EL PAPA VA A POLONIA II

EL PAPA VA A POLONIA II

La muchedumbre que se congregó en San Pedro el día de la consagración del Papa, fue apenas una muestra de lo que iba a ocurrir con su llegada a Cracovia y a Varsovia. De lo que iba a ser el día más feliz de su vida.

05 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Podía San Pedro ser la primera basílica del mundo. Pero la basílica de Wieliczka tendría para el Papa Wojtyla una carga de recuerdos mucho más grande. En el centro de un mundo subterráneo, cuyas galerías se extienden a 180 kilómetros, que alcanzan en algunos puntos a 400 metros de profundidad, esta basílica de sal, única en el mundo, da la medida de la fe cristiana de los polacos. Desde el altar mayor, los retablos, la baranda del comulgatorio, las lámparas, las imágenes en escultura de los santos, todo está hecho directamente sobre la roca de sal. Hay que bajar por la amplia escalinata de aquella maravilla subterránea y ver la lámpara monumental que cuelga diez metros en el vacío y que, siendo de sal, parece de cristal de murano, para darse cuenta del trabajo de estos mineros que han hecho la más extraña decoración del mundo, toda de sal. Por la basílica de Wieliczka han pasado emperadores, reyes, princesas, poetas. Lo que faltaba era un Papa polaco que ahora tendrán que esculpir en sal, que es la materia propia para hacer una imagen de Juan Pablo II.

La parte dolorosa de la visita a su patria estaba en el recuerdo del campo de Auschwitz, que tuvo su florecilla y su poema en la vida del santo de anteojos ya beatificado por Pablo VI.

En la Iglesia de los Franciscanos en Cracovia hay un altar consagrado a un santo con anteojos. Del fondo de un paisaje idealizado, avanza hacia la eternidad un personaje pulcramente rasurado, sano, con el aire de un rozagante varón de nuestro tiempo, y límpidos anteojos enmarcados en carey artificial. Si San Sebastián es el Apolo traspasado por las flechas, Lorenzo el de la parrilla, Bartolomé el despellejado, el padre Kolbe será, sencillamente, el de los anteojos de carey. A distancia de una hora de esta iglesia de los Franciscanos, está la celda donde pasó el padre Kolbe sus últimos veinte días. La historia todo el mundo la sabe. Del campo de Auschwitz se fugó un prisionero, y la dirección decidió castigar esta burla condenando a diez personas a morir de hambre. Se trataba de un refinamiento especial. Bastaba salir al patio y caminar treinta pasos para llegar al muro de la muerte, donde todo pasaba en un instante. El muro se había estrenado el 11 de noviembre de 1941, fusilando en menos de un cuarto de hora 151 prisioneros polacos. Luego, aquello se convirtió en ejercicio de rutina. Bastaba registrar en un prisionero una sonrisa irónica para que el atrevido tuviera que caminar los treinta pasos del patio y llegar al muro. Esta vez se trataba de un crimen mayor. De los que se pagaban en la celda del hambre. Si el fugitivo escapaba de los verdugos, se castigaba la idea de la fuga sacando al azar, del montón, a diez prisioneros. Nueve escucharon tranquilos la decisión. Sólo uno dejó escapar lágrimas que no pasaron inadvertidas a la mirada del padre Kolbe. El condenado a muerte se acordó de su mujer, de sus hijos. El padre Kolbe no lo conocía, pero no lo pensó dos veces: se ofreció para reemplazar a este hombre.

Los de la celda del hambre resistieron esta vez más de lo ordinario. Pasaron los días. Al fin, halló el guardia que todos, menos uno, habían muerto. Quedaba vivo el padre Kolbe. Le sostenía una extraña voluntad increíble. Tras los cristales de sus anteojos, sus ojos brillaban con una mirada insoportable. Una mirada que no resistían los carceleros, que ofendían al capataz, que sigue horadando las tinieblas del tiempo. El capataz tomó la decisión nazi: le hizo inyectar el veneno de la muerte. Es muy posible que todavía esa técnica fracasara. La mirada del padre Kolbe debió seguirle mucho más allá de la vida y de la muerte.

Que uno, entre cuatro millones de víctimas, se recuerde, es singularidad que hace del padre Kolbe un símbolo. Toda esta historia ha podido evitarla el funcionario del campo dando al sacerdote heroico un castigo que no alcanzó a inventar su falta de rapidez en el juicio, por carecer de imaginación. Hubiera podido oponerse a que el padre reemplazara a la víctima señalada por el azar. La tranquila decisión del padre Kolbe -y su mirada- fueron más poderosas que la razón de un nazi. El oficial cedió, sin darse cuenta de que estaba abriendo las puertas del cielo a un santo. Los cuatro millones de seres humanos que fueron asesinados en Auschwitz forman la imagen simbólica de un solo pueblo inocente. El pueblo que a los ojos de Hitler lo condujo a ese calvario sin relieve, a esa llanura de Polonia, y le colocó sobre las sienes una corona de alambre de espinas... Han pasado los años, y aún llega a este lugar una mirada de piedad: la del padre Kolbe. Los polacos que ante la vitrina donde están los zapatitos de millares de niños asesinados, ante el muro de la muerte, ante la celda en donde murió de hambre de justicia el padre Kolbe, y dejan claveles, rosas frescas. Maximiliano Kolbe fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado en 1982 por Juan Pablo II.

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