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La calidad de la democracia

La calidad de la democracia

No sé si en otros países sea tan complicado votar como lo es en el nuestro. Ese día no se puede transitar por todas partes, no se pueden hacer reuniones, vender ni consumir licor, ni portar armas, ni los medios tienen libertad plena de informar, y hay limitaciones al transporte público.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de abril 2007 , 12:00 a. m.

Por todo esto y mucho más, un analista extranjero calificó el día de las elecciones como el día con mayores restricciones a las libertades públicas en todo el año.

Tenemos una democracia en la cual menos de la mitad de quienes pueden votar lo hacen; un sistema de votación en el que la cantidad de votos anulados, por errores en el diligenciamiento, llega a porcentajes superiores al 10 por ciento.

Un sistema de escrutinio que demora semanas, en casos disputados, para saber cuántos votos, en favor de quién, emitieron los ciudadanos.

Un sistema en el que el votante tiene que aprenderse de memoria unos números, buscarlos en confusas tarjetas y marcarlos en una enclenque mesa de cartón.

Luego de la hora en que terminan las votaciones, a las cuatro de la tarde, empiezan a votar otros: los paramilitares, los jurados, los testigos, los caciques, etc.

Luego vienen los escrutinios municipales y departamentales, que dan, en no pocos casos, resultados distintos a los del día electoral.

Luego vienen las demandas que, como en el caso del Senado del 2002, pueden durar hasta tres de los cuatro años del período de un senador.

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Sin embargo, tenemos una democracia y esto debe enorgullecernos. Pero esta democracia será más y más respetada en la medida en que en cada ocasión tratemos de profundizarla y perfeccionarla.

El escándalo de la ‘parapolítica’ se ha quedado en temas de relumbrón, importantes, pero no trascendentales para profundizar la calidad de la democracia.

Casi todas las propuestas que se han hecho se encaminan a generar un titular, más que a corregir los problemas. La mayoría propone más controles o, mejor, supuestos controles, para enredar más el de por sí complicado proceso de votar que existe en Colombia.

Más leyes no son la vía para resolver las elecciones de octubre. Los llamados blindajes para estas elecciones vendrán más por decisiones internas de cada colectividad o por pactos entre algunas de ellas y por hacerle ver al elector que hay diferencias éticas entre los partidos. Mostrar que no da lo mismo uno que otro.

Pero mientras un partido se dé la pela por depurar sus listas y otros reciban por la puerta grande a quienes son rechazados y se les pida que actúen dentro de la misma coalición, no habrá remedio.

La gente poco vota porque no cree en los políticos; porque cree que obran en su beneficio personal y no por el bien común; y esta es una de las consecuencias del perenne clientelismo que, frente a la ‘parapolítica’, se ha vuelvo un mal menor.

Por eso creo que para mejorar la calidad de nuestra democracia, para hacer más creíble el sistema electoral, hay que facilitar el voto. Pero, además, habría que ir al fondo del asunto, no para octubre, pues ya no se alcanza, sino para el 2010.

* * * *.

Pensemos en eliminar o limitar, así sea por unos años, el alcance del voto preferente. A pesar de la reforma política, que mejoró las cosas, el voto preferente hoy mantiene la política individual, personal y fraccionada, la política de la compra del voto, que es la madre de la corrupción política, y la madrina del clientelismo armado y también del inerme.

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