La mejor vida de ‘El Espectador’

La mejor vida de ‘El Espectador’

Justo al celebrarse 120 años de existencia de El Espectador, a uno se le sobrecoge el corazón cuando los Cano confiesan que echan de menos esa casa editorial. En efecto, sus dos antiguos directores, Fernando y Juan Guillermo Cano Busquets, señalan en la última edición de la Revista Credencial: “Echo de menos todo”, el primero, y “La pintura me ayudó a hacer el duelo”, el segundo. Marisol Cano dice por su parte que “hace falta el Magazín”.

18 de marzo 2007 , 12:00 a.m.

Los dramas por los que ha pasado cuando entonces era diario no tienen nombre. En primer término el vil asesinato de don Guillermo Cano, cuando una noche salía del trabajo manejando su propia camioneta y ya volteando hacia el norte por la calle 68 en Bogotá lo acribillaron a tiros los sicarios de Pablo Escobar. Como si fuera poco, la bomba también de Escobar que destruyó sus instalaciones. Y, simultáneamente con el hecho de haber sido víctima de tan rampante violencia, ocurría la consiguiente debilidad financiera, lo que obligó a sus dueños a vender esta empresa emblemática al Grupo Santo Domingo, con los riesgos que uno supone que tiene el adquirente cuando se trata de un conglomerado económico con intereses comerciales en muchos otros campos, distintos del periodístico.

Hoy El Espectador es un hebdomadario, al frente del cual se encuentra Gonzalo Córdoba Mallarino como presidente de la publicación (al igual que de la revista Cromos), y Fidel Cano Correa como su director. Sin embargo, según el mismo informe de Credencial, para Ana María Busquets, la viuda de don Guillermo, “es el único periódico que está hablando claro”, y para Alfonso Cano Isaza, quien trabajó más de medio siglo en la compañía, “el periódico ha recobrado mucho de su carácter”.

La tradición histórica de El Espectador está inextricablemente atada a la del país y, en este caso, eso no es lugar común sino una frase asida a la realidad. Como pasó con EL TIEMPO cuando la dictadura de Rojas, El Espectador también fue clausurado, y a la sazón apareció El Independiente en forma temporal. Será por algo, además, aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, cuando uno repara en que por la jefatura de redacción pasaron nombres como los de Porfirio Barba Jacob y don Tomás Carrasquilla, para citar dos elocuentes ejemplos de la lujosa nómina de intelectuales que antes hacían los periódicos, o que los fundaban, cuando estos tenían una activa presencia política.

Lo cierto es que El Espectador de hoy está mejor. Injusto sería expresar que, por el hecho de haberlo comprado un grupo económico, se trata de un medio entregado a sus intereses o, peor aún, al gobierno de turno para recibir posibles favorecimientos, cuando mantiene unas páginas editoriales no solo leídas y beligerantes sino donde escriben quizás los más agudos columnistas hoy en la oposición. La pluralidad de opiniones, incluyendo las caricaturas del insuperable Osuna, aparte de sus entrevistas y de los informes investigativos, es muestra más que suficiente de la independencia que mantiene, sin ceder a las presiones de ningún poder.

Y aunque se trata de una edición dominical de lujo, lástima que haya dejado de ser un órgano cotidiano, como existen varios periódicos en tantas otras capitales del mundo. Creo que a EL TIEMPO le ha hecho falta esa competencia, antes vigente a nivel nacional. Y a pesar de que ignoro si ello finalmente volverá a ocurrir, comprar El Espectador desde los sábados es todo un placer para quienes pensamos que la edición en papel tiene un encanto del cual carece Internet, así este medio se haya convertido, entre los lectores, en el émulo principal de los impresos.

A punto como está EL TIEMPO de aliarse con un socio estratégico para afianzar su posición empresarial, ojalá quienes, como en mi caso, hemos laborado toda la vida en esta casa editorial no tengamos esa especie de saudade que los Cano aún viven y que ya algunos no obstante comenzamos a sentir, a fin de no lamentar luego ningún desarraigo en una institución tan enraizada en el alma nacional.

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