LOS ÁNGELES DE ARIAS VUELAN A HOLANDA

LOS ÁNGELES DE ARIAS VUELAN A HOLANDA

Henry Arias era, antes de que se le apareciera la Virgen a través de sus angelitos, un joven iluminado en el cruce de la calle 60 con el año 70 en Bogotá, sentado entre canastos y artesanías meditando en Manú. Nunca se vio nadie más pacífico entre semejantes palomas.

05 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Cuando se acabó el hippismo, a causa de que los hippies se les acabó la ropa que no la espiritualidad ni los humos, apagamos el incienso y nos desbandamos con nuestra música a hacer la paz a otro precio. Un día me cayó a la oficina y me anunció que iba a colgar su primera exposición de pintura. Había sido tocado por los ángeles ingrávidos del color y la forma. Eran 16 cuadros con cuatro temas y cuatro estilos diferentes: la denuncia social, el retrato mudo, el bodegón magro y un asomo primitivista. Creo que fue Román Roncancio quien le dijo que sería bueno que tomara por un solo camino. Henry no sólo le hizo caso y se fue por el caminito del pueblo candoroso que campeaba en la sala, sino que trasteó a sus bastidores el hosco encanto de los pueblitos en mercado, en fiesta o en feria, cuando no en elecciones municipales.

Su primer primitivismo, en verdad, no tenía nada de ingenuo, como no lo tiene el pintor. Era un primitivismo con un veneno tan delicioso como nutritivo. Por las ventajas de las iglesias aparecían monjas con los senos al aire, políticos con botellas por engullir, mujeres de la vida más alegres que locutores, en los muros letreros electorales. Cada figura portaba su picaresca. Los cuadros comenzaron a cotizarse, y empingorotados políticos de corbatas de color antagónico no tardaron en empotrar en sus salas las versiones naif que hablaban de su querido pueblo .

Pero Arias quería algo más porque sus sueños se resistían al folclor. La realidad había que trabarla con ese algo más real que es la maravilla. Entonces, como muchos otros artistas pero con menos derecho, con todo el atrevimiento de la inocencia calculada, se decidió a pintar los personajes y escenas de Cien años de soledad. Y cuando Remedios la Bella alzó el vuelo por entre unos platanares, fue como si se le hubiese aparecido la Virgen. Supo que sus personajes deberían ser más del aire que de la tierra.

Desde entonces sólo pinta el mundo encantado, y para no desencantarlo, todo el mundo encantado compra sus cuadros. Cuadros donde mujeres con torsos como batas translúcidas se alimentan tranquilamente del oxígeno del óleo. Donde hay ángeles que tocan bandolas mientras sirenas juegan con cocodrilos. Donde una mujer vaga entre las nubes conversando con un caballo.

Lo he visitado en su casatemplo donde viven suspendidos sus ángeles. Los dálmatas recién nacidos, hijos del que firma sus cuadros, miran a través del cristal al artista con sus pinceles espidiéndole carta de ciudadanía al ensueño. Esos ángeles parten para Chinauta, a exhibir sus plumas y pasar Navidad en el Chinauta Resort. Y en febrero cruzarán el Atlántico hacia Amsterdam y La Haya, bajo el ala protectora de Nicolai Urbina, diplomático de Colombia en Holanda.

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