticipadamente concebidas, de manera que la Carta resultara sólidamente estructurada, sino que lo que salió fue una colcha de retazos improvisada, sin fundamento filosófico ninguno. Cada cual puso allí lo que le fue dando la gana, y así resultó que, a la postre, el verdadero autor de la Constitución del 91 fue Pablo Escobar. Todo se hizo para eliminar la extradición a E.U. y ni siquiera la buena intención de combatir corruptelas, como la de los auxilios, ha resultado. Hasta ahora no va quedando nada fundamental y nuevo en pie. Tal vez la tutela y el cambio de sistema de nuestra justicia penal. Pero todo eso se habría podido conseguir con una simple reforma de la Carta de 1886. Gaviria prefirió arrojar por la ventana ese tesoro secular, único en la América Latina con toda la jurisprudencia sentada a su alrededor durante más de un siglo: un crimen! Por último, su Constituyente le negó hasta el derecho a sancionar el engendro. Creo que, sin duda, la posteridad le levantará al Presidente Gaviria una estatua; pero será en Pereira y, posiblemente, desnudo, como la de Bolívar. O con un hacha en la mano, como en Armenia.

Cree que existan todavía, como tales, los partidos políticos en Colombia? O se han convertido en meros instrumentos electorales? Los partidos tradicionales ya no existen. Para que existan los partidos han de tener cohesión y disciplina, aunque sea para perros . Yo, por ejemplo, no me considero ya ligado al partido conservador colombiano, sino al conservadurismo filosófico universal; pero como hay muchos liberales que piensan y sienten como yo, me reservo el derecho a actuar electoralmente como me plazca.

Usted fue influyente parlamentario conservador, por espacio de muchos años. Con su experiencia, ahora que mira los toros desde la barrera, cómo analiza los principales vicios de la política nacional? Dejé la política porque, desgraciadamente, soy un hombre que tiene escrúpulos de conciencia. En aquellos tiempos juveniles de El Fígaro, me dejé llevar por la ilusión de que el mundo se podía reformar. La lucha de Laureano Gómez me sedujo, en esa época en que la corrupción y el abuso del poder hacían, como ahora, su agosto; pero luego me desencanté de la política, pues comprendí que ésta, entre nosotros, se reduce a sacarle la mica al jefe que está más arriba y a aguijar las pasiones brutales y los intereses de los de abajo: resolví no jalarle más a esa cosa, y me dediqué a escribir.

Centenario de Núñez La irrevocable decisión de Eduardo, mantenida sin vacilaciones, se ha traducido en una intensa labor intelectual. Desde que la tomó, a mediados del sesenta, además de Panamá y su separación de Colombia, ha publicado varios libros, entre los que se destacan la Historia General de Cartagena, en cuatro volúmenes, La bolsa o la vida, denuncia de cuatro agresiones imperialistas contra nuestro país, y Contra viento y marea, en la que se analiza la regeneración y la lucha por el poder. Este es su campo predilecto. Núñez ha sido siempre para él una fijación. Su personaje histórico favorito. Por eso me llama la atención, a simple ojo de buen cubero , que su primera obra biográfica no hubiera sido sobre el Pensador de El Cabrero, en cuya hermosa casa de madera que él ha venido rescatando del polvo y de las ruinas, discurre su principal actividad desde que entregó la presidencia de la Academia de Historia a Donaldo Bossa Herazo, poeta mayor, a quien, hasta ahora, no se le ha rendido, a nivel nacional, el homenaje que sí merece.

Eduardo espera, como presidente que es de la Fundación de El Cabrero, celebrar el primer centenario de la muerte de Núñez, en 1994, con la inauguración de un gran parque en su honor, con templete y teatro de estilo clásico, al que pertenecen, también, la ermita y el antiguo parquecito Apolo. Según cuenta, con entusiasmo infantil que no se ha ajado con los años, el gran homenaje al Regenerador servirá para exaltar a otras siete personalidades olvidadas: un indio, Carex; un negro, Domingo Pioho; el Gobernador Zapata de Mendoza, constructor de San Felipe y el Canal del Dique; Vicente Celedonio Piñeres; el virrey Eslava, en su opinión verdadero defensor de la ciudad contra la invasión de Vernon ; el general Juan José Nieto y José María Campo Serrano. Sus cabezas, esculpidas en bronce, se colocarán sobre sendos pedestales al lado de la de Núñez.

La financiación de la obra, que se encuentra muy adelantada, es un misterio. La pregunta de los cien millones . Eduardo pasa el sombrero. Contribuyen la nación y algunos particulares. La Gobernación de Bolívar y el Distrito no han dado un peso . La Alcaldía, sin embargo, ha prometido un aporte de treinta y pico de millones que serán utilizados, si llegan, para terminar la cerca de hierro y el paisajismo. Todo un camello que atiende con perseverancia de abeja, sin arredrarse ante los obstáculos, a pesar de sus setenta y nueve años recién cumplidos, de varios infartos y un pequeño problema en las rodillas...

Y termina la entrevista, que fue tan grata, dividida en dos amenas sesiones de diálogo fluido, de evocaciones y recuerdos. Cae el crepúsculo perezosamente. Desde la biblioteca de Eduardo se divisan los barcos meciéndose en las aguas de la bahía, incendiadas por el sol poniente. Es una nueva dimensión de Cartagena que se vuelve más íntima en la distancia, mientras las luces apagadas del ocaso dibujan el perfil de la ciudad antigua que se va desvaneciendo entre las sombras. Lemaitre: Dejé la política porque soy un hombre que tengo escrúpulos . (Foto: Alvaro Delgado) Caricatura de Covo

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.