TODA UNA VIDA EN PATINES

TODA UNA VIDA EN PATINES

La mayor parte de su vida transcurrió encima de unos patines. Pero nada es más distante de la verdad que decir que vivió sobre ruedas . Porque la de Guillermo León Botero fue una constante carrera contra las limitaciones, contra la incredulidad, contra la falta de apoyo, contra una realidad que, cada día, le imponía nuevos obstáculos. Pero, como en una competencia, este joven paisa por lo general salió airoso en el remate.

02 de diciembre 1994 , 12:00 a. m.

Unos patines que llegaron como regalo del Niño Dios le indicaron cuál sería su destino. Un destino que estuvo teñido de gloria y cargado de victorias y de satisfacciones, y también salpicado de múltiples sinsabores y muchos, muchísimos traspiés.

A Guillermo León Botero Naranjo, nacido el 20 de abril de 1972 en Medellín, se le recordará entre muchas cosas porque gracias a él, casi que exclusivamente, el patinaje dejó de ser una entretención y se convirtió en el deporte de las medallas de oro, en el de los títulos mundiales.

Fue el quien, en 1988 en Cassano D Adda (Italia), durante el Campeonato Mundial, y con apenas 16 años, le enseñó a los deportistas criollos lo que era subirse a un podio a reclamar una medalla. El tuvo el honor de recibir dos de plata, en los 1.500 y 10.000 metros. Ese logro le valió ser considerado el segundo mejor deportista del año, de acuerdo con el criterio de los especialistas de todo el país.

A partir de entonces, Botero, un joven callado pero que irradiaba mucha alegría, amante de la música y de los viajes, comenzó una carrera ascendente que conoció picos mucho más altos.

En su querida Antioquia, en noviembre de 1990, por fin pudo colgarse un oro. Fue en el Mundial realizado en Bello, cuando la caleña Claudia Ruiz y la pereirana Luz Mery Tristán abrieron la senda, y luego Botero concluyó, de forma magistral, la faena. Ganó la prueba de 20 mil metros-eliminación, la que más le gustaba y en la que mejor podía desplegar toda esa potencia, toda esa resistencia, toda esa inteligencia, toda esa malicia indígena que lo hacían un fuera de serie.

Una clase que desplegó en los patinódromos y rutas del mundo, en torneos de diversa índole: festivales olímpicos, Copa Mundo, Campeonatos Mundiales, Juegos Panamericanos, Juegos Centroamericanos...

En Colombia, desde 1983 inició una ininterrumpida cadena de triunfos en los Nacionales, primero en las pruebas de velocidad y luego, a medida que maduró y desarrolló su verdadero potencial, en las competencias de fondo.

A pesar de las múltiples dificultades, de la falta de patrocinio, de que debió recurrir a su alma de comerciante para poder sufragar los altos costos que la práctica de su pasión le significaba, de que le robaba un tiempo precioso a su futuro como arquitecto, Guillermo León Botero nunca dejó de patinar. Esa era su vida.

Con solo 22 años, era todo un veterano, el papá de los jóvenes que marcaron el relevo generacional, del cual era gran figura un pupilo suyo: Jorge Andrés Botero, su hermano menor. Estaba a punto de concluir los estudios de arquitectura.

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