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Un recluta en el abismo

Un recluta en el abismo

Camilo Fuya Cáceres pasó un año en el centro de rehabilitación de drogadictos Semillas de Vida. Tenía 17 años cuando regresó a su hogar tras el tratamiento, con sueños para una nueva vida. Pero se los frustraron. Meses después, cayó en una de las redadas de las Fuerzas Armadas para incorporar a los jóvenes que deben pagar servicio, y tuvo que aplazar sus proyectos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de abril 2007 , 12:00 a. m.

El 15 de agosto del 2006 se incorporó al Batallón de Artillería número 13 de Bogotá. Sus papás hubiesen querido que lo dejaran con su hermano gemelo, Giovanni, que también ingresó a otro batallón con el fin de cumplir la obligación impuesta a los colombianos de escasos recursos (¿sentirán un ápice de vergüenza los jóvenes de estratos altos que jamás vestirán un camuflado, así como sus progenitores, alcahuetes de una discriminación intolerable en un país demasiado injusto?).

A diferencia de Camilo, que abandonó los estudios y cayó a un abismo, Giovanni era juicioso. Aunque la droga los distanció en ocasiones, siempre se mantuvieron muy unidos y por esa razón Olga Lucía, su mamá, intentó que estuvieran juntos en el Ejército. Si Camilo, que acababa de superar su adicción, volvía a las andadas, su hermano podría echarle una mano. Antes había luchado para que lo dejaran en casa, pero no la escucharon. En Colombia, un drogadicto o el que lo fue es un delincuente, un desechable, y nunca un enfermo que requiere comprensión, respaldo y tratamiento.

El 14 de enero del 2007, los papás fueron a visitar a Camilo. Cuando llegaron al Batallón, les informaron que se había volado hacía ocho días. El sargento Contreras, su mando, describió al recluta como indisciplinado, ratero, marihuanero.

Olga Lucía se indignó. ¿Cómo no les habían informado de la fuga?, ¿cómo no sabía nada de su comportamiento? Ese mismo día, pasadas unas horas, Camilo apareció de repente. Contó que unos superiores le mandaron hacer una vuelta y estaba en esas cuando unos señores lo asaltaron y lo encerraron en una pieza.

En medio del relato llegó un cabo llamado Ortiz. En cuanto vio a Camilo, le exigió la devolución de unos doscientos mil pesos. Los papás recriminaron al hijo que anduviera en malos pasos, puesto que siendo un simple recluta y de familia pobre no podía manejar esa cantidad.

Camilo les pidió que no se metieran en sus negocios, pero la mamá le advirtió, delante del cabo, que eso no quedaría así, que montaría un escándalo porque igual que apareció, podían haberlo matado y alegar que había desertado. Olga Lucía cumplió su amenaza y denunció lo que sabía al teniente coronel Parra León. El oficial la tranquilizó asegurándole que investigaría, y el sargento Contreras garantizándole que se ocuparían del muchacho.

En una llamada posterior de Olga Lucía, Camilo mostró su enfado porque ella hubiera hablado, que uno en sus vueltas “se moría callado”, que lo trataban mal por su culpa.

El domingo 28 de enero fue la novia al Batallón a encontrarse con Camilo, pero le dijeron que había desertado una semana antes.

Desde ese día, Olga Lucía anda buscándolo. Está convencida de que lo desaparecieron para tapar algún torcido, como tráfico de municiones, porque, a pesar de los problemas, Camilo tenía buena relación con los papás y una confianza absoluta con su gemelo y de haberse evadido, en algún momento los habría buscado.

Lo preocupante en este caso enredado –dejo fuera muchos detalles por falta de espacio– es algo muy sencillo: Camilo era un enfermo que no debería haber prestado servicio militar. Su adicción, aunque superada en teoría, requería una atención especial que el Ejército no le brindaría, como demuestra lo ocurrido. Alguien se aprovechó de sus debilidades, lo devolvieron a su abismo, y ahora está desaparecido, no sé si muerto o vivo. El Ejército debe dar una respuesta. El enfermo era suyo

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