ESPINOSA, EL BOGOTANO

ESPINOSA, EL BOGOTANO

Había en el genio de José María Espinosa una rara vocación que le llevaba a la miniatura y la ironía. En donde otro hubiera pintado un mural gigantesco, él reducía el material heroico a discreto relato pintoresco. O pintaba la diminuta imagen del Libertador del tamaño de un medallón, como para colgarla del cuello y tenerla cerca del corazón. En los últimos años alternaba sus horas de creación artística pintando unas veces los retratos de los héroes, y otras, caricaturas de locos. Hacía de la grandeza y la miseria una especie de teatro íntimo. Para decirlo todo en cuatro palabras, Espinosa era el bogotano. Se jugó veinte veces la vida en la más dura campaña de la guerra de Independencia. De ella hizo un relato a don José Caicedo Rojas -publicado por este- que puede considerarse libro precursor de una literatura desconocida hasta entonces por los historiadores colombianos.

04 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Donde según la usanza de los autores lo esencial estaba en dar nombres de batallas y nóminas de generales o sacar en calcomanía la imagen del héroe, Espinosa destaca el papel de las mujeres del pueblo, las bromas de los soldados, los reveses de la suerte que humanizan al héroe de la mitología y lo colocan más cerca de nosotros, engrandeciéndolo.

La miniatura entonces, resulta medida de profundidad. Los caminos que Espinosa recorre son, es cierto, los que determinan los hitos de la gloria, pero él los sigue como un divertimento. Escapa a las torturas que hacen sombría la víspera de quien está en capilla para que lo fusilen, dibujando caricaturas de sus compañeros de prisión. Inclinaciones de su espíritu genial le impedían ser de otra manera. El libro de sus Memorias no es sino una prueba de su carácter. Por ejemplo, el recuerdo que allí ha dejado de la batalla de El Palo es de antología. Esta batalla fue decisiva para la independencia de Cundinamarca. En El Palo quedaron rotas las tenazas que manejaban los de España desde Bogotá para estrangular los restos del ejército de Nariño el desventurado.

Quién fue el héroe de El Palo? A quién felicitó por su hazaña el general José María Córdova? El héroe fue el abanderado, un mozo de 18 años: Espinosa (...) En el comienzo, Espinosa es uno de los tantos estudiantes niños que se enamoran de las revoluciones. La que estalló el 20 de julio de 1810 en Santa Fe de Bogotá y fue como salida de su propia casa. Entonces tenía 14 años. Antonio Morales, casado con su hermana, fue la chispa que encendió la hoguera. Espinosa se sumó en las calles al pueblo que lanzaba mueras a los chapetones. Aplaudió con la plebe el paso del virrey del palacio a la cárcel. En cambio, recordaba con pena los irrespetos de que fue víctima la señora virreina. Le tentaba una revolución radical y decente, heroica y gallarda. Con entusiasmo apasionado siguió a Nariño, en cuanto el romántico caballero tornó de sus prisiones en España y Cartagena y vino a hacer la guerra a Bogotá. Tenía 16 años cuando salió a la campaña como abanderado del precursor, entró al combate en Ventaquemada. Luego, se fue al sur, a pelear en tierras desconocidas para él. La bandera, más que llevarla sosteniéndola en el asta, era el ala que la empujaba en la grande aventura. También le acompañaban la fe desorbitada de Antonio Nariño, la solidaridad con los soldados de la tropa, y la sombra de un tío eminente que había dejado en Bogotá enseñando la filosofía de la revolución: don Camilo Torres... No tío carnal, pero tío por excelencia (...) La academia que tuvo Espinosa para su arte fue la de sus ojos. Jamás asistió a una clase de dibujo, sino fue ya maduro, después de la guerra, cuando en Bogotá se reunían los artistas y Espinosa era casi el maestro. De niño no vio en su casa y en la escuela sino retablos, pinturas y láminas de santos... Esto vino a cambiar, al menos en el ambiente familiar, el año anterior al grito de independencia. En ese año, 1809, se casó su hermana con quien iba a ser origen de la reyerta que estalló el 20 de julio: Antonio Morales. Entonces, como por encanto se transformó la casa, y las láminas mitológicas y otras no menos profanas, con emblemas y alegorías diversas, reemplazaron las imágenes de los santos... Las urnas del Niño Dios se pasaron de la sala a la alcoba. La alfombra quiteña que cubría el antiguo estrado se extendió en mitad de la sala, complementándola con esteras de chigalé y tapetes que comenzaban a venir entonces. Se pintaron por primera vez de colorado las barandas, puertas y ventanas... En fin, se obró en la casa una completa revolución, que anunciaba la ya famosa de 1810 .

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