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EL G-3, SIN MÁSCARA DE OXÍGENO

EL G-3, SIN MÁSCARA DE OXÍGENO

El Gobierno ha solicitado en mensaje de urgencia al Congreso, la aprobación del acuerdo sobre liberación comercial celebrado en las postrimerías de la administración Gaviria entre Colombia, Venezuela y México. El G-3 debe ser una realidad jurídica a partir del primero de enero de 1995. Muy probablemente el Congreso impartirá su aprobación a este convenio. Su importancia es indudable. Integrará un mercado de más de cien millones de consumidores y es, desde luego, pieza clave para la internacionalización de la economía colombiana de cara al siglo XXI.

Infortunadamente el G-3 nacerá con una inmensa carencia: por presiones mexicanas que fueron aceptadas por los negociadores venezolanos y colombianos, no se incluyó en su texto la llamada Cláusula de salvaguardia cambiaria . Esta cláusula le permite al país que se ve afectado por una variación brusca en la tasa de cambio de otro de los signatarios tomar medidas de protección de aplicación inmediata. Este mecanismo hace posible que los procesos de integración comercial no se revienten cuando sobreviene una revaluación brusca en alguno de los participantes.

La cláusula de salvaguardia cambiaria es algo así como la máscara de oxígeno que acompaña a los pasajeros aéreos. Lo ideal es no tener que usarla, pero se siente uno más seguro sabiendo que allí está disponible para una emergencia. Infortunadamente, vamos a iniciar el viaje de larga travesía del G-3 sin máscara de oxígeno.

En el discurso oficial del manejo de la política de comercio exterior colombiana viene haciendo carrera una tesis peligrosa e innecesaria, a saber: que las cláusulas de salvaguardia cambiaria son superfluas en el mundo moderno. Y que en vez de favorecer, perjudican los procesos de integración.

Esa fue la razón por la cual nuestras autoridades se han resistido a aplicar este instrumento de legítima defensa (prevista en el Acuerdo de Cartagena) ante la brusca devaluación del bolívar que ha tenido lugar en el último semestre. Los estragos que ese desajuste cambiario ha causado en la economía de la frontera y en la viabilidad de muchas de nuestras exportaciones hacia Venezuela, no han sido suficientes para mover a nuestras autoridades a aplicar la salvaguardia prevista en las normas jurídicas que rigen actualmente la integración comercial con el vecino país.

Las carencias Se argumenta, sin explicar claramente las razones, que la aplicación de esta cláusula sería un golpe de gracia al proceso de integración colombo- venezolano. Y esta inacción se remplaza por multitudinarias visitas del gabinete en pleno a Caracas y vagos anuncios de supuestas armonizaciones de políticas cambiarias y monetarias que, desde luego, no van a darse. Y mientras tanto empiezan a inundarnos las importaciones de productos venezolanos; siguen empantanados todos los mecanismos de pagos de nuestras exportaciones; y muchas de ellas han dejado simplemente de ser viables en virtud de la inusitada depreciación del bolívar.

Algo similar puede sucedernos en el futuro con México, con la diferencia de que por no tener máscaras de oxígeno cambiarias en el G-3, ni siquiera tendríamos instrumentos jurídicos para brindarle a nuestra agricultura y a nuestra industria la posibilidad de una legítima protección ante una devaluación abrupta del peso mexicano.

Déficit mexicano México viene acumulando desde el inicio de la administración Salinas de Gortari gigantescos déficit comerciales que ascienden a cerca de 20.000 millones de dólares por año. Según autorizados observadores, esta situación no podrá mantenerla indefinidamente el país azteca, y llegará un momento en que los flujos de capital suministrados por la banca internacional o por la inversión extranjera que hoy subsanan el déficit comercial, pueden desfallecer. En ese momento tendría que presentarse una devaluación importante del peso mexicano. Y sería fatal para Colombia tener que enfrentar esa circunstancia, con el G-3 en marcha y sin la posibilidad de invocar la salvaguardia cambiaria.

Ojo a la ingenuidad Colombia no debe caer en una cierta ingenuidad al diseñar sus proceso de integración. Basta mirar alrededor de nosotros para constatar cómo los Estados Unidos, por ejemplo, permanentemente amenazan con la aplicación de la temible cláusula 301 para arreglar sus pleitos comerciales (como acaba de suceder en el caso del banano) mientras nosotros, candorosamente, renunciamos al instrumento normal de protección de la cláusula de salvaguardia cambiaria.

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